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Al libro Travels with Mr. Brown (Viajes con Mr. Brown) pertenecen las páginas que escribió sobre Nicaragua Mark Twain (1835-1910), fragmentariamente traducidas por Luciano Cuadra. El libro se conoció hasta en 1940, año en que fue editado por los investigadores Franklin Walker y G. Ezra Dane. Se trata de una larga serie de cartas viajeras que el célebre humorista estadounidense publicó en el periódico Alta California, de San Francisco. Entre ellas figuran las dos cartas o reportajes viajeros en las que Twain describe, con lujo de detalles, su travesía desde San Francisco hasta Nueva York, a través de Nicaragua, o mejor dicho, de nuestra histórica Ruta del Tránsito.

Dicha ruta, ya en su ocaso cuando pasó Twain, se remontaba al inicio del Gold Rush —o fiebre del oro— del Oeste de los Estados Unidos, que el 27 de agosto de 1849 había engendrado un contrato para abrir una comunicación interoceánica a través de Nicaragua. David L. White —representante de una compañía privada— y el Gobierno nicaragüense, encabezado por el Director Supremo Norberto Ramírez, lo firmaron. White era Coronel, y su compañía American Atlantic and Pacific Steamship Canal Company, la integraban Cornelius Vanderbilt —su principal socio y el segundo hombre más rico de los Estados Unidos— su hermano Joseph y otros.

La Compañía Accesoria del Tránsito

El trabajo de conducir pasajeros fue asignado a la Compañía Accesoria del Tránsito (o Accesory Transit Company), la cual se derivaba de la primera, pero independiente. Por ella, Vanderbilt tendría el monopolio de la navegación por barcos de vapor por el Río San Juan y el Gran Lago de Nicaragua, a cambio de entregar al Gobierno de Nicaragua diez mil dólares anuales, más el 10% de las utilidades.

El astuto y emprendedor financiero, entonces de 55 años, ofrecía una ruta más corta, barata, segura, cómoda y saludable que la de Panamá, controlada por la Pacific Mail Steamship Company, cuyos vapores entrelazaban las dos costas del istmo panameño, cobrando 600 dólares; en cambio, Vanderbilt cobraba 300 por pasaje de primera y 180 por el de segunda en la Compañía Accesoria del Tránsito.

En los vapores de su línea naviera, los pasajeros iban de Nueva York y Nueva Orleans, hasta San Juan del Norte, puerto de Nicaragua en el Atlántico; allí tomaban vaporcitos fluviales en los que remontaban las 120 millas del Río San Juan hasta llegar al puertecito de San Carlos, en la ribera oriental del Lago de Nicaragua. Luego, en vapores medianos, cruzaban las 55 millas que hay desde allí hasta la Bahía de La Virgen, en la ribera occidental del Cocibolca.

La etapa final —de La Virgen a San Juan del Sur— se hacía en mula o en diligencias tiradas por mulas o bueyes. Mark Twain realizó este viaje de 12 millas durante tres horas y media en una diligencia sucia y despintada, pero en el sentido inverso, es decir, de San Juan del Sur a La Virgen, y describe el viaje como “un divertido resbalón a través del istmo”.

En total, de 1851 a 1857, transitaron por la Ruta de Nicaragua del Atlántico al Pacífico, 56,812 pasajeros; y del Pacífico al Atlántico, 50,803. Según David I. Folkman, la intrusión walkerista impidió que la Ruta de Nicaragua superara a la de Panamá, fortalecida en 1855 con la inauguración del primer ferrocarril interoceánico del continente.

La llegada de Mark Twain

Fue e1 29 de diciembre de 1866 cuando arriba al puerto de San Juan del Sur, en el Pacífico de Nicaragua, el joven de 31 años que entonces era Samuel L. Clemens, conocido posteriormente como Mark Twain, a quien lo sorprende el año nuevo de 1867 navegando por el Lago de Nicaragua de La Virgen a San Carlos.

Twain había sido piloto desde los doce años en el Río Misisipí y cuando vino a Nicaragua no había publicado ningún libro. Apenas escribiría en 1867 “The Celebrated Jumping Frog” (“La rana saltarina del Condado de Calaveras”). En versión de Luciano Cuadra, Twain dejó escrito: “Teníamos derecho a escoger la diligencia en que haríamos el viaje de doce millas que hay de San Juan del Sur a La Virgen (…) nos metimos en una de las más grandes diligencias de un rojo desteñido, tirada por cuatro caballos cholencos. El cochero comenzó de inmediato a sacudirlos y apalearlos, y también a maldecirlos como loco furioso en un inmundo español (…)”.

Primer anuncio gringo en Nicaragua

Y continúa: “La primera cosa que los hombres vieron fue, pero sin saber qué cosa era: un mojón tal vez, una cruz, o quizá la modesta lápida de algún desventurado aventurero americano. Pero no, no era nada de eso; al acercarnos vimos clavado en un árbol un letrero que decía: ‘Compre una camisa Ward!’ era, pues, simplemente uno de esos abusos en que se refocilan los mercachifles de mi tierra dueños de la camisería de esa marca. Y pensar que gente como esa invade los lugares más sagrados con sus anuncios canallas para desnaturalizar los paisajes en que uno podría extasiarse”.

Doncellas achocolatadas

Y agrega: “Casi doscientas yardas pasábamos ranchitos con ventas atendidas por muchachas de pelo negrísimo y relampagueantes ojos, que de pies antes las bateas nos miraban pasar en actitudes como de agraciada indolencia, chavalas estas de color de baqueta y vestidas siempre lo mismo: una sola bata suelta de zaraza con estampados chillones, recogida arriba de los pechos y de volante fruncido. Tienen dientes blancos y caras bonitas de sonrisa ganadora (…) estas doncellas achocolatadas venden café, té y chocolate, bananos, naranjas, piñas, huevos cocidos, guaro aborrecible, mangos, jícaras labradas y hasta monos, y los precios son tan módicos que, a pesar de órdenes y reconvenciones en contrario, los pasajeros que en el vapor venían en tercera se atiborraron de toda clase de bebidas y comidas. El camino era suave, plano y sin lodo ni polvo, y el paisaje ameno, aun cuando no llegaba a maravillar. Los cuatrocientos viajeros que éramos unos a caballo, otros en mulas, y otros más en diligencias tiradas por cuatro mulitas, formábamos la más bizarra, astrosa y extraña comparsa que yo jamás hubiera visto”.

En La Virgen tomó el vapor San Francisco de la Compañía Accesoria del Tránsito, en el cual surcó el Gran Lago de Nicaragua el primero de enero de 1867, desembarcando en San Carlos catorce horas después, el 2 de enero. Luego bajó por el río San Juan, recorriendo sus 120 millas hasta llegar a otro puerto y bahía en el Atlántico: San Juan del Norte. De allí Twain transbordó a otro vapor más grande que lo condujo a Nueva York.

Los volcanes gemelos

Twain describe las peripecias e impresiones de su viaje por esta ruta, en buena parte paradisíaca, cuando el cólera azotaba nuestro país. Pero ni esa amenaza, ni el rudimentario menú de los vapores (sandwichs), pudieron opacar su humor y sensibilidad ante la belleza del paisaje nicaragüense. Al Concepción y al Maderas los reconoció como “volcanes gemelos, maravillosas pirámides arropadas en un verde fresco y suavísimo, veteadas sus faldas de luces y de sombras; sus cimas perforan las errabundas nubes, parecen los volcanes apartados del vértigo del mundo, tan tranquilos así como están inmersos en sueños y en reposo”.

Durante su travesía por el río, para él un paraíso despoblado, se fue desplegando ante él “la encantadora belleza de sus contornos”.

En San Juan del Norte

Al arribar a San Juan del Norte constató sus doscientas casas viejas de madera y algunos hermosos predios vacíos y con sus mil ochocientos habitantes: “un mosaico de nicaragüenses, estadounidenses, españoles, alemanes, ingleses y negros jamaicanos. Casi todos estos tienen venta de puros y guaro, frutas y hamacas de cabuya. Todo muy barato, y hasta vinos y otros artículos importados, pues los derechos de aduanas son bajos (…) engalanan el pueblos unos cuantos cocoteros, lo bordean chaparrales, y por donde quiera sonríen entre la grama los botones rosados de las mimosas”.

Por lo demás, los datos históricos que aporta son numerosos y valiosos. Entre ellos, cabe citar el consumo ya desarrollado del café, y la fluida circulación de la moneda norteamericana —especialmente el dime o diez centavos—, ambos fenómenos impulsados por la Ruta del Tránsito.