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Después de que le concedieron el Premio Cervantes hace menos de un mes, Sergio Ramírez Mercado (Masatepe, 1942) siente que hay  mucha más atención sobre su obra. “Es como un reflector que tiene uno encendido sobre la cabeza”, dice el escritor, tras haber presentado su nuevo libro en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en México, y en el Instituto Cervantes, en España. 

“Ya nadie llora por mí” (Alfaguara, 2017) es una novela negra protagonizada por el inspector Dolores Morales, que también fue el personaje central de la novela “El cielo llora por mí” (Alfaguara, 2008), pero que en esta nueva entrega se ha transformado al ritmo de los cambios sociales de la Nicaragua actual.

Hoy le tocará presentar su más reciente novela en Managua, escenario por el que se mueve el inspector Morales, una ciudad que conserva “una esencia rural”, según Ramírez, y que no deja de ser un retrato carnavalesco en el que habitan personajes que se contrastan, como un hombre que usa duendes para ponerlos en las puertas de las casas de los deudores, o un rey de los zopilotes que domina el negocio de la basura en el mercado Oriental.  

En esta entrevista, Ramírez habla sobre el proceso de creación de “Ya nadie llora por mí”, sus influencias en la novela negra y su labor cultural en Nicaragua.  

Esta es la primera de las once novelas que ha escrito que está relacionada con una obra anterior. ¿Cuál fue su motivación para darle más vida al inspector Morales, en lugar de crear un personaje nuevo, por ejemplo?

Generalmente, los personajes de las novelas policíacas o de las novelas negras tienen vida a través de distintos libros. Yo sabía que este personaje (el inspector Morales) estaba allí, en espera de una nueva estación de su vida. Tenía la intención de escribir esta novela y crear un caso nuevo para él, convertido en investigador privado. 

Han pasado casi diez años desde “El cielo llora por mí”, y me parece que a través de un personaje como este se puede explorar una sociedad. La continuidad del personaje da la oportunidad de explorar distintas etapas históricas de una sociedad y poderlas reflejar a través de la ficción. 

¿Cuál fue el personaje más desafiante para construir?

El mismo inspector Morales porque es un personaje contradictorio que tiene sus raíces en el pasado. Él no es un ningún político, sino un guerrillero de línea que se convirtió en investigador antinarcótico y ahora es un hombre pobre que abre una oficina de investigaciones. Pero al encontrarse con un caso mayor, la desaparición de la hijastra de un millonario, él entra en un laberinto inesperado y ese es el choque que yo quería provocar: cómo reacciona él frente a esto.  

Allí reside la dificultad de construir el personaje, sus propias dudas. Porque a él le ofrecen una cantidad de dinero por resolver este caso, que para él es enorme, y cuando se da cuenta de lo que hay detrás, duda entre seguir adelante y de qué lado se va a poner: del dinero que le están ofreciendo o de su propia ética, vieja ética que él defiende siempre. Estas dudas son las que hacen al personaje. En la novela, los personajes que son de una sola pieza, buenos o malos no son tan atractivos como los que tienen dudas acerca de su propia conducta.

Otro personaje importante es Lord Dixon, el compañero del inspector Morales que había muerto en “El cielo llora por mí”. ¿Por qué le pareció importante traerlo de nuevo en esta novela?

En una novela policíaca, generalmente, hay una pareja y la acción nace del choque de criterios de esta pareja. Yo había perdido a Lord Dixon por una necesidad en la novela anterior. En determinado momento, él tenía que morir. Era una determinación sabia que él tenía que morir en ese momento porque le concedía el dramatismo necesario a la situación y empujaba al inspector Morales, ya por un acto parecido a la venganza, a perseguir a los narcotraficantes. 

Pero yo necesitaba a Lord Dixon y en lugar de crearle un nuevo compañero de aventuras, lo que hice fue resucitarlo como la voz de su conciencia para que discuta con él. Siempre están en permanente contradicción, es como el Pepe Grillo de Pinocho, siempre le está hablando al oído, aunque no le haga caso. Porque Lord Dixon tiene un sentido del humor mucho más constante y se puede burlar libremente porque aparece como un personaje irresponsable que vive en otra dimensión. 

Las referencias que usa de Managua como el mercado Oriental, la Avenida Bolívar, la pista Jean Paul Genie, ¿ya las tenía pensadas o hasta que va escribiendo va pensando en los escenarios?

Cuando voy escribiendo voy buscando los escenarios. Porque claro, yo sé cómo está organizada la ciudad. Hacia el sur, hacia Las Colinas, vive la gente de mayores recursos. Entonces yo voy a ubicar allí la casa del personaje millonario, nuevo rico, que tiene una especie de country club, donde vive. 

El mercado Oriental, en cambio, era el mejor escenario para crear el asilo de menesterosos que tiene esta reverenda cerca de la iglesia El Calvario. El mercado como escenario de la novela a mí me pareció que era muy atractivo, porque es un universo que a mí me ha fascinado siempre, yo reconstruyo esa vida porque sé lo que es. Yo de niño venía al mercado San Miguel y al mercado central con mi padre, que era un comerciante y venía a hacer sus compras para surtir su tienda aquí. Era un microcosmos distinto de lo que es ahora el mercado Oriental, pero es la misma vida.

¿Se auxilia de otras referencias para construir la ciudad?

Sí, claro. De videos, de mapas. Para ubicar los lugares hago uso de los mapas de Google, de muchas fotografías. Porque una novela no tiene que ser absolutamente fiel a la realidad, pero como mis personajes hacen a medianoche este trayecto que va desde la iglesia El Calvario hasta salir al Gancho de Caminos donde está la gasolinera, yo tengo que saber por dónde caminan, más o menos la ruta que siguen. 

¿Qué puede decir en una novela negra que no puede hacer en otro género?

El atractivo que tiene la novela negra es que hay un misterio que averiguar, y el lector lo tiene que ir adivinando conmigo y yo voy administrando la información que le doy al lector. Depende de mí intrigarlo o no, depende de mí hacer que vaya creciendo su interés y hacer que crezca su grado de intriga hasta que llegamos al final. Es decir, que él no sepa por dónde lo voy llevando, ese es un desafío. Es una técnica, ir creando suspenso, ir abriendo nuevos caminos inesperados, creando sorpresas. 

¿Cuáles son sus influencias en este estilo?

La novela negra norteamericana que para mí es la clásica, la de los años 30, 40, con Raymond Chandler y Dashiell Hammett. Y hay una de estas novelas, “The big sleep” (El sueño eterno), que comienza precisamente con el secuestro de un millonario. Entonces ese es un homenaje a estos clásicos, comenzar la novela con el secuestro de la hija de un millonario. 

La novela del inspector Maigret de Georges Simenon, por ejemplo, tiene mucha enseñanza en cuanto a la inteligencia de la investigación, porque son novelas en las que el investigador descubre las cosas gracias a su propia mente, a su propia inteligencia. O las novelas de Agatha Christie, que la característica es que al final el investigador reúne a todos los sospechosos en una sala y allí describe quién es el culpable. 

¿Y a nivel latinoamericano?

Me gusta mucho (Leonardo) Padura, que ha creado este personaje del investigador en Cuba, el inspector Conde, también Elmer Mendoza en México, que tiene a este investigador absolutamente contaminado porque su escenario de investigaciones es nada menos que Sinaloa, la cuna del crimen organizado, del narcotráfico.

Ahora hablemos sobre su labor cultural. Usted dirige Centroamérica Cuenta, y creó la Fundación Luisa Mercado. ¿Qué lo motiva a acercar la literatura a los jóvenes?

Yo creo que la literatura es un valor esencial en la cultura del país. Yo nunca he visto la literatura como un adorno, o como una cola que se puede cortar y uno puede seguir por la vida sin esa cola. Yo creo que la identidad de un país y su riqueza no existen sin la creación cultural. Este es un país donde, realmente, se respeta a los escritores, hay un respeto implícito al que escribe, entonces claro, una literatura colectiva se hace de manera anónima, pero una literatura individual se hace con nombres y apellidos, hay que ayudar a promoverlas. 

Y me parece que hay muchísimos jóvenes de talento en el país, sobre todo ahora en la narrativa que me parece que empiezan a surgir. A mí me interesa mucho la continuidad de la literatura. 

Ahora hay más inclinación hacia la narrativa que hacia la poesía, contrario a lo que le sucedió a usted cuando joven, ¿cierto?

Sí. Creo que se ha multiplicado el número de narradores. Yo lo veo con mis dos talleres que doy al año. Recibimos más de 100 solicitudes por taller y tenemos que seleccionar a 20 nada más. Y son muchachos muy talentosos, despiertos, saben de qué se trata y eso me parece que es un buenísimo semillero. 

Pero hay que crear no solo escritores, sino también lectores. Nosotros, ahora en Centroamérica Cuenta lo que queremos es crear un público lector, y para eso estamos ahora trabajando en clubes de lectura con las librerías. Pero un sistema de lectura nacional se completa por medio no solo de los libros que se venden en las librerías, que son caros, sino de las bibliotecas públicas. Primero que existan bibliotecas públicas que estén al día y segundo que se fomente la costumbre de ir.  

Usted también tiene una biblioteca en la Fundación Luisa Mercado...

Esa biblioteca está destinada un día a tener todos mis libros, y yo he pasado ya una parte de mis libros allí. Con esos libros míos y otras donaciones que hemos recibido, puede ser que haya como 8 mil libros. Yo diría que es la biblioteca literaria más grande que hay en el país. Y tenemos una buena experiencia porque los estudiantes llegan a consultar los libros, y nosotros le prestamos los libros a la gente del pueblo y los pueblos vecinos, y se los llevan para su casa. 

¿Qué viene después de un Cervantes, aspira a otro reconocimiento?

(Se ríe) No, yo aspiro a seguir escribiendo. Un premio Cervantes, que lo llaman el Nobel Hispanoamericano, puede inducir a alguien a creer: bueno, este ya a la edad que tiene, que se siente ya a disfrutar de sus laureles. ¡Al contrario! Yo creo que este es un incentivo para seguir escribiendo, porque no hay plazo en la literatura, no hay tercera edad ni hay retiro. No hay escritores pensionados. ¿Qué me voy a dedicar a hacer, si no es a escribir?

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