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El permanente diálogo con artistas y escritores propició a Rosario Murillo Zambrana (Managua, 21 de junio, 1951) la irrupción de su voz lírica; de manera que, al inicio de los años setenta, se integraría —con su acento personal y contenido directo— a la primera fila de las mujeres poetas del país.

En la sexta edición de la obra histórica-crítica Literatura nicaragüense (1997), referí que Rosario se había revelado tempestuosa e indeteniblemente —tras la muerte de un hijo en el terremoto del 72—, al amor y a la lucha revolucionaria, a retratar y reivindicar personajes populares y situaciones sociales. Así lo desplegaba recurriendo a un tono coloquial en los poemarios Gualtayán (1975), Sube a nacer conmigo (1977) y Un deber de cantar (1981), en su antología Amar es combatir (1982) y en su cuarto y quinto poemarios: En las espléndidas ciudades (1985) y Las esperanzas misteriosas (1990). Posteriormente, daría a luz una selección bilingüe (español-inglés), traducida por Alejandro Murguía: Ángel in the Deluxe (San Francisco, California, City Lighs, 1992) y en línea pondría Como los ángeles (1984-1991), Celebración de mi sol (2003), El corazón del mundo (2003-4), Poderosa lentitud de la lluvia (2004), La vida en boca (2004-5), Pájaros de obsidiana (2005) y Cuentas de colibrí (2005).

Guillermo Menocal y Luis Rocha fueron los primeros en valorar su poesía, seguidos por Sergio Ramírez en su consagratorio artículo “Rosario Murillo: con el amor en el alma”, publicado en La Prensa Literaria el 1ro de noviembre de 1975. Sostenía Sergio: “Por ninguna parte Gualtayán da señales de ser un libro primerizo, sino el fruto de una abundante experiencia, pero no por eso menos impetuosa, en cuya corriente se resuelve los paisajes nicaragüenses, rurales y urbanos, un colorido nuevo de mercado frutal y vocinglero, una tremolina de recuerdos”, para constituirse en “un libro vivo y vivero de un obra personal por venir, y que desde ya dichosamente se queda para dar signo a la poesía nicaragüense de la década”.

También comentó su poemario inicial Raúl Orozco: “El amor beligerante de Rosario Murillo” era su título (La Prensa Literaria, 11 de octubre, 1979). Por su parte, el hondureño Julio Escoto ya había asediado el segundo Sube a nacer conmigo (La Prensa Literaria Centroamericana, 27 de octubre, 1977): “En la poesía de Rosario Murillo se da una concentración armónica de afán telúrico y universalidad. Su dominio de una voz propia le ha permitido ya desplazarse de cuerpo entero por el peligroso campo de la experimentación lingüística, sumando al español-español los acentos de su español-nicaragüense. Dentro de esta habla propia de su tierra, me llama especialmente la atención la exuberancia de motivaciones (como un leimotiv, más bien) de origen vegetal. Todos los poemas que Sube a nacer conmigo pagan tributo a la presencia permanente de una abrumadora naturaleza hecha viga en el ojo, impresionante e inevitable.

Años más tarde, Franklin Caldera anotaba: “Rosario Murillo escribe una poesía técnicamente superior, pero menos atractiva que la sexualidad desafiante de Gioconda Belli, el marxismo pequeño burgués de Vidaluz Meneses y el olor a tierra mojada de Yolanda  Blanco” (Foro Centroamericano, núm. 12-13, junio-julio, 1986, p. 2). Pero a Steven White, crítico norteamericano especializado en poesía nicaragüense, se le debe la más acertada aproximación a la Rosario poeta. En Arando el aire / La Ecología en la Poesía y la Música de Nicaragua (2011) le dedica un amplio estudio.

Citaré su conclusión: “La poesía y otros escritos en prosa de Rosario Murillo tienen el impulso biocéntrico en que las especies y sus interdependencias se manifiestan con claridad y en que se respeta la biodiversidad del país que la autora ama con fervor. Murillo apoya el calor inherente de un medio ambiente físico al destacar la gran diversidad vital de Nicaragua en su poesía”.

Desde luego, poemas rosarinos se han incluido al menos en quince antologías: las de Fanor Téllez (1975), Gerda Shattemberg en alemán (1981), Jorge Eduardo Arellano (1984), Edna Cicogna  en italiano (1989), Jorge Eduardo Arellano de nuevo (1989 también), Daisy Zamora (1992), Julio Valle-Castillo (1994), Ernesto Cardenal (1998), Pedro Xavier Solís y Fernando Antonio Silva (2000); Gloriantonia Henríquez en francés (2001), Paola Yáñez (2007), Omar García-Obregón y Conny Palacios (2008), Roberto Pasquali y Enzo Minarelli en italiano (2008), Edwin Yllescas (2009) y Héctor Avellán (2012).

En fin, Rosario Murillo impuso su poesía abierta, dinámica y orgánica desde los años setenta, cuando era veinteañera y ya se había comprometido con su pueblo.