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Es el año 1947. Los niños que un día supieron de la bomba atómica a través de la radio volvieron a la escuela. Ante el horror, los pequeños se refugian. En la Ciudad de México, un niño de la Colonia Roma, José Emilio Pacheco, cursa el segundo año de primaria y aprende a hablar y a escribir correctamente recitando fragmentos de Platero y yo (1914), libro que fue ampliado en 1917. 

Resulta difícil catalogar la obra poética de Juan Ramón Jiménez (1881 – 1959) dentro las corrientes literarias de la primera mitad del siglo XX. Sin embargo, en su primera poesía resaltan las enseñanzas del Modernismo y su líder Rubén Darío. 

Dueño de una intensa voz, Juan Ramón Jiménez renovó la lírica en lengua española y alumbró a la Generación del 27. Su poesía es una poesía «desnuda», desligada de la anécdota, y menos rígida en la métrica que la de sus maestros modernistas. 

En su última etapa, la del exilio en Estados Unidos, Jiménez elevó una voz mística, sobre todo en Romances de Coral Gables (1939-1942), Animal de fondo (1949) y Dios deseado y deseante (1957), en el que Dios no es ni padre ni redentor, sino un estado de conciencia mediante el cual el poeta alcanza la unión espiritual con todo lo existente. 

Pero es Platero y yo su obra más conocida del gran público. A través de su burro, evocamos el pueblo y el paisaje andaluz. Inevitablemente nos asalta nostalgia con la que la Generación del 98 percibió la empobrecida, aunque estoica, tierra española luego de perder los últimos bastiones en América, Guam y las Filipinas.  

1914 fue un año clave para la lengua española, idioma que, tristemente, no ha producido, como el inglés, grandes obras sobre animales. Pero nadie debe azorarse porque a la magnífica defensa de los animales que llevó a cabo en el siglo XX el caricaturista Walt Disney, de posible origen español, podemos vanagloriarnos de Platero y yo, «Los motivos del lobo», de Rubén Darío y, posteriormente, de la obra poética de José Emilio Pacheco, que otorgó a los animales una voz y una visión genuina. 

Uno de sus maestros fue Juan Ramón Jiménez quien, a través de sus conversaciones con Platero, nos brinda poéticas descripciones de las calles de Moguer. Pacheco también muestra a través de un pulpo, una mosca, una luciérnaga, un gato, una araña, ya no la melancolía de Jiménez, sino la terrible certeza del poder destructivo del hombre, asesino del y ciego a la belleza de la luciérnaga.

Platero y yo apareció el mismo año en que Rubén Darío publicó en Mundial Magazine «Los motivos del lobo»; sus protagonistas son San Francisco de Asís y el lobo que mantiene aterrorizada a la Umbría italiana, tal y como lo describe el santo en Las florecillas.

Tanto Jiménez como Darío se sensibilizan con el animal: Platero es un ser dinámico y a través de él, el poeta construye una elegía del paisaje andaluz y roza sus más íntimas emociones, mientras que Darío le otorga voz y razón al lobo en momentos en que Europa se despedazaba en la Gran Guerra. 

Ante su inmensa capacidad de destrucción, el lobo argumenta contra san Francisco y le deja ver que el animal no racional es dueño de mayor mansedumbre y tolerancia, pues está libre de odio, rencor y mentiras.  Como Darío a través del lobo, Jiménez se confiesa mediante Platero, y nos muestra la melancolía que siente por Moguer y su «acostumbrada nostalgia de Andalucía». 

Para 1905 su pueblo natal había caído en desgracia por la sequía del río que lo atravesaba debido a la explotación del cobre en las minas de Riotinto que contaminaron sus aguas. El comercio del vino y la pesca fueron afectados por el cecamiento del río. Le dice Jiménez a su querido amigo:

Mira, Platero, cómo han puesto el río entre las minas, el mal corazón y el padrastreo. Apenas si su agua roja recoge aquí y allá, esta tarde, entre el fango violeta y amarillo, el sol poniente; y por su cauce casi solo pueden ir barcas de juguete. ¡Qué pobreza!

Antes, los barcos grandes de los vinateros, laúdes, bergantines, faluchos—El Lobo, La joven Eloísa, el San Cayetano, que era de mi padre y que mandaba el pobre Quintero; La Estrella, de mi tío, que, mandaba Picón—, ponían sobre el cielo de San Juan la confusión alegre de sus mástiles—¡sus palos mayores, asombro de los niños!—; o iban a Málaga, a Cádiz, a Gibraltar, hundidos de tanta carga de vino... Entre ellos, las lanchas complicaban el oleaje con sus ojos, sus santos y sus nombres pintados de verde, de azul, de blanco, de amarillo, de carmín... Y los pescadores subían al pueblo sardinas, ostiones, anguilas, lenguados, cangrejos... El cobre de Riotinto lo ha envenenado todo. Y menos mal, Platero, que con el asco de los ricos comen los pobres la pesca miserable de hoy... Pero el falucho, el bergantín, el laúd, todos se perdieron.

¡Qué miseria! ¡Ya el Cristo no ve el aguaje alto en las mareas! Solo queda, leve hilo de sangre de un muerto, mendigo harapiento y seco, la exangüe corriente del río, color de hierro igual que este ocaso rojo sobre el que La Estrella, desarmada, negra y podrida, al cielo la quilla mellada, recorta como una espina de pescado su quemada mole, en donde juegan, cual en mi pobre corazón las ansias, los niños de los carabineros.

(«El río», XCV).

\Al decaimiento de la ciudad se sobrepone la ruina familiar, que le trajo profundas depresiones. Los lagares del negocio se vaciaron pues los barcos que navegaban el río ya no podían transportar los toneles, y de la antigua casa de la Calle Nueva solo quedó el recuerdo de antaño. 

A Juan Ramón Jiménez, como a Juan Rulfo, le duele la tierra. Y descuella sus más profundas angustias por la desolación de su pueblo mediante la prosa, el gran campo de experimentación modernista. 

La poesía, dijo José Emilio Pacheco, nace con el hombre desde el primer latir de su corazón. La prosa, en cambio, se erigió a través de los siglos y es la más alta manifestación de la razón humana.

Se ha dicho falsamente que los prosistas son poetas frustrados. Habría que preguntarle a Juan Ramón Jiménez por qué le tomó ocho años escribir unas escasas cien páginas en las que cada palabra tiene un alma propia. Platero y yo es un modelo de concisión y su llana estructura gramatical hace del poema un ejemplo de cómo escribir prosa. Quizás por eso hasta los años setenta, Platero y yo era utilizado en el pénsum de las escuelas secundarias como cartilla para aprender gramática. 

Muchas son las implicaciones poéticas y religiosas que a través de Platero, Juan Ramón Jiménez nos deja entrever. El poema está compuesto en viñetas cuya secuencia narrativa retrata la vida de Moguer, y la vida y muerte de Platero que transcurre de una primavera a la otra. En ese lapso asistimos a hermosas descripciones en donde la lírica se eleva gracias a las imágenes de las que el poeta se vale para dejarnos saber en qué consiste la poesía. 

¿Y qué es la poesía en Platero y yo? Las mariposas blancas que aparecen recurrentemente en el poema y que aluden a la pureza del asno, la sangre que brota de la patita de Platero o del ocaso «herido por sus propios cristales», los lirios, las rosas, los nardos, las malvas, las madreselvas, el naranjal, los jazmines, los trotes de Platero y los perfumes con que el poeta crea los pincelazos para erigir la imagen poética.  La poesía es también el contraste entre la ruina de Moguer y la belleza y alegría del asno. La estrecha relación entre el poeta y Platero es la gran novedad del poema, y eso hace que el libro alcance una dimensión profundamente espiritual.  

Pero hay algo insólito. En las novelas de caballería el que recorre las praderas, caballero andante al lomo, es siempre un hermoso caballo, como el de Amadís o el de Don Quijote, Rocinante, o incluso Bucéfalo de Alejandro Magno y Babieca del Cid Campeador, Rodrigo Díaz de Vivar. 

El caballo representa la hombría y el arrojo del caballero. Sin embargo, Juan Ramón Jiménez elige a un animal despreciado y maltratado por ser una bestia de carga, pero que para él es «pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría de algodón… es tierno y mimoso igual que un niño». El hermoso asno es para el poeta un animal de peluche en el que puede verter su amor, y no una bestia a la que se la da de patadas. Juan Ramón no rebaja a Platero a transportar pesados fardos sino hermosas mariposas, que vuelan como siquis en su doliente Moguer, y que personifican la bondad e inocencia de Platero 

El lobo de Darío y los animales de José Emilio Pacheco están dentro de la gran tradición de Platero, en que los animales son el medio para denunciar la maldad y poder de destrucción del hombre. Para Juan Ramón es su herido Moguer, contaminado por la avaricia del cobre; para Darío es la humanidad entera que gime en desgarradores vagidos por la sangre que corre en las trincheras; y para José Emilio es la destrucción del ecosistema que ha hecho imposible la convivencia del hombre con la naturaleza. Los tres se sensibilizan con los animales. 

Lamentablemente Platero y yo no forma parte hoy del pénsum escolar, ni de la conciencia de la mayoría de la humanidad. De serlo, quizás la masacre de sufrientes perros callejeros, o la caza indiscriminada de tiburones, la matanza de tigres y leones en África, o el holocausto de elefantes a fin de explotar el marfil de sus colmillos, disminuiría considerablemente. 

En 1956, gracias a las diligencias de Graciela Palau de Nemes, entonces jovencísima estudiante de literatura de la Universidad de Maryland, en la que Juan Ramón enseñaba, la Academia Sueca le concedió el Nobel al poeta de Moguer. Bastaron una candorosa y breve carta que la intrépida estudiante mandó a Estocolmo, junto con una traducción al sueco de algunos capítulos de Platero y yo y varios poemas, para que la Academia la escuchara. Hoy podemos leer en todos los idiomas, para honra y defensa de los animales, ese inicio memorable:

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Solo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. 

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: «¿Platero?», y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…

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