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El día inicia su marcha con pasos lentos. No hay prisa. Una taza de café es el ritual de cada mañana que en medio de ese frío de enero saluda la vida. Dos siluetas se dibujan entre los recuerdos; recuerdos de ayer, recuerdos de hoy, recuerdos de siempre. Ya hace ochenta años iniciaron su travesía por este mundo que los acogió con júbilo mariano y los cubrió de valentía sin pensar siquiera que hoy estarían juntos celebrando estos ochenta años. Él, esparciendo consejos y lecciones de vida, nos ha dado a quienes hemos estado a su lado, cada y todos los días, un gran ejemplo permanente de rectitud, sabiduría y mucha alegría. Ella, ha regado nuestro camino con ferviente amor en silencio -tranquila y callada- tratando de quitar las piedras que habremos de encontrar a nuestro paso nosotros, sus hijos, deseando evitar que nos tropecemos con el mal sabor de vida. Estos ochenta años son la más tácita esencia del amor de Dios, ejemplo de vida y una expresión de devoción.  Y yo, acá, en silencio y en total soledad, a unos tantos kilómetros de distancia y unida en amor a ellos dos, en medio de mi más férrea torpeza humana, he tratado de respetar todo lo que estos dos grandes seres humanos me han inculcado.

Pero de pronto, el camino se tuerce y se oscurece el día abruptamente sin ni siquiera haber terminado. De pronto, cerré los ojos ante la caridad y la misericordia. De pronto, olvidé amar y recibí, a cambio, atenciones y cariño. La sangre llama, la fe arraiga y yo en esta mañana de enero, les pido perdón a Dios y a mi familia por no saber amar, por permitir que la ira, la soberbia y el egoísmo me embriagaran y hacerles pasar muy malos momentos. 

Porque a pesar de ser traductora, periodista y maestra, entre tantas cosas, algunas veces se me ha olvidado ser buena hija, buena tía, buena hermana, buena cuñada y buena amiga. Se me olvidó ser hija de Dios. Me dejé arrastrar tristemente por la intolerancia y la incomprensión.  

De pronto, se me olvidó agradecerle a Dios por amarme y se me esfumó entre el silencio de las mañanas de invierno y tardes de verano la dicha que he sentido al saberme amada y apoyada tantas y tantas veces. Hoy debo alzar mis manos para pedirle perdón a Dios y agradecerle por la vida y mi familia… y al final de esta confesión de amor, tan solo deseo pedir un abrazo a quienes hoy imploro perdón y así renacer en estos ochenta años de vida de mis padres todos juntos con ellos a la cabeza. ¡Gracias familia mía y feliz cumpleaños papá y mamá! 
 

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