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Con mi abuela en la Quinta Amanda

A las cuatro de la tarde, el Gran Lago semejaba la superficie de una pirámide resplandeciente: ante mis ojos de niño surgía descomunal, uniéndose al horizonte del cielo. La intensa quietud silenciosa apenas era alterada por los ruidos domésticos de la Quinta Amanda, nombre de una prima de mi abuela materna y esposa del general conservador Augusto Estrada, recordado en la familia por trompear a un telefonista que le había irrespetado el rango. Amanda Vargas se llamaba, y mi abuela: Leonor Vargas de Sandino, señora que agregó el viuda al fallecer su esposo don Leopoldo Sandino Ubau, precisamente en esa quinta granadina.

Tenía que comenzar estas intimidades hablando de la mujer que más me amó en la vida. Ella fue todo para mí poco antes de casarme, y de viajar a España a los 26 años, con la otra mujer que me amaría tanto. Por eso el recuerdo de La Mamita, como siempre la llamé, es el mejor perfilado que conservo entre los recónditos pliegues del alma: atendiéndome en las fiebres y reparándome alimentos —lechagria, huevos pasados por agua—, bañándome y vistiéndome cada tarde para sentarme en un butaquito metálico y entregarme un cartucho de plátanos fritos. Desde ese sitial, ubicado en el corredor de la quinta, contemplaba la cotidiana perspectiva lacustre, salvo las veces que ella me llevaba de la mano al inmenso patio interior —un bosque de jícaros— mientras moría el sol crepuscular.

La quinta era espaciosa: una casa de dos pisos  —el de arriba de madera y el de abajo con paredes de taquezal— frente a un jardín donde se alzaban cocoteros y palmeras, más una pila o fuente en medio con su desnuda estatua femenina. A lo largo de unos cuarenta metros, una entrada lateral de tierra se extendía hasta un fuerte portón o movible alambrada de púas. No estoy seguro. A veces evoco el primero; otras, la segunda.

Por allí penetraba el Ford de don Leopoldo —a quien siempre designaba con el diminutivo Abuelito—, dentro del cual me veo recorriendo la costa del Lago en dirección al Norte: la laguna de Tisma, o el poblado de El Paso. ¿Quién lo conducía? No tengo presente a nadie. Apenas advierto las intermitentes e inalterables olas pequeñas, una luz esplendorosa de tarde abrileña, la maternal protección de La Mamita —siempre a mi lado y servicio— y a otros miembros de la familia Sandino Vargas, o parientes de ellos.

Boaco en el recuerdo

Mi estadía en Boaco significó el soleado baño dominical en la poza de Mama Rosita antes de ir a presenciar los juegos de beisbol departamentales, los amenazantes temblores nocturnos —que nos obligaban a dormir en la acera de la casa—, la escapatoria hacia el guindo del Calvario, el paseo al cerrito de la Pila de Agua, los cuentos y “chiles” de la segunda infancia, cuyo héroe era “Quevedo”; la tímida conducción de un caballo y la segunda vez que salí en escena pública, en una esquina, vestido de “judío” —así llamaban al “soldado romano” que representé ese día— durante la Semana Santa. En una foto, donde estoy con mis hermanos Alejandro, Alfredo, Nelly y Thelma —quien salía de la “Madre de Cristo”—, se registra esa interpretación, inscrita en la sostenida tradición teatral boaqueña de la que no pudo escaparse el Juez, pues se vio obligado a participar en una velada, entonando la canción de moda “Clavelito”.

Pero en Boaco quedan personas que le recuerdan como juez ecuánime, dinámico —renovó los muebles del juzgado—, caballeroso y siempre entregado a su intensa devoción católica. Una vez empleó su no despreciable fuerza física para cargar una imagen del Nazareno, trasladarla y colocarla en su baldaquín. Otra, a la hora de la consagración en una misa, recriminó a un joven que se mantenía de pie.

—Solo los protestantes no se ponen de rodillas —le advirtió con severidad.

Ese joven, de veinte años, se llamaba Jaime Íncer Barquero.

Temperando en San Juan del Sur

Otros recuerdos indelebles corresponden a las temporadas de la familia —por decisión de mi padre— en el balneario de San Juan del Sur. Nuestra tía, Luz Arellano viuda de Mejía, nos facilitaba su Quinta Marbella, frente a la esplendorosa bahía en forma de herradura, para disfrutar de sus aguas frías y del sol, de las excursiones a la pequeña playa de Nacascolo, al Faro en el otro extremo, o al ancho estero; de los juegos nocturnos con muchachas sobre la vasta costa, bajo la luna y las estrellas brillando como nunca. O caminando por las tardes a las peñas en busca de arenilla blanca.

Convocados por el verano y la Semana Santa, mi padre nos conducía a los oficios litúrgicos, a la Santa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo. Pero también temperábamos en Navidad y Año Nuevo. Al menos recuerdo haber gozado con mi rifle de balines —regalo del Niño Dios— cogiendo puntería dentro del segundo piso de Quinta Marbella, durante una de esas temporadas navideñas. En sus cartas, Docfemar aseguraba que el objetivo de temperar allí no era otro que “conseguir unos años de salud más (como decía mi suegro), con el baño de mar”.

María Eugenia y los gusanos de seda

De todas las imágenes que guardo de mi experiencia con las monjas salesianas, la más dulce corresponde a mi simpatía hacia una niña, a quien regalaba —no sin emoción— confites. Ella no debió conocer mi sentimiento ingenuo, que no lo fue tal ya adolescente, cuando la contemplé en un Rosario de la Aurora —o sea de madrugada— con su velo negro, transitando las amadas calles granadinas. Esa contemplación significó para mí toda una dicha, pero ella nunca lo supo. María Eugenia se llamaba. Tanto me agradaba su nombre que se lo adjudiqué, al nacer, a una prima hermana: María Eugenia Flores Sandino.

Además de venerar a María Auxiliadora, las monjas salesianas nos estimulaban a capturar gusanos de seda dentro de los arbustos de morera (Morus multicaulis) que cultivaban en su jardín. Cada jueves por la tarde realizábamos esa tarea, y si descubríamos un gusano nos premiaban con hostias sin consagrar. No en vano la industria sericícola se había establecido en Granada desde 1924, introducida por el doctor Varian K. Osigian.

El recorrido costero

Descalzo, con los pantalones arremangados y los zapatos colgados de la nuca, saltaba los impulsos de las olas intermitentes. Una hora duraba la travesía en medio de hojas de agua, tucas de madera, huesos de perro e intestinos de pez sierra, jícaros y cocos secos, estopas y espinas, cañas y desperdicios: latas viejas de Real Kill, piernas de muñecas, rodillos de pelo, chinelas usadas, sombreros despedazados, porras sarrosas sin fondo, bacinillas enterradas, llantas, botellas de plástico para niños, tazas de loza, y mi distracción consistía en recoger piedras pómez para restregar las planchas y conchas para coleccionarlas.

Por fin llegaba al muelle y correteaba por el Parque Azul. Examinados los cañones enfilados hacia el lago y las Isletas, donde permanecen las ruinas del pequeño castillo San Pablo, me subía al faro para abarcar con amplitud el horizonte lacustre, la mole montañosa y verdinegra, la hilera de quintas y restaurantes, ranchos y cantinas a la orilla de la costa: El Long Beach, La Cabaña Amarilla, Terraza La Playa, El Ranchón, El Club Náutico; entraba al parque en medio de vendedoras, cargadores, comerciantes recién llegados de San Carlos, Morrito, o San Ubaldo, con frijoles, plátanos, sal, pieles de tigre, monos; sentía olor a frutas frescas —melón, papaya, guanábana, caimito, pitahaya, níspero— y sabor a sopa de mondongo, raspado, sirope; y siempre, en una banca de la Capitanía de Marina, encontraba a dos hermanos ciegos, de chaleco, bastón, sombrero y gafas oscuras, tranquilos, solitarios, en silencio, oyendo los ramalazos de agua y respirando aire ventoso.

Sentado en la punta con las piernas estiradas, veía pescar: la atarraya —después de abrirse en el aire, entrar en la profundidad y permanecer unos minutos— surgía cargada de guapotes,  mojarras y otros pececillos. El lago, manso, contrastaba con el chillido de los zanates clarineros inundando el bosque, los chilamates, ceibas y mangos detrás de la fábrica de hielo con techo de zinc, los tres burdeles —El Nocturno, El Cedazo y Marbella—, los patios sembrados de flores en las casitas donde principiaban a brillar débiles bujías de 25 kilovatios, el depósito de agua del ferrocarril y la quinta El Palmar. En el muelle de madera atracaban las lanchas Cinco Estrellas, 15-30, La Alianza; los vapores Somoza y Ometepe; un remolcador: El Isleño y otras embarcaciones pequeñas: La Nueva Ola, Miramar y Yolanda. El cono perfecto del volcán Concepción se extendía más allá de las isletas, admirándose limpio, como el Mombacho, sin nubes. El colegio, imponente, iluminaba sus tres pisos. Y lenguas de fuego encendían el cielo.

Caballero y sus cátedras

Muy significativa fue la impronta en mí —y seguramente en todos mis condiscípulos— de Carlos Caballero (7 de junio, 1925-12 de abril, 2010), excelente profesor de historia y literatura, aparte de predicador excepcional. Cada sábado, dentro del Salón de Actos convertido en capilla, su palabra nos deleitaba y fortalecía espiritualmente. Durante sus clases casi diarias aprendimos a ejercer el amor a España y a su Siglo de Oro. Su pasión contenida y capacidad de evocación nos trasladaba a El Escorial de Felipe II, cuya sobriedad estilística contraponía a la churrigueresca plaza armónica de Salamanca. También nos refería los detalles y la trascendencia del desastre de la Armada Invencible, como si se tratase de un hecho reciente. Al mismo tiempo exteriorizaba su admiración a don Miguel de Unamuno y, desde luego, a Rubén Darío, sobre todo a través del poema —que nos leyera en otra ocasión— “Letanía de Nuestro Señor don Quijote”.

Además, Caballero nos inculcó su sincero y vehemente antiyanquismo —coherente con la tradición histórica de nuestro pueblo— y jamás actuó como panegirista del franquismo, según afirmara con mala fe, públicamente, uno de sus posteriores alumnos.

Astorqui y los tiburones

Si Caballero fue para nosotros todo un catedrático, no lo fue menos Ignacio Astorqui (3 de abril, 1923-20 de febrero, 1994) al enseñarnos materias científicas, auxiliado con láminas a colores. De hecho, además de buen amigo, era un investigador entregado al estudio ictiológico del Gran Lago y, concretamente, de los tiburones. Ejemplares de estos cetáceos, adormecidos, yacían en la pila del Patio de Ídolos para su examen y más de una vez llegué a tocarlos. Astorqui escribió el trabajo “Peces de la cuenca de los grandes lagos de Nicaragua” que, tras aparecer en la Revista de Biología Tropical de Miami, Thomas B. Thorson le editara en 1976. Igualmente, estimularía los aportes ictiológicos de su alumno Jaime Villa.