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Su voz poética se ha hecho notar por la claridad de sus versos y por la honestidad con la que ha logrado enfrentarse al don de  la poesía, ese que de alguna manera despertó en diáfanos paisajes de campo en los que el baño del sol sobre los sembradíos de arroz logró tocarlo de manera diferente, visiones que de una u otra forma se entrelazan con el pseudónimo Phocás el campesino, con el que se presentó al Premio Internacional Rubén Darío, con su obra Resurrección del Cisne.

Graduado en Filología Hispánica, Sergio García Zamora es un joven escritor cubano que ha trabajado como editor, promotor cultural e investigador literario en el Centro Provincial del libro. A pesar de su éxito literario asegura que le hubiese gustado no tener que trabajar en las letras y dedicarse a escribir como algo secreto, es autor de más de una decena de libros y ganador de igual o mayor cantidad de premios.

Este diciembre García Zamora vivió la tradición de las purísimas nicaragüenses en su primera visita a nuestro país, al que vino para recibir el premio de manos del arquitecto Luis Morales Alonso, codirector del Instituto Nicaragüense de Cultura, y al que podría regresar por estar invitado al Festival Internacional de Poesía.

Hombre forjado con la sabiduría que solo la lectura puede dar, García Zamora asegura que los premios literarios no son todo para un escritor.
 
¿Cómo descubriste tu vocación literaria?

Cuando tenía alrededor de 15 años fue cuando supe que mi vocación era escribir. Fue una cosa extraña, participa bastante el misterio.

A los poetas les encanta, como dice mi maestro Roberto Manzano, tener una teoría carismática de cómo fue que comenzaron a escribir y qué fue lo que los motivó, pero yo creo que eso es misterioso para el propio poeta y trata de cubrirlo con una historia que sea atractiva aunque sea una engañifa.

Es producto de una combinación rara, misteriosa, es una sensibilidad distinta, el mundo te afecta de una forma diferente.

Sí debo decir que antes de descubrir la poesía como palabra escrita tuve una niñez en la que vivía la poesía como estado. Fui criado por mis abuelos, que eran analfabetos, pero tenían un alto sentido ético de la vida, tenían una concepción bien noble de vivir y eso a mí siempre me nutrió.

Mis abuelos me llevaban mucho al campo en una etapa difícil en Cuba en la que todas las familias tenían que sembrar los alimentos.

Estar con mi hermano, mis primos, tíos y abuelos en un campo de arroz y ver el sol invadiendo el campo de arroz es una de las primeras visiones poéticas que recuerdo.

¿Qué temáticas nutrieron tus primeros poemas?

Los temas rurales marcaron mis primeros poemas. No era que estuviese divorciado de lo citadino, pero me encantaba la temática del paisaje, de lo que eso generaba en el hombre, ese diálogo entre el paisaje y el hombre. En mis primeros libros hay una suerte de periodo verde en el que los versos iban orientados a explicar la relación del poeta con el mundo. No era que no me interesara la ciudad, sino que no estaba bien sedimentada en mi poética.

Una de las preocupaciones que ya tenía en mi primer cuaderno era el diálogo entre la divinidad y el hombre, de escoger a Dios como alguien a quien tú le preguntas por ti mismo. Ese diálogo con Dios me preocupaba. A veces era una suerte de pretexto en que uno encausaba otras obsesiones, otras ideas. Todo eso lo manifiesto en mi primer cuaderno llamado Autorretrato sin abeja,  y juega unos versos de Ezra Pound que era un poeta bien complejo “lo he visto comer de un panal de abejas,desde que lo clavaron en el madero”.

Elegí a la abeja como símbolo de lo dulce, de lo laborioso y el Cristo como figura que me da una imagen de lo que resumía lo que quería decir.

Esa etapa es casi la historia misma del hombre, el camino que he recorrido como poeta, el hombre frente al medio que lo rodea, los animales, el paisaje, el locus.

Esas fueron mis primeras etapas, ya después vinieron otras más sociales, más introvertidas en el individuo, en la persona,  en el individuo dentro del devenir social, su circunstancia en particular y cómo eso puede participar o no de lo universal.

¿Qué significó para  tu familia tu decisión de ser poeta?

Creo que lo tomaron como si hubiese resultado carpintero o astronauta. Siempre he tenido claro que yo no debo ser un poeta importante para mi familia. Lo que debo ser es un buen hijo para mi madre, un buen marido para mi esposa y un buen padre para mis hijas.

La cuestión poética no es nada por lo cual nos vanagloriamos o constantemente  estamos llamando la atención, yo agradezco que no se pierda el sentido verdadero de la relación que nos une como familia.

Mi abuela celebra mis logros pero yo sé que no puede descifrar un poema mío, creo que es una lección de humildad para mí como poeta el que una de las personas que más amo no pueda entender mi arte. Mi familia es un bálsamo, puedo pasar una crisis creativa y no logro escribir, y veo a mi abuela, a mi tía, solo con tomar un café con ellos me alegro, no tengo necesidad de hablarle de vanguardias, de sujeto lírico, no tengo que hacerlo, no tengo que perder mi intimidad con ellos.

¿Qué poetas podés considerar como tus guías?

Cuando un poeta escoge un guía es porque necesita atravesar un infierno, eso te lo puede decir claramente Dante. Todo poeta siempre atraviesa un infierno y por eso siempre necesita un guía, que necesariamente es otro poeta.    He leído desde Darío hasta Martí, a los románticos españoles. Los poetas de la generación de los Orígenes de Cuba son fundamentales para mí: Lezama Lima,  Fina García Marruz.

A los poetas de la Generación del 27 en España los leo y releo, porque  me parece que tienen algo que decir aún. Hay otros poetas españoles, como Antonio Machado, que tiene una sencillez poética aparente pero es un maestro. También poetas más recientes, vivos incluso, como Roberto Manzano en Cuba, que es un maestro de los jóvenes poetas, también Gonzalo Rojas, ellos me atrapan con su poética.

¿Sos esencialmente poeta o cultivás otros géneros literarios?

Soy esencialmente poeta. He  escrito algunos ensayos que permanecen inéditos, nunca me he aventurado con la narrativa. Cuando era chico sí escribía cuentos, pero desaparecieron, fueron solo el divertimento de niño.

¿Qué tan difícil o fácil es dedicarse a la literatura en Cuba?

Es muy fácil y muy difícil. Hay leyes que amparan el derecho de autor, el pago por hacer lecturas, recitales, eso te ayuda, pero es difícil porque en cierta medida se banaliza un poco tu arte, si lo llevas a un extremo vas a vivir de la literatura cuando en realidad es necesario vivir para ella. Hay un momento en el que uno debe saber escoger bien y decir hasta aquí puedo hacer esto que comparto literariamente, no es necesario estar ganando dinero siempre por la literatura. Me parece que de eso se han dado cuenta los escritores cubanos y han tratado de poner a salvo su obra alejada de lo mercantil.

En Cuba todavía se defiende mucho la alta literatura, la buena poesía, el mercado importa poco, las editoriales casi todas son subvencionadas, es imposible recuperar lo que se invierte en publicar a un escritor nacional.

¿Cuántos libros has publicado?

Entre 12 y 15 libros desde 2010 hasta hoy. En 2003 publiqué por primera vez, luego pasaron 7 años en los que hice mi servicio militar y los estudios universitarios, fueron años de mucha lectura y acumulación de texto. Al graduarme retomé publicar y mandar a los premios, porque en Cuba todas las provincias convocan a premios literarios y eso ayuda a que haya una producción literaria sostenida.

¿Cuántos premios has ganado?

Creo que alrededor  de la misma cantidad de libros, pero te diré que los poetas envían a los premios porque le tienen miedo a la poesía, necesitan que alguien diga “sí, es poesía”, es un miedo momentáneo que al final tú mismo te lo respondes, te dices si es verdad que estás tocando la fibra verdadera o te dices estoy engañándome. Rainer María Rilke le dice a Camus en sus cartas a un joven poeta: cuando usted interiorice y hable consigo mismo usted va a saber si son buenos o malos poemas. Cuando usted logra hacer ese examen de preguntarse en la noche puedo vivir sin escribir y tu respuesta es no, sabrás que escribir es algo orgánico, por eso la cuantía de premios no es para nada esencial.

¿Qué temas aborda Resurrección del Cisne?

Es un homenaje a poetas, pintores, músicos de occidente, desde la vanguardia hasta escritores no tan arriesgados en su propuesta estética. Es un libro estructurado en cinco secciones y es bastante diverso.

Lo de resurrección del cisne es a propósito de que ya hubo un poeta que escribió “torcedle el cuello al cisne”, yo creo que aún cuando se le tuerce el cuello, el cisne sigue vivo, todo lo que el cisne logró iluminar sigue vivo, sobre todo en un tiempo en el que Latinoamérica vive un momento de mucha banalidad cultural.

Vuelve lo mismo que pasaba en el modernismo, que no era evasión, sino resistencia. Hubo quienes dijeron que Darío era un evasor, Casal también,  pero ello estaban resistiendo lo vulgar de esa banalidad. Casal resistía al momento de La Habana cuando imperaba un régimen político complicado. Ante esa producción seriada de arte que no es arte, esa vulgarización del concepto de lo sublime el modernismo puso esa cultura de resistencia con lo más autóctono de uno y con lo mejor que podían hacer. Fina García Marruz define muy bien la esencia del modernismo al afirmar aquello de que nuestro desarrollo cultural natural en América Latina fue arrasado y por ello necesitaba apropiarse de todo para volver a conformarse. El desarrollo de América hubiese sido distinto si no hubiese sido afectada de esta forma.

¿Cuál es tu impresión de Nicaragua?

Es la primera vez que vengo y espero poder venir en febrero al Festival Internacional de Poesía de Granada. Me gusta mucho Nicaragua y sobre todo pedí conocer a las personas. Mi guía me ha enseñado mucho los paisajes pero no sabe que mi primer paisaje es ella misma. Las personas son el paisaje que me interesa ver, me ha seducido. Sí disfruto ver los volcanes, los lagos, los altares son preciosos en la avenida Bolívar, pero la gente que los hizo son lo mejor.