•   Masaya, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

A mi hijo Juan Carlos Rocha Valle

En la década de los 60 del siglo XX se produjo en Nicaragua un fenómeno nunca antes visto en el proceso de su poesía: empezaron a dejarse escuchar mujeres con auténticos visos de poetas; como el caso de Mariana Sansón, una sobreviviente dispersa del surrealismo provinciano, que ni siquiera sabía que era surrealista, jamás firmó manifiestos, no conoció a ninguno de los surrealistas pero se expresaba con la escritura automática. En épocas anteriores hubo mujeres acompañadas por orquestas que eran letristas de himnos y villancicos eclesiásticos, como Cándida Rosa Matus. Otras se quejaban melancólicamente y morían de una mezcla de mal de amor y tuberculosis; Josefa María Vega y Rosa Umaña Espinoza. Las maestras declamadoras, se esforzaban en las fiestas patrias o en las efemérides familiares, para que los párvulos recitaran de memoria y con olvidos o soltura poemas en las veladas escolares. A finales de los 20 se marchó a México María de la Selva, poeta con dones y hermana de Salomón de la Selva y allá  hizo fama de  poeta y periodista Aura Rostrand y aunque publicaba  casualmente en las revistas de Nicaragua, no tuvo incidencia en algunas mujeres que tenían quizás vocación poética, como Carmen Sobalvarro. Nunca regresó a Nicaragua.

Pero ya en los 60 irrumpió un grupo de muchachas resueltas, vitales, beligerantes, asistidas por la verdadera gracia poética y física. El poeta y columnista Luis Rocha las seleccionó y presentó con mucho entusiasmo en La Prensa Literaria (Managua, sábado 3 de septiembre de 1967). Ellas eran Michelle Najlis, Daizy  Zamora,  Ana Ilce Gómez (Masaya, 1945-2017). Vidaluz Meneses (fallecida hace un año, 2016),  María Elena Selva, Esperanza Ramírez y Olga María Cardenal Downing. Unas persistieron y otras dejaron apagar lentamente la llama que ya no se ve ni el pábulo en la oscurana. 

Pero poco después, ya en la transición de los 60 y los 70, se adhirieron, Ruby Arana, Ligia Guillén o Carla Rodríguez, Gioconda Belli  y Rosario Murillo, quienes ratificaron la poesía femenina en Nicaragua y aquella diversidad coral: con voces de madres que amamantaban, esposas y amantes, con un erotismo natural, fresco, espontáneos, naturaleza que se identificaba con la naturaleza; verano e invierno, flores de raíces indígenas, árboles, jóvenes ciudadanas liberadoras y combatientes. De entre todas ellas, Ana Ilce Gómez fue valorada desde su primer momento por los maestros y sus coetáneos como la más inteligente de las poetas y con una precocidad en el manejo  del instrumental expresivo, nada menos que por el irónico y cáustico Beltrán Morales. En 1983, Coronel Urtecho agregó al prólogo de Gioconda Belli, este  agudo paralelo: “Dos personas tan diferentes y hasta casi opuestas, pero insuperables. Mientras Ana Ilce, la intensa y contenida morena. Se diría que extrae, con  excruciante necesidad, de la médula de 
sus huesos, la deliciosa concreción poética de su más íntima  experiencia femenina. Gioconda Belli, como que exuda por todos sus poros la poesía vital, viva, carnal que llena toda  su humanidad y  que naturalmente brotas de su piel, como el sudor del cuerpo de una muchacha que corre desnuda en la costa del mar”.

En los 80 en la eclosión de la Revolución Popular Sandinista volvió a su patria, Claribel Alegría, de donde había partido muy niña a diversos países a causa de la Intervención Norteamericana y ya adulta se dedicó a labores de solidaridad y denuncia. Al encuentro de Nicaragua con Nicaragua, aparecieron Karla Sánchez, Blanca Castellón, Isolda Rodríguez, María Elena Corriols, Alejandra Sequeira, Isolda Hurtado, Gema Santamaría, Yaosca Tijerino, Jasmina Caballero, Marta Leonor González y nuevas poetas del caribe nicaragüense: Andira Watson.

Ana Ilce Gómez creció en un ambiente donde las artes y las artesanías de su padre, el profesor Sofonías Gómez y la atmósfera ancestral, semirrural y ritual y milenariamente litúrgica, mítica de Monimbó, despertaron su sensibilidad artística y social: se celebraban las cruces de enero, las de San Sebastián, las de marzo y las de mayo, adornadas de gruesas guirnaldas de flores: Rama lila, reseda, corozas, sacuanjoches, madroño. La muerte provocaba un festejo donde la comilona y los llantos, las velas y  letanías, embozaban al barrio como con un  rebozo o rachas de miedo con una fauna de personajes tétricos: A veces se escuchaban lejanas marimbas al atardecer. Los domingos de octubre en los torovenados se veían máscaras de madera. Solares lóbregos y ranchos de caña y palma. Su familia en la comunidad indígena pertenecía a la clase media. Tenía casa de cemento y techo con un paredón de fondo  en un predio grande. Ana Ilce empezó a escribir poemas desde muy niña, entre los 8 o 9 años, textos que ella ya adulta rompió entre risas. Era asidua lectora de una revista a la que estaba suscrito su abuelo, “El serafín de Asís”, distribuida por la orden de hermanos terciarios. 

Desde mi memoria infantil la recuerdo tímida, introvertida, modosa y pudorosa, vestida con el uniforme del colegio Santa Teresita, con faldas largas de paletones bien planchados,  gran moño de corbata de puntos azules, cabeza llena de risos y el sombrero de fieltro correspondiente que parecían capelinas de monjas. Se bachilleró en el Instituto “Manuel Coronel Matus” de Masaya, hoy  “Carlos Vega Bolaños”, laico y mixto, de donde salió a estudiar periodismo en Managua; en las tertulias y corrillos universitarios se hizo discípula de Juan Aburto, Roberto Cuadra y Jorge Eduardo Arellano. Desde el mismo instante que se declaró y asumió poeta fue asediada por admiradores y enamorados; acaso Julio Cabrales o Francisco Valle; como dice ella en uno de sus poemas “ahora das vuelta alrededor de mi cuerpo, / Ahora  estoy sola. / Muy lejos de donde tú, / en mi eterna búsqueda golpeas irrefrenablemente la puerta / gritando con toda tu alma ¡sé que estás ahí¡”.Julio Valle-Castillo

Juan Aburto la estimulaba con el anecdotario  nostálgico y bohemio de la vieja Managua: GEERRENE, Toño López, Emilio Quintana. Carlos Martínez Rivas antes de viajar como diplomático a España y Roma le dejó una nómina de lecturas para que se nutriera, Mario Cajina-Vega la llamaba “Nuestra Nefertitis chorotega”, acaso por cuelli larga, pómulos  tallados,  ojos medios rasgados y sus facciones finas y le facilitó una preciosa colección de libros de poesía egipcia, árabe, hindú, griega y latina. Publicaba con regularidad en La Prensa Literaria y en Novedades Cultural.

Conocedora de los poetas norteamericanos traducidos por Coronel Urtecho y Ernesto Cardenal y de los nicaragüenses, profesó especial identificación con Joaquín Pasos, autor de “Misterio indio”, del que ella era testigo desde su infancia, el dolor, la pobreza y la visión apocalíptica de “Canto de Guerra de las Cosas” la estremecían; y con la tristeza o desgarrón sentimental de Manolo Cuadra. También leyó con pasión Trilce, el libro del gran peruano, mestizo como ella, César Vallejo, que la marcaría para siempre. Con un dejo, con  un tono acongojado:

Tú me enseñaste muchas cosas
que todavía no he aprendido
y busco cada día entre tus líneas.

Me enseñaste a recordar pero no a olvidar
del todo que el otoño no trae consigo paz
ni hierbabuena sino tan solo un rumor despiadado
de hojas seca.

Como no le gustara el periodismo reporteril, entrevistador, cronista, trabajó en publicidad y en radio Güegüense con Salvador Cardenal. Fue directora de la Biblioteca Armando Joya, del Banco Central, y viajó a México y Perú en misiones bibliotecológicas y financieras. Un día de tantos le dio fuego a la mecha de su vela de virgen prudente para probarse virgen imprudente. Subvirtió su contexto y se reveló, se reconoció mujer y poeta con guitarra.  “Entre sueños” sacudió a un muchacho:

Muchacho,
Tienes ojos para mirar
Y no vez nada.
Ni aún lo temerario
Que puso Eva alrededor de mí.

Muchacho,
Tienes manos para tañer el arpa
O cuerpo hecho de mujer 
O rodillas de niña.
Pero tus manos 
Son dos alas que vuelan.

Muchacho,
Tu boca es un pozo
Y ahogada estoy.
¿Tendré perdido acaso
De paso un pie en el 
Paraíso?
Mi atadura es tu existencia 
Muchacho
Alma de cántaro
Que de tanto ir al agua
Se rompe en cien.
Ten cuidado
Porque corto es el
Tiempo y nadie sabe 
Si mañana,
Si  pasado mañana,
que la traicionada
Si nunca

Otra fue ya Ana Ilce. Pablo Antonio Cuadra escribió que Ana Ilce no hacía poemas, o que se hacía poemas, que “aquella galantería de Bécquer: poesía eres tú resultaba en Ana Ilce una afirmación no gentil sino estilísticas”.
En las antologías aparecidas desde 1971 hasta 2007 no dejó de estar presente en ninguna. Gracias a Fanor Téllez, quien copió de los sabatinos culturales sus poemas y me los remitió a México DF, yo tuve el privilegio de ser el primero en darla a conocer en el exterior, entregando una amplia antología en la revista universitaria Punto de partida, México, DF, núm, 34-35, noviembre-diciembre de 1974. Por ciertas temporadas, Ana Ilce se debatía estéril y desbocada, prisionera de la poesía en el cielo y el infierno; léase “Desátame”

Poesía.
sujétame de las riendas
bébeme de una sola vez
atrápame porque me puedo ir
y no tendré para contarte más nada
Abrázame como si fuera la primera
o la última vez
y prueba conmigo todos los venenos
del cielo y de la tierra
Estréchame contra la pared y dime
si has visto brillo más infinito
que el de mis ojos.
Regrésame de nuevo
Súbeme al paraíso
Desnúdame en tu infierno
Átame
Desátame.
 
Sin embargo, el poema para ella es una puerta por donde se cuelan

Adioses aguaceros testamentos
de amor rencores tiernos.

El poema puede ser un abismo
Un racimo de espadas
Una medusa amenazante en el fondo
de su mar
Solo hay que saber cuándo adueñarse
e esa luz
O quedar ciegos para siempre.

Varios fotógrafos nacionales e internacionales le hicieron sesiones de fotográficas y Samuel Barreto hasta le hizo un acertado retrato a tinta.  
Tuvo las agallas y la entereza de ser madre y padre; madre soltera… La maternidad la devolvió a su casa. Por entonces, Juan Aburto la llamaba “La solitaria Ana Ilce perdida en lo recóndito de la provincia de su Masaya natal y extraña ella a cenáculos y referencias, como un secreto ritual y asistida por el sentimiento fue construyendo el mundo de su poesía inmensamente dramática y humana, en una verdadera Ceremonia del silencio (1975). Su pequeño libro, largamente esperado y en mucho sobrecogedora, conforma una obra de alta singularidad en la poesía nueva de Nicaragua”.
Consciente de su feminidad se hizo todas las mujeres y .asumió la causa, la lucha por sus derechos y reivindicaciones. Soy –dice en un poema— la suma de todas ustedes / mujeres encerradas en la Biblia –adviértase el encierro en la prisión de la cultura judía— la suma de todas las que andan / sueltas por el mundo / haciéndolo más claro y más livianos / De todas ustedes vengo. De las Fuertes, de las vírgenes, de las grávidas / las que pagaron caro…
Acaso por eso escribió un “Aria”, que se cantaba muda así misma

No soy un ángel
que preside la vida
ni sabia
ni agorera.
Únicamente
soy una mujer
cálida
intensa
que en su más apartada
intimidad
cree tener voz
            y canta.

No obstante, fue capaz de enviar sus poemas por el mundo para que llamaran al pecho de los hombres,

Rebasen el vaso de los amantes.
Mañana si quieren olviden mi rostro de
                                                   náhualt 
desconozcan la arcilla más simple de mi 
                                                    nombre
Eso no tiene la menor importancia.
No moriré al morirme.

A pesar del tiempo que metafóricamente se le convertía en polvazales callejeros o vientos arrasadores de las playas del mar que llegaban a la puerta de su casa, se imaginó un romance en SORGONO. A pesar que pensaba en una vejez prematura donde ella amaba y el amado habían perdido su juventud para encorvarse con el tiempo; a pesar de su ya mencionada timidez y marginalidad, Ana Ilce era opositora al régimen somocista desde los 70, aunque no lideresa, carecía de temperamento para ello: se organizó en la ASTC (Asociación Sandinista de Trabajadores de la Cultura) de los años 80 y viajó a los entonces países socialistas y a la Unión Soviética en compañía de Juan Aburto y Carlos Alemán Ocampo y participó en las brigadas culturales en plena guerra en el norte y centro de Nicaragua. Entonces cantaba con el optimismo que no se le conocía antes  y de aquellas horas:
yo fui una chica de veinte años que
plácidamente soportaba el amor y el tiempo.

Ana Ilce fue una poeta del amor y el amor  la condujo  a  un erotismo discreto, más bien, íntimo, personal, siempre silencioso.

Desde lejanos tiempos el amor viene
                                  (conmigo,
está conmigo
palpando la ternura de cada costilla,
los tibios cuencos de mi ser
donde se esconde cada beso,
donde nacen los hijos,
donde se abren los gajos del dolor
                                  (humano y tímido.
Desde lejanos tiempos el amor viene
                                 (conmigo.

También es una poeta leal tanto a la vida, al amor como a la Muerte:

He de hacer en este mundo lo que está
destinado para mí:
           cantar
           abrazar a mis hijos
           pullguna piedra para hacerla
          valedera
          borrar si quiero lo que está destinado
          para mí.

Mártir con certeza y víctima del erotismo que no sabe amar, porque primero es el amor y después el erotismo. Pero, para ella, poeta del amor, la muerte era cierta, poeta del amor perdido y de la muerte prematura. Para ella, la muerte no era una mujer con el cráneo pelado y una corva guadaña entre las manos, si no, que la muerte era un hombre que galopa en las noches y se columpiaba en el insomnio. Pero  oraba “a nuestra señora de la muerte, la Calaca, la Calavera Nahual, la Quirina, la Catrina, Eros y Thanatos:

No dejes que el tiempo
cometa un crimen conmigo. 
No me niegues tu sombra
generosa y abierta en el momento
preciso.
permíteme descender
de la cruz del minuto y de la hora
del reloj pavoroso encerrado en mi esfera.
Que no me desbaraten la carne
los segundos o los siglos.
Que pueda entregarme intacta
a los gusanos
dadivosos hermanos.
Sean tu puntería y tu fecha certeras
en la hora de mi hora.

Cuando se encontraba con la muerte / caminando como si nada, / Se cruzaban  miradas puntiagudas. / Ella altanera, yo humildosa / le mostré mis rodillas canceradas, / mi sombra coja / Mi vestido de novias ya vestido… / Ella sonrió y me dijo / que ese era el aguinaldo de mi tuerce / que el de ella ya vendría”.
Igual al poeta Rafael Alberti trazó  ángeles de diferentes alas y momentos, como por ejemplo, el ángel de la expulsión, el ángel de la anunciación y otros ángeles. El ángel de la expulsión ya en las puertas del paraíso le suplicó que le confiara, que le dijera:

casi me suplicó que le dijera
qué sabor tenía
la manzana.

Ángel humano, Ana Ilce podría decirse, como enseña la teología, era así misma un ángel, un espíritu puro, al que descendía la otra Ana Ilce, etérea, celeste, que bajaba a anunciar, profetizar, vaticinar, presagiar en ella. Sin embargo, vivía descoyuntada por los pesares y el gozo de vivir, la tristura y la felicidad de vivir se sentía y decía feliz:

Yo di vida a este canto.
Y heme aquí reducida a polvo.
Desvencijada,
rota,
hambrienta.

Yo lo tuve dolorosamente,
le di vida y me a pésar de los pesares mata
como cuervo me saca los ojos.

Al final me llevará
a la piedra,
al sacrificio
donde he de soportar el hierro
que merezco.

Aguerrida por la fe de la poesía y del amor se sentía orgullosa y exclamaba:

Así cumplí con el amor.
Si se me llega la hora no sabré
si es mi llegada
o mi partida,
solo sé que sin treguas en la vida
pagué lo que el dios de fuego
me cobró.

Sin embargo, no hubo hombre ni caballeretes, racistas y clasistas a la vez, ni siquiera poetas coetáneos suyos ni mortales patanes, que le correspondieran su integridad, ella amó, pero no la amaron ni la respaldaran con hombría y la trataran pasajeramente o con desdén a la modesta, callada, tímida, ingenua y genial “indita de Masaya de Monimbó”; pero ella siguió engañada por “La diosa del amor”, la misma que le prometía:

“tan eterno como mi reino
Será tu corazón…”
Amante, no abras la puerta al alba.

Como una Odisea o Ulises femenina “Cuando oye la voz del amor”, exclama:

No. No quiero oír su voz.
Amarradme cuando cante
Porque su música
--oh, amigos,--
Es insidiosa como canto de sirenas
Y no me dice sino
Que después de él
Ya no he de tocar
Ningún otro Paraíso

Y cuando ve pasar o siente el deseo, la desesperanza o el desamor, describe a estos cínicos y furiosos pájaros

Del deseo. Ellos son  negros.
Ellos se mueven sin hacerles
La señal determinada.
Ud. Un día los ví venir con sigilo,
Con sorna,
Con prisa en sus oscuras patas.
Ahora los veo pasar
–¡Negros y eternos pájaros!—
Reconociéndome donde dormitaba
Y saludándome

Para las decepciones y traiciones que sufría, para la sombra o presencia siempre de la muerte, a Ana Ilce le bastaba el amor, el calor, la unidad familiar: padre, madre, la mesa donde dormitaba el abuelo, la mesa de la madre aplanchando con plancha de carbón, la mesa del padre dibujando o pintando y su mesa de escritora, le colmaban el pueblo o su mundo. Eran los pilares de su casa. La afianzaban, la fortalecían y ya no digamos sus hijos:

El mundo se apaga
Cuando mi niña duerme
Cuando despierta
La armonía se enciende.

Pero con su fuerza natural veía crecer a su hijo y a marcharse a poblar la tierra

Cada día que pasa
es menos de mí mi hijo que crece
y se va
como cuando yo crecí y me fui
de mi madre
volviéndola a la soledad inicial
a la de Adán
a la de Eva
en la lívida mañana del destierro.

La obra de Ana Ilce Gómez es una ópera parva, como las de Luis Alberto Cabrales, escribió y publicó lo necesario, poco, quizás, dos libros, “La Ceremonia del Silencio” (1975), poemas breves en su mayoría, cuya segunda edición fue aumentada 25 años después con “Diez poemas en prosas”, y sus “Poemas de lo Humano Cotidiano” (2004) ya fueron más extensos, poesía coloquial, con léxico refinado, casi siempre enumerativa, a veces esquemática, diáfana, sencilla, experimental, hasta se arriesgó a escribir la continuidad de “otro poema de los dones” de Jorge Luis Borge”. De repente, se paladea  sabor modernista “Malva y oro” de Juan Ramón Jiménez. Los diez poemas en prosa suyos son líricos. Pero  pertenecen a la aventura de la poesía moderna desde Baudelaire, Rimbaud, Julio Torrí, Gilberto Owen, Octavio Paz, Ernesto Mejía Sánchez y muchos otros; pegada a los rasgos del prosema los suyos son lacónicos; algunos intensos y otros agitan en su interior la corriente coherente y la anárquica de donde emana la dinámica del texto.
En un poema apunta:

“veo –dice— digo sin decir. En el reloj son las doce y tinieblas”.
Uno de los poemas donde la intensidad alcanza altos niveles es ella “La recién nacida”, o sea la madre recién muerta a quien “ya no podremos decir que hace frío y que tenemos miedo mucho miedo del ruido del viento de la noche honda que se alarga”. Léanse “Desierto de Luz”, “Aguamarga”, “Los signos del zodíaco”, “A manera de retrato de un poeta, poeta”, “Retrato último”, “Tintachina”, “Tortuga”, “Letra viva”.
Cuando menos se esperaba se asomó “El ángel del retorno”, o sea el Ángel de la muerte, como fantasma, y se sentó frente a su cama. La poeta lo reconoció:

Al pie de la cama teje
                      la tela de mis días
y lee con paciencia el libro de mis horas
recordándome –ángel inevitable
del retorno—
que en inicios y giros sin medida
he de volver a ser estrella de mar
fémur de lejana pantera
mansa y delicada célula
en el más pequeño
círculo
del tiempo.

Ana Ilce apostó a no morir, su poesía le otorgó la perennidad. Pocos días antes de fallecer tuve sus manos entre las mías y me dijo: “Pipito lindo, estoy sumamente débil”; a lo que le respondí: “Esa ha sido tu fortaleza, tu fuerza”.
Sergio J Cabrera Fajardo, clandestino poeta nicaragüense, me comentó mientras la contemplábamos en su ataúd: “Julio, Ana Ilce está más viva que muerta”; y en verdad la paz interior, la sonrisa insinuada, la dulzura, las alas plegadas a punto de desplegarse, nos confirmaban que no había muerto, que la muerte, hombre o mujer, había sido derrotada. Non omnian moriar…

Subiremos amor a la alta cima,
no donde aquel indio triste
tocaba con su flauta
            dulces sones a su amada.
Sino a la tierra de los grandes cielos,
bajo el sol brillante donde florecen
           las siemprevivas del amo,
donde la vida corre
           y choca contra el tiempo parado,
donde la tristeza es un juego olvidado,
donde comienza Dios.

Masaya, 2 de noviembre de 2017.