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Además de los reaccionarios en Granada, otro grupo de jóvenes somocistas surgió a principios de 1935 en Managua: los camisas azules. Imitando a los camisas pardas del fascismo, lo encabezaban Luis Alberto Cabrales y Diego Manuel Sequeira, ambos formados en Francia; Cabrales, por cierto, fue calificado por Boaz Long, el embajador estadounidense, como “a talented Nicaraguan negro”. Los otros seis firmantes de su manifiesto fueron: J. Vicente Álvarez, Porfirio Álvarez hijo, Adolfo Fonseca, Evenor Cajina Leiva, Manuel J. Morales H. y Jacinto Suárez Cruz. Todos se involucraron en la campaña electoral del Jefe Director de la Guardia Nacional, actuando como fuerza de choque.

Fuerza de choque

Si casi todos los reaccionarios estaban vinculados a la oligarquía granadina, los Camisas azules pertenecían a la clase media (los menos y baja) los más, pues sumaron alrededor de un centenar. Manteniendo estrechos vínculos con el ejército, sus gastos eran cubiertos por Somoza García, a quien le reportaban semanalmente sus actividades. Además de participar en manifestaciones y pegar afiches, ejecutaron dos actos violentos: el empastelamiento de la imprenta donde se editaba El Pueblo, un diario sacasista publicado en Managua y la toma, secundando a la Guardia Nacional fiel a Somoza García, del fortín de Acosasco en León, como se verá oportunamente.

Mientras tanto, el 15 de marzo de 1935 se había fundado la oficina G.S. (General Somoza) dentro de la residencia del jefe director de la Guardia Nacional en el Campo de Marte. José Jesús Sánchez R. era su jefe y José Benito Ramírez, Octavio Eva y Aurelio Montenegro sus asesores. Alberto Toledo Ortiz, el secretario, informa que su objetivo era promover la figura política de Somoza García lo más independientemente posible de sus funciones militares. En sus inicios dispuso de 11 actas de comités con más de cuatro mil firmas (destacándose entre las actas una a la Cruz de Río Grande, otra de Ciudad Rama y una tercera de La Paz Centro). Catorce meses después, los comités o clubes pro-Somoza eran 470, con más de setenta mil afiliados.

En un banquete de más de ochocientas personas, el 14 de septiembre de 1935, Somoza García aceptó en Managua su nominación como candidato a la presidencia de la República, a pesar de lo prematuro y de prohibírselo la Constitución Política por su nexo familiar con el presidente Sacasa y su condición de militar en servicio (artículos 105 y 141). Moncada apoyó la candidatura.

A raíz de la captura el 8 de octubre por la G.N. de Justo Carlos Morales, director de El Imparcial —un periódico antisomocista—, y de su inmediata desaparición, el presidente Sacasa expresó al embajador Boaz Long que los Estados Unidos tenían “la obligación de intervenir al lado de su gobierno en los asuntos concernientes a la Guardia”. Dos días después, ante la negativa de Washington, el desesperado mandatario insistió en dicha intervención.

Las elecciones municipales “supervigiladas” por la GN

El jefe director de la Guardia continuó su actividad política organizando comités en todo el país para asegurar que sus partidarios ganaran las elecciones municipales el 3 de noviembre de 1935. Estas fueron “supervisadas” por la GN y, según el propio Somoza García, sus partidarios obtuvieron el ochenta por ciento de las alcaldías. Doña María Argüello de Sacasa, al enterarse de los resultados, quedó turulata hasta el punto de amenazar con irse de Nicaragua y abandonar a su esposo si este no se deshacía de su sobrino político.

En febrero de 1936 Somoza García manipuló una huelga de taxistas contra la escasez y la consecuente alza del precio de la gasolina. La escasez se debía a la incapacidad gubernamental de pagar en divisas del combustible suministrado por la West India Oil Company. Los huelguistas demandaron la renuncia de Porfirio Pérez, alcalde de Managua, y uno de ellos pereció a manos de un residente, Carlos Wheelock, quien se resistió al bloqueo de su vehículo en el centro de la ciudad. Somoza García se dirigió a los huelguistas, les anunció la renuncia de Pérez y les aconsejó que se dispersaran; la multitud ––unas cinco mil personas–– terminó vitoreándolo. De inmediato, la Guardia Nacional ––usurpando las funciones del Distrito Nacional–– comenzó a distribuir el racionamiento de gasolina.

Oficialmente, el 22 de marzo de 1936 el jefe del ejército lanzó su campaña para la presidencia durante una manifestación en Managua de diez mil personas, cantidad apreciable si se considera que la población de la capital era de sesenta mil habitantes. Los gastos de transporte y alimentación fueron pagados por el Comité de Propaganda, organizador del evento. El 26 de abril su candidatura fue programada en Granada, donde intelectuales liberales, reaccionarios y Camisas azules se dieron cita. A la Constitución de 1911 se la calificó de “ilegal” (Alejandro Montiel Argüello) y de “feto abortivo” (Juan Marcos López Miranda), pero el ataque más severo lo llevó a cabo José Coronel Urtecho. Sin embargo, Luis Alberto Cabrales se llevó la palma al sacralizar y mesianizar a Somoza García designándolo “Ungido de la Providencia”.

La tentativa del candidato único

El 1 de mayo del mismo año, el Partido Liberal Nacionalista y el Conservador, de conformidad con el presidente Sacasa, firmaron un acuerdo tentativo para nombrar un candidato único. Cuando se enteró del acuerdo, Somoza García manifestó —como árbitro de la situación política— que él nombraría al único candidato para presidente, respaldado por ambos partidos. También pidió que Sacasa quedase sin control alguno de la Guardia. El embajador Boaz Long se asombró de la temeridad y el atrevimiento de Somoza García y le pidió cuál sería su reacción si él fuese el presidente y este, el jefe de la guardia. “Ordenaría en el acto que lo mataran. Pero él no me haría nada y quiero que acepte mis condiciones”.

El 27 de mayo de 1936, los Camisas azules marcharon por las calles de Managua, entonando canciones marciales, antes de invadir la imprenta donde se editaba el periódico antisomocista El Pueblo —partidario del gobierno de Sacasa—, y empastelarla, retirándose de la misma manera: marchando y cantando. La policía llegó, vio, calló y abandonó el lugar. El asalto fue repudiado por la opinión pública, a la cual se sumó Somoza García, pero no fue investigado nada. Luis Alberto Cabrales había comandado la acción a la par de un joven identificado únicamente por su apellido: Bernheim.

El 28 de mayo, el presidente Sacasa solicitó al gobierno de los Estados Unidos un barco de guerra para proteger la Costa Caribe, pero no tuvo eco. El 29 convocó a una reunión de liberales y conservadores, en la cual fue escogida por la noche la candidatura Argüello-Espinoza, a la que consideraban “única”. Sin embargo, no fue posible publicar el manifiesto dando a conocer las causas de la misma, porque a primeras horas de la mañana del 30 estallaron disturbios y motines en todo el territorio nacional. Somoza García, quien el 29 se había marchado a León, los había promovido y durante ellos sus partidarios reemplazaron a las autoridades de cada localidad. “Los cuarteles de la Guardia Nacional —reconoce un historiador somocista— se habían convertido en los desestabilizadores del gobierno de Sacasa”.

Toma del Fortín de Acosasco y renuncia de Sacasa

Otra acción de los camisas azules tuvo lugar el 30 de mayo, en la toma —dirigida por el jefe del ejército— del Fortín de Acosasco, en León, reducto militar del gobierno de Juan B. Sacasa. El domingo 31 de mayo el jefe de la fortaleza, Mayor G.N., Ramón Sacasa, comunicó a su primo el presidente: “Sábado al amanecer guardias nacionales y camisas azules, armados de rifles y máquinas, detuvieron leche y demás provisiones para el Fortín manteniéndome aislado”. Otros tres días después —el 3 de junio— el Fortín se rendía a Somoza García.

Simultáneamente sus fuerzas en Managua demandaron la renuncia de Juan Bautista Sacasa, quien por fin se vio obligado a ello el 6 de junio y ese mismo día partió, vía Corinto, hacia El Salvador. Este fue el texto de dicha renuncia: “Honorable Congreso Nacional: Como las funciones del Poder Ejecutivo no pueden realizarse sin el respaldo de la fuerza pública; y la Guardia Nacional, única fuerza militar y de policía de la nación, se ha rebelado contra mi autoridad y ha asumido facultades que corresponden al Ejecutivo, llegando hasta deponer funcionarios civiles y militares, me veo en el forzoso caso de presentaros mi renuncia irrevocable de la presidencia de la república, para la que fui electo popularmente en los comicios de noviembre de 1932”.

El 8 tras su renuncia a la vicepresidencia —y haber recibido a cambio, según Somoza García, veinte mil dólares— el doctor Rodolfo Espinoza salió hacia Costa Rica en vuelo de la Panaire, días después siguió a Panamá, y finalmente a Estados Unidos y México. El 9 las dos cámaras del Congreso Nacional designaron a un diputado liberal y títere de Somoza para ejercer interinamente la presidencia. Todo el coup d’Etat había sido ejecutado por Somoza García —señala el historiador Knut Walter— “empleando un mínimo de violencia y apenas haciendo caso omiso de la ley”. Así concluía su embestida por alcanzar plenamente el poder el heredero de la intervención estadounidense.

Somoza: candidato del PLN

Luego el 16 de junio la Convención del Partido Liberal Nacionalista, reunida en León, eligió candidato para las elecciones de noviembre al jefe director de la Guardia Nacional. La vieja dirigencia del partido fue echada fuera para dar lugar a un grupo nuevo de hombres más jóvenes, dinámicos y ambiciosos —se comentó en La Prensa del 18 de junio.  

Para entonces, Somoza García había obligado al Congreso Nacional a postergar las elecciones hasta el domingo 8 de diciembre, con el fin de que transcurriera el periodo de seis meses legalmente requerido para que un pariente del titular del Ejecutivo pudiera optar a la Presidencia de la República. Además, su candidatura quedaría como única, porque la de Argüello-Espinoza —concertada antes de la caída de Sacasa— se hallaba disuelta. Tanto Leonardo Argüello y Rodolfo Espinoza habían abandonado el país; Emiliano Chamorro lo haría el 23 de junio, alegando temer por su vida. De hecho, se amparó en la legación de México y, custodiado por el embajador de los Estados Unidos, tomó el avión hacia Costa Rica.

En ese contexto, Somoza García propició la creación del Partido Conservador Nacionalista —al que se integraría José Coronel Urtecho— para que apoyase su candidatura. Los conservadores somocistas José Solórzano Díaz —que lo encabezaba—, el periodista Gabry Rivas, los doctores Diego Manuel Sequeira y Diego Manuel Chamorro, Leandro Chamorro y el mismo Coronel Urtecho fueron sus figuras más visibles. Este partido, fue uno de los dos que le darían el triunfo a la fórmula Somoza-Navarro, con una abrumadora mayoría, en las elecciones del 8 de diciembre de 1936.

Sacasa: nulidad sonriente

Realmente, Juan Bautista Sacasa nunca pudo gobernar, demostrando ser –-como lo había llamado décadas atrás Rubén Darío–– una nulidad sonriente; pero fue apto para el nepotismo y adicto a la corrupción, que compartía con su esposa María Argüello de Sacasa. El historiador Oscar René Vargas señala que su gobierno no disponía de poder efectivo, y solo existió en la medida que Somoza le permitió que existiera.