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Pocos nicaragüenses han emitido su juicio sobre Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899-Ginebra, 1986), cumbre de la literatura hispanoamericana del siglo veinte. Aquí presentamos fragmentos de cinco autores nuestros. 

El Poeta

Desasosegantes preocupaciones ultratemporales y metafísicas, expresadas con una exigente lucidez sobrehumana, contiene la poesía de Borges. Su canto busca la perennidad, y su emoción es intensamente personal. Borges cautiva por su trascendencia, lenguaje preciso y belleza formal. Ernesto Gutiérrez: “Borges y Cardenal” (La Prensa Literaria, 3 de septiembre, 1972). 

El Enamorado

Quien lo tuvo todo, nunca tuvo nada, pues no se trata de tener o no tener, sino de ser. Porque nadie puede vivir lo impensado, lo imposiblemente mental: Borges perdió la juventud en las confiterías, al lado de frescas rosas poéticas, creyéndose enamorado del amor, pero sin compartir el hecho encadenado. 

Cuando quiso probarlo fue por un instante y amargo. Todos sus amigos nos conmovimos. Lo vimos ciego y niño, abandonado solo en el bosque, en aquella selva oscura. Pero Borges no transigió y menos suplicó. Quizás pensó que había vivido lo pensado con la ignorante y estoica alegría de Aloysius Arcaraz, s.j.: Qui feminam perdit nescit quod meret / El que pierde una mujer no sabe lo que gana. Ernesto Mejía Sánchez: “Tríptico de Borges”, en Recolección a mediodía. México, Joaquín Mortiz, 1980. 

El Visionario

Sus ojos no ven, pero miran. Detrás de él, hay otro. Habla su memoria como alguien que se oculta en él. Habrá siempre el visionario. Todo lo que sus ojos ven es su propia invención. Encerrado en sus sombras, oye mucho. Está atento a todo lo que se dice a su alrededor y su inteligencia siempre está despierta y ágil. La espada de su espíritu corta o rasga con ironía. 

Una vez el poeta y narrador gaditano Fernando Quiñones le dijo a Borges en Madrid: ––Maestro, voy a publicar en estos días un libro de cuentos en el que, por fin, me libro de la influencia de Borges. ––Dichoso usted ––le contestó. ––Yo no he podido librarme de esa influencia. Pablo Antonio Cuadra: “Los ojos visionarios de Borges”, La Prensa Literaria, 27 de septiembre, 1981.

El Minotauro desposado con Ariadna

El hombre que fue Borges no era un simple homo: era Borges. Es decir: el secreto administrador del diccionario de Dios, el sofista que conjeturaba el universo y lo definía interpretándolo a través del Otro, del doble, de la sorpresa, de los espejos, de los símbolos, del laberinto, de los equívocos, del Enmascarado, de la realidad geometrizada; a través de esquemas y personajes, alegorías e inquisiciones. 

El hombre que era Borges ––quien fue muchos hombres–– ya no está con nosotros; pero seguirá en nosotros, entre nosotros. Seguirá siendo, para siempre, él mismo, el hombre de la esquina rosada y el redescubridor del Martín Fierro y de Evaristo Carriego, del tiempo circular y la historia universal de la infamia, de la Biblioteca de Babel y la zoología fantástica. Seguirá, ¡quién lo duda! marcándonos con el ultraprodigio de su memoria y su economía verbal, con la infinitud de la Utopía y el elogio de la sombra, con el jardín de los senderos que se bifurcan y el tamaño de su esperanza.

El hombre que era Borges era varios mundos y submundos, fábulas y ficciones, idiomas y metáforas. Era, entre miles, Aquiles y la Tortuga, Pascal y Spinoza, Hume y Schopenhauer, Kipling y Conrad, Withman y Poe, Carlyle y Browning, Chesterton y Kafka, Quevedo y Gracián, Leopoldo Lugones y Macedonio Fernández; era el hacedor y el detective, el compadrito y la milonga, los tigres y las estatuas, los puñales y la teología. Era ––sencilla y solamente–– Borges. 

El hombre que fue Borges era también mujer, muchas mujeres: entre centenares y azares, doña Leonor y Norah, Silvina Ocampo y Sur, Enma Sunz y Matilde Urbach. El hombre, este hombre proveedor de cultísimas iniquidades, pertenecía a una especie sin ascendientes ni descendientes. Este hombre, muchísimo más que una disciplina y una ascética, tuvo su mente poblada, perpetrada de visiones y devociones, de obsesiones insuperables e inimaginables para los transeúntes por esta vida. 

El hombre que fue Borges no era un simple homo: era Borges, el Minotauro desposado con la Literatura que, para él solo podía tener un nombre: Ariadna. El hombre, Borges, acaba de morir; corrijo: de ocupar su lugar en la habitación perdurable de la inmortalidad. Jorge Eduardo Arellano: “Fervor y antifervor de Borges” [Madrid, 14 de junio, 1986]. 

Escritor ecuménico

Fue un escritor ecuménico, capaz de trasegar los rigores deslumbrantes del lenguaje a la prosa de ficción, a los ensayos literarios, y a la poesía, como si se tratara de las tres caras de una moneda imposible […] Tenía una erudición verdadera, insondable, arcana […] Articulaba sus distintos instrumentos, como un todo, la filosofía, la teología, la mitología, la crítica literaria, las traducciones, las citas de autores verdaderos, o imaginados. Nada escapa a esta inmensa urdimbre. Sergio Ramírez: “Primeras letras con Borges” [finales de 1999], en Señor de los tristes / Sobre escritores y escrituras. San Juan, Universidad de Puerto Rico, 2006.  
 

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