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De Nadine Lacayo Renner he leído relatos que cautivan por su solvencia de palabra e ingeniosas metáforas que vigorizan y ratifican lo descrito por ella, o lo dicho por sus personajes. Un día de 2016 me dijo que estaba terminando de escribir un libro, y quería que trabajáramos en su edición. Así conocí “Polvo en el viento”, obra que por su contenido y estructura parece novela, pero no lo es, porque en ella no hay nada ficticio, pese a que los hechos narrados se asemejen a los que pueden ocurrir en una realidad de quimeras, o se parezcan a esas quimeras que con frecuencia incursionan en nuestra realidad. 

Su título procede de Dust in the wind, canción grabada en 1978 por la banda Kansas, y que en uno de sus versos asevera que “todo lo que somos es polvo en el viento”. Esta alegoría se puede admirar en el microcosmos luminoso que crea el sol al colarse por una claraboya, en el que miríadas de briznas de polvo flotan y se desplazan hacia cualquier parte, como nosotros, en el macrocosmos en que viajamos hacia la nada… y aunque la cascada de luz se difumine, y esas menudencias no las veamos más, continúan ondulando en el viento, como se columpian en nuestros recuerdos las presencias de quienes nos antecedieron, impidiendo al olvido engullir lo que la muerte ultrajó. Después de 38 años que la Guardia Nacional asesinó a su compañero, Nadine viajó a Diriamba, donde visitó personas y lugares que ella y Joaquín conocieron. Al recorrer la otrora linda ciudad, asoleó sus recuerdos, les extirpó el grumo que amenazaba sumirlos en el olvido, y diáfanos los mostró, como el más significativo y hermoso testimonio de su existen
cia. En Polvo en el viento narra acontecimientos ocurridos en su época “sediciosa”, cuando plena de juventud, amor e ideales formó parte de la proeza que derrocó a una de las dictaduras más sanguinarias y longevas de Latinoamérica, victoria inédita en nuestra historia y génesis de la Revolución Sandinista, que encarnó en millones las esperanzas de extirpar las lacras que el somocismo enraizó en Nicaragua. 

Emelina no conversa con el revolucionario asesinado, sino con la presencia viva de Piquín. Le recuerda el beso que le dejó sobre el viento al despedirse, y los sucesos que la muerte le impidió ver: la multitudinaria alegría provocada por el triunfo; el sabor inigualable de la libertad; las esperanzas y las risas germinando en todo el país; el alfabeto correteando en las montañas; pero también la guadaña, alzada de nuevo sobre la patria, lacerando sueños, cuerpos y almas; y la rapiña que acabó con los restos de la Revolución, aquella, la verdadera. Esta es una historia de presencias y ausencias, una catarsis vital para continuar la ruta, pues como anticipó Rubén Darío, “no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente”. 

Y cuando Nadine recuenta sus recuerdos, la nostalgia estremece la memoria de quienes venimos de aquella época. “Nosotros –dice– leímos de mano en mano a Kafka, a Hermann Hesse, a Sartre, a Simone de Beauvoir, a Nietzsche, a John Reed, a Julius Fucik, a Saint-Exupéry… nos sedujo “Cien años de soledad”, “Rayuela” y “Pedro Páramo”… vimos en el cine La novicia rebelde, La naranja mecánica, Las fresas de la amargura, Taxi Driver, Love Story y Jesucristo Superestrella… escuchamos a Janis Joplin, Jim Morrison, Pink Floyd y Eric Clapton, y nos gustó el estilo de vida de los hippies, celebramos la libertad sexual, la creatividad, el pacifismo y también la marihuana…”. 

Y agrega: “Fuimos fans de John Lennon cantando Imagine por la paz del mundo; nos guindamos en el cuello el símbolo de amor y paz, los derechos civiles, los derechos de las mujeres, el feminismo, el anticonsumismo, causas que después se traspapelaron en la Revolución bajo la excusa de las prioridades del contexto. Juntamos todo con la ola de protestas que se levantó en América Latina. Escuchamos a Serrat, a Violeta Parra, a Atahualpa Yupanqui, a Viglietti… Fuimos sabiendo más de Sandino, de Camilo Torres, de Ho Chí Minh, de la Revolución de Octubre y del bloqueo contra Cuba. Por eso luchaste, por eso nos metimos, por eso estás muerto y están muertos más de 50,000. En esa realidad está justificada tu corta existencia, y la de todos los muchachos y muchachas, y mi dolor y todos los dolores”.

Y en esta extensa conversación, que a veces se trasmuta en monólogo interno y solitario, Nadine recuerda a los colaboradores, a las madres de tantos inmolados, a los que nunca se supo dónde quedaron, a familias amputadas por los perversos tarascazos de la guerra y a los sobrevivientes. En sus memorias también hay denuncias categóricas, como la masacre contra el medioambiente cometida por Cornarca –Comisión Nacional de Renovación de Cafetales–, programa de Gobierno que arrasó con miles de manzanas de café, árboles centenarios de maderas preciosas, empobreció a centenares de pequeños productores y estancó para siempre el pujante avance socioeconómico de Diriamba, una de las ciudades más lindas de Nicaragua en su época de fulgor. 

Al escribir Polvo en el viento, Nadine expulsó los fantasmas que merodeaban su presente, y dio la bienvenida a bandadas de gaviotas que llegaron a poblarla, ratificando así su pertenencia a esa estirpe de personas que no se arrepienten de la vida vivida. 

Ahora, avizorando su horizonte, transita sin temor los rumbos que le depara el porvenir, y coherente con su manera de ser y de pensar, con frecuencia tararea aquella vieja canción que, en noches de boato y glamour, con voz nasal y arrastrando las erres, en 1961 entonó la célebre Édith Piaf, en el Olympia de París: 

  - Non, je ne regrette rien…—O lo que es igual, yo no me arrepiento de nada.