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I
“Este mes ha de ser Para Vosotros
El principio de los meses. Será el
Primero entre los meses del año.
Éxodo –XII, 2.

La noche estaba como el día
cuando empezó el naufragio de la ciudad.
El horrendo cataclismo bramando
sobre la tierra vencida.
Las toneladas de cemento chocando
bajo el cielo estrellado.
Las casas desparramándose.
Los cuerpos entre los escombros.
La polvareda de los escombros
subiendo como neblina.
Los sobrevivientes corriendo
a los sitios abiertos,
cubriéndose
con sabanas como sudarios.
La pira inmensa de la ciudad y
la sorda agonía de los edificios
desplomándose.

A la madrugada
el sismo azotó otra vez
el casco desmantelado.
Bajo el cielo chisporroteaban
las llamas y
la hoguera crecía
con el viento helado.
Toda la noche aullaron las ambulancias.
Al amanecer los helicópteros
volaron la zona del desastre y
mostró sus heridas humeantes
la ciudad descuartizada.
comenzó el éxodo de la ciudad,
la caravana interminable,
sin rumbo ni destino;
con el alma aplastada,
rescatando sus muertos y
arrastrando sus restos.
En los caminos y
en las carreteras asfaltadas,
mujeres,
hombres,
niños.
en camiones,
en tractores,
en carretas,
en bicicletas,
a pie,
a caballo.
Toda la noche anduvo
la caravana interminable…
y amaneció
y volvió a amanecer
y hasta el séptimo día
seguía la masa
de refugiados,
de desgraciados,
de desamparados.

Las ciudades vecinas se atestaron,
y los caminos se poblaron bajo los árboles.
Managua quedó íngrima.
Solo el viento levantando polvareda
y arrastrando hojas secas.
Pasaban volando los papeles
sobre las ruinas de las casas.
Al amanecer del segundo día
comenzó la ayuda internacional
el mundo entero se hizo “Presente”.
Llegaron carpas,
medicinas y
hospitales ambulantes;
los tractores rugieron día y noche
sobre las ruinas abandonadas.

II
“Huerto cerrado eres, hermana mía,
Esposa, huerto cerrado, fuente sellada”.

CANTARES- IV-12.
Me detengo a recordar
a la otrora puerta de Centroamérica,
con teatros anunciando
las últimas películas
y almacenes atestados
hasta en últimas horas de la tarde.
El supermercado frente a mi casa
y las hermosas embajadas
y los niños retozando
en los patios engramados;
y los árboles llenos de frutas;
y mi casa llena de luces
como un barco,
recogiendo el rumor de las series mundiales
en el estadio vecino y
el bullicio del gentío
en la parada de Montoya
al otro lado del supermercado.
Recuerdo la Avenida Roosevelt
por las tardes
con muchachas de minifaldas
revoloteando como mariposas,
alegres,
radiantes,
fluyendo por toda la avenida
diluyéndose en los restaurantes,
en los almacenes,
en los cinematógrafos
en los vehículos;
y la Avenida Bolívar
con gasolineras,
con establecimientos de comercio,
con hoteles de primeras y librerías;
y la Avenida del Ejército
que comenzaba al otro lado de mi casa
en el monumento a Montoya
que cayó con el sismo y
se prolongaba con árboles de malinche
hasta el lago;
y la calle 15 de Septiembre
como un río,
llevando la riqueza y
alimentando el presupuesto del Estado.
Recuerdo los puntos de referencia
de la ciudad,
tan managuas:
El Arbolito,
El Gato Abraham,
Los Balcanes,
Las 2 y ½,
El Malinche,
El Gallazo,
El Caracol,
El Infierno,
El Gancho de Camino,
La moneda,
Montoya,
Sangre y Arena,
La Hormiga de Oro,
El Foker,
El Hormiguero,
El Bóer,
Acahualinca,
Tiscapa,
y los que
quedaron hechos trizas entre los escombros,
con los seres queridos,
cuyos nombres recordaremos
en velada alrededor del vino
o en la víspera de Navidades;
como aquella en que Managua despertara
sacudida por el furor de su geografía
con lagos azules y volcanes humeantes,
y la alta serranía sobre la vasta llanura
donde hoy queda cubierta por el polvo,
entre alambradas,
la que fuera capitana del istmo,
paraíso de auroras,
huerto de los encantos,
con un rotulo triste sobre sus resto
que dice: “ZONA DE DESASTRE”

 

Managua, D.N, Nicaragua
31 de Diciembre de 1972

Julio Centeno Gómez.