•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

No deseo iniciar un debate, que sería interminable, acerca de la escritura femenina actual en el país. Hace algún tiempo preparo una necesaria e impostergable obra crítica: La literatura escrita por mujeres en Nicaragua / De Clementina del Castillo a nuestros días. Tampoco quisiera responder, porque no es posible, las reacciones viscerales desatadas contra mi persona, una de ellas: que la neuropatía diabética ya me había llegado al cerebro. Me basta que la Junta Directiva de la Asociación Nicaragüense de Escritoras (Anide) haya decidido elaborar un código de ética para sus comunicaciones. 

Disculpas a hermanas de tinta

Por eso felicito a su presidenta, médico de profesión e indiscutible poeta de polendas, por su análisis de mi ensayo “Más sobre nuestra Ana Ilce Gómez” (Artes y Letras / END, domingo 12 de noviembre, 2017). Se trata de una respuesta formal, en nombre de 38 (de 80) integrantes de Anide, en la que se recuenta un polémico intercambio entre las mismas y se transcribe el texto de mis disculpas a dicha Asociación, enviado el viernes 24 de noviembre, un día antes de la Asamblea de Anide, celebrada el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. 

“Mi intención en las palabras con que despedí a nuestra gran poeta Ana Ilce Gómez el 2 de noviembre fue únicamente exaltar su obra. Nunca ofender a sus hermanas de tinta. Si así lo interpretaron algunas, pido sinceras excusas”. Además, me arrepentí de tres calificativos que había aplicado a una de ellas, pero las excluí en la versión impresa de END en aras de la cordialidad. En ese texto refuté dos errores de quien armó el cotarro gremial sosteniendo que el Gobierno había ignorado la grandeza de Ana Ilce y que ella, al surgir como poeta en Monimbó, les “causó espanto” a los hombres. Pero Isolda Rodríguez también salió al frente de esos disparates.

Gioconda y Daisy

Hoy reitero mis disculpas como lo pide la presidenta de Anide, extensivas específicamente a Gioconda Belli y a Daisy Zamora, ambas representantes máximas de la poesía nicaragüense escrita por mujeres y cuyos aportes he reconocido en no pocas páginas. Bastaría citar dos breves ensayos: la contestación a Gioconda cuando ingresó como miembro correspondiente a la ANL (Bolsa Cultural, 11 de marzo, 2004) y “Daisy Zamora y la plenitud de su poesía” (Ventana, 14 de diciembre, 1988). A Belli la valoro justamente como “la última gran tejedora integral del hilo azul de nuestras letras, trascendente como novelista y autora de libros para niños, autobiógrafa ––la primera de sus colegas––, sostenida y sostenible periodista de opinión, más ––sobre todo–– poeta de erótica fibra deslumbrante al servicio de la transformación revolucionaria de la sociedad”. En cuanto a Zamora, interpreto las relevantes vivencias líricas que, hasta entonces, se había acreditado en sus poemarios donde afirmaba la identidad nacional y personal, ah
ora culminantes en el poemario de este año Como te ve tu hombre (Diccionario de bolsillo para mujeres).

¿“Inquisidor de las letras de Nicaragua”?

Pasando a la graduada en sociología, de cuyo nombre no quiero acordarme, lo que la transformó en airada contestataria fue mi afirmación en el TNRD, conteniendo el llanto, que Ana Ilce Gómez, “para realizar su obra, nunca necesitó alzar la bandera feminista, ostentar el erotismo o enarbolar el estandarte revolucionario”. Sin embargo, la aludida señora ––considerándose ofendida–– me malinterpretó creyendo que negaba en Ana Ilce a la mujer comprometida con su género. De esta manera, tuvo el aplomo de confesar: “Me considero ignorante del mundo literario del país”; y la gentileza de llamarme “anacrónico”, “desafortunado”, “falso”, “mezquino”, “simplista”, “manipulador”, “irrespetuoso” y entre otros adjetivos de la misma calidad, “inquisidor de las letras de Nicaragua, a pesar de sus carencias”. 

Sin duda, desconoce a fondo mi entrega al estudio de mujeres escritoras como algunas de Francia, Alemania, España, Japón y Estados Unidos ––entre ellas Phillis Wheatley y Emily Dickinson––, la mexicana Juan Inés de la Cruz, la uruguaya Juana de Ibarbourou, la chilena Gabriela Mistral, la salvadoreña Claudia Lars, la guatemalteca Margarita Carrera, las panameñas Elsie Alvarado de Ricord y Gloria Guardia de Alfaro, las argentinas Graciela Maturo y Susana Zanetti. Asimismo, dicha entrega abarca más de sesenta escritoras nuestras, como lo prueban los tomos de mi Diccionario de autores nicaragüenses (1994) y otros trabajos dispersos. Conviene señalar también que en las ediciones de mi Diccionario de autores centroamericanos (1997 y 2004) figuran 14 costarricenses, 12 panameñas, 8 guatemaltecas, 6 hondureñas y 3 salvadoreñas.

Moraleja de la guillotina

Los ideólogos de la guillotina argumentaban, en los aciagos días de las ejecuciones durante la revolución francesa, que el instrumento democratizaba la muerte. Al fin, todos los condenados morirían bajo un solo signo: de un instantáneo tajo, en contraste con los horrores de la hoguera, la rueda o el desollamiento. Paralelamente a dichos ideólogos, surgió en septiembre de 1791 un movimiento encabezado por Olympe Maria de Gouges, quien redactara la famosa “Declaración de los derechos de la mujer” y cuyo artículo X precisó: “La mujer tiene el derecho a subir al patíbulo”. Como era de esperarse, Olympe Maria colmó el derecho que reclamaba: fue degollada por la guillotina.

Identidad antes que emancipación

Desde entonces, la lucha por la liberación de la mujer ha constituido un capítulo admirable de la historia del mundo moderno y postmoderno. Yo no puedo estar contra ella y me solidarizo con sus protagonistas. Pero creo, con Jutta Burggraf ––en su ensayo “Hacia un nuevo feminismo para el siglo XXI”–– que el principal problema de la mujer no es la búsqueda de su emancipación (de hecho, en una buena parte del planeta ya es una realidad legal), sino la de su identidad. No la de los sexos, sino la identidad del mismo ser humano: ¿quién soy?, ¿de dónde vengo y adónde voy?, ¿cuál es el sentido de mi existencia?, ¿por qué y para qué vivo? Una mujer que responda ––con sus logros de diversos tipos: artísticos, profesionales, etcétera–– se libera de innecesarias dependencias, impone sus propios talentos y no se tambalea ante el paternalismo masculino.  
 

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus