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No llegó Rubén Darío a familiarizarse con el cine como lo hicieron algunos de sus coetáneos españoles, entre ellos Miguel de Unamuno (1864-1936), Ramón María del Valle Inclán (1866-1936) y, sobre todo, Azorín (1873-1967), autor de dos colecciones de artículos: El Cine y el momento (1953) y El efímero Cine (1955), cuando el arte de la cinematografía era una pasión de su senectud. 

Pero nuestro periodista vital y vitalicio, desde los 30 años, conoció en Buenos Aires la novedad del invento de los Lumière, según lo demuestra en su crónica “Vacher o el loco de amor”, aparecida en el bonaerense diario Tribuna el 23 de noviembre de 1897. O sea, casi dos años después de la primera sesión pública del cinematógrafo en París. En dicha crónica -o semblanza de un pastoricida francés- su autor opina: “Quizá, y sin quizá, su único juez sea el Señor, que ve el origen y el fin de todas las cosas, y que en ese momento finisecular nos hace ver al lado del cinematógrafo (la cursiva es mía) y de la tuberculina, cosas milenarias, visiones fantasmales, temores medievales, presagios…” (RD: Páginas olvidadas. Buenos Aires, Samuel Glusberg, 1921, p. 94).

Siete veces más citó el cinematógrafo Darío. En “El hipogrifo”, una de las crónicas de su libro Parisiana (Madrid, Librería de Fernando Fe, 1907) reflexiona: “Jamás el ser humano ha sido menos ángel; jamás ha sido bestia fiera. Y esto con automóviles, con telégrafos sin hilos, con cinematógrafo (la cursiva es de nuevo mía, al igual que en las restantes citas), con la omnipotencia de máquina de la industria y el oro en todo” (RD: Obras completas. Tomo IV. Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, p. 1.350).

El sustantivo cinematógrafo figura, asimismo, en uno de los “Films de la Corte” ––léase Madrid––, en el que Darío recomienda al “Teatro de niños” montado por su otro coetáneo y amigo suyo, Jacinto Benavente (1866-1954) el “empleo del cinematógrafo para ciertas fantasías o caprichos poéticos, pero mezclado, naturalmente, con la recitación, el canto y la danza…” (La Nación, 18 de enero, 1910). En uno de sus “Films de París”, hablando de los “bohemios” modernos, anotan que tienen sastre en Londres, sus amigas quieren bailar en el music-hall Tabarín, mas no beben champaña en la Taverne de París, ni van al cinematógrafo del Panteón, sino a la Gran Ópera” (La Nación, 4 de marzo, 1911).

En su breve monografía sobre Bolivia, divulgada en Mundial Magazine (núm. 6, octubre de 1911, pp. 553-558), se apropia de una descripción geográfica de ese país sudamericano, horadado “de valles profundos y sinuosas quebrabas donde se ven mil accidentes del terreno como las proyecciones de un cinematógrafo. Consúltese Prosa política. Las repúblicas americanas. Madrid, Mundo Latino, 19, vol. XIII, p. 116. Y en “Cuento de pascuas” (también publicado en Mundial Magazine, núm. 8, diciembre, 1911, pp. 151-157) usó el término dos veces más. Aludiendo a una plaza afirma que se le “apareció como el escenario de un cinematógrafo”; y, en su función de narrador-testigo, expresa que veía “desarrollarse ––¿he hablado ya de cinematógrafo?–– la tragedia”. 

En el capítulo II de su autobiografía redactada, Darío volvió a citar el cinematógrafo mientras refería una anécdota acontecida durante su infancia en el caserío hondureño de San Marcos de Colón: “Un día yo me perdí. Se me buscó por todas partes: hasta el compadre Guillén montó en su mula. Se me encontró, por fin, lejos de la casa, tras unos matorrales, debajo de las ubres de una vaca, entre mucho ganado que mascaba del jugo del coyol (…) Se me sacó de mi bucólico refugio, se me dio unas cuantas nalgadas y aquí mi recuerdo de esa edad desaparece, como una vista de cinematógrafo”. (RD: La vida de Rubén Darío escrita por él mismo. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1991, p. 8).

Por su parte, el adjetivo cinematográfico lo empleó Darío en dos crónicas de Todo al vuelo (Madrid, Renacimiento, 1912): “El reino de las tinieblas / Los dramas de la clínica” y “Las memorias de la señora Daudet”. En una observa que “la estatua de Floquet, el célebre tribuno y estadista, pasa como en visión cinematográfica” (p. 136) y en la otra señala que en las páginas escritas por la viuda de Alfonso Daudet (1840-1897) los “recuerdos de artistas, pintores afamados, literatos extranjeros, músicos de reputación universal pasan, dejando en nuestro ánimo la visión rápida de una cinta cinematográfica” (p. 245).

¿Y el vocablo cine? Apenas lo utilizó una vez: en su crónica “París nocturno” (Mundial Magazine, vol. I, núm. 1, mayo, 1911); ahí, refiriéndose a un famoso salón de baile, apunta que después de cenar los parisinos “es a Bullier donde principalmente se dirigen, como no sea algún cine o cabaret de cancionistas” (RD: Cuentos y crónicas. Madrid, Mundo Latino, 1918, volumen XIV).

En conclusión, el cine no le fue extraño al cronista moderno y arraigado cosmopolita que era nuestro Rubén. Al contrario, lo aceptó como una novedosa expresión cultural y artística, representativa del siglo vigésimo.