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En su libro Sin páginas amarillas/ Crítica reunida (Managua, Ediciones Nacionales, 1975), Beltrán Morales (1945-1986) decidió dejar en blanco —en señal de manifiesto desdén— la novela El Comandante (1969) de Fernando Silva (1927-2016). Con ello daba a entender su radical desacuerdo con los valores que le atribuían a esa muy promovida obra. Pero no fue la primera vez que el vitriólico Beltrán cuestionaba la narrativa del ahora denominado errática e hiperbólicamente “el más poeta de los nicaragüenses y el más nicaragüense de los poetas”, a cuya memoria se le consagra este año la edición décimo cuarta del Festival Internacional de Poesía de Granada. 

En efecto, Beltrán publicó la reseña crítica “Alrededor de los cuentos de Silva” (La Prensa Literaria del 22 de junio de 1965) que excluiría de Sin páginas amarillas. A continuación, lo rescato por constituir un ejemplo de la prosa veinteañera de su autor y contribuir al estudio del gran narrador y de su primera obra: De tierra y agua (1965). JEA.

¿Fulano mejor que mengano?

SI YO comenzara este artículo afirmando que los cuentos de Silva son los cuentos de un hombre experto en cocina vegetariana, tendría, lógicamente, que demostrarlo. Si el señor Roberto Cuadra afirma que Silva es el mejor cuentista de Nicaragua (Novedades Cultural, 13 de junio, 1965) tiene que demostrarlo. Pero no lo hace. Muestra, sí, una fértil torpeza en su exposición. Hace gala de un gratuito macartismo literario aludiendo a “los escritores comunistas o comunistoides”. Y trata mal, pero muy mal, y con visible falta de respeto, a don Adolfo Calero-Orozco y a Sergio Ramírez. 

No es esa la mejor manera de hacer crítica literaria. Y como no estamos en una competencia de motocicletas, poco importa saber si fulano es mejor que mengano. En otras palabras, a mí, como lector anónimo, me tiene sin cuidado averiguar si Silva es el mejor o el peor de los cuentistas de Nicaragua. Se trata de analizar su obra objetivamente, de comentarla con probidad intelectual. Cosa que el joven Iván Uriarte (La Prensa, 20 de junio, 1965) casi logra en una carta a Pablo Antonio Cuadra. 

El folclor elevado a categoría de espíritu

Uno de los vicios del mundo moderno —dice Nicanor Parra— es la exaltación del folclor a categoría de espíritu. Tal es el caso de Silva. No obstante de que “su firma en un cuento es un aseguro de calidad y gracia”, insisto en un defecto que se ha señalado como virtud: su enorme limitación lingüística. Expresiones como “apéllese diay”, “vella que cosa”, “la quiso juerciar”, son lamentables, por más que reflejen el habla nicaragüense y por más que salten gozosos los adeptos de la popularísima cultura proletaria. “Pues bien, el muchacho mentado para no molestarme se me acurrucó él entre las canillas a mí”. En esta graciosa oración, sobra un artículo (el) y un pronombre (mí). Los grandes escritores, claro está, nunca se han preocupado por la gramática; sin llegar a creer, como me dijo F. V., que Silva es la prosa nicaragüense, lo que Gabriel y Galán a la poesía española.

En Silva hay desmesura y abuso. Lo nicaragüense no es solo el habla. Está la tierra, el espíritu de sus hombres. A este respecto, en Nicaragua conozco nada más un ejemplo de lo que debe ser un cuento vernáculo elaborado sin los trucos del vernaculismo. Concretamente me refiero a “Agosto” de Pablo Antonio Cuadra. Esto, en definitiva, es hacer arte. Lo demás es folclor.

Prosa atropellada

Volviendo con Silva: muchas veces su prosa es atropellada y sin flexibilidad alguna, como en “El aruño”. En otras ocasiones hay aciertos, pero de orden poético. (“El sol estaba bien caliente y el llano parecía un vidrio como reflejaba”). En cuanto a sus personajes, son débiles y pálidamente caracterizados. Podría afirmarse que sus protagonistas —fuera de perros, perras, chanchos, viejos chanchos, lagartos, etcétera— son el paisaje y la lengua. Un cabo, un sargento y dos comandantes que aparecen, son bellísimas personas. No culatean a la gente ni nada de esas cosas feas que diz que la Guardia hace. (A propósito: no en “Orientación popular”, sino en “Fin de semana” de La Prensa he leído sobre la desnutrición, falta de techo y promiscuidad en que vive el campesino nicaragüense. No podemos menos que admirar, pues, la visión idílica y soñadora que el poeta Silva tiene del campo, y agradecer la comunicación que de ella hace a nosotros, sus atentos lectores. A nosotros, que tanto nos gusta la poesía bucólica.)

“Francisco”: pieza excepcionalmente buena

Para terminar, apuntaré algunos cuentos que me han parecido acertados. En “El pollo de los tres” flota un humor y una picardía muy nicaragüense, en contraposición al humor chusco e idiota de “Don Chilo”, “El hombre del sombrerote”, está lleno de cierto misterio que no logro aún descifrar; tiene un gran encanto, logrado, quizás, a través de la parsimonia del Comandante y del sombrero del hombre, que se viene a convertir en el inquietante elemento (no en sentido detectivesco) que antes apuntaba. Y para cerrar con broche de oro, está “Francisco”. Dentro de la cuentística de Silva (y también dentro de la nacional) “Francisco” es una pieza excepcionalmente buena. Aquí el lenguaje está depurado. La trama no es esquemática y el lector sufre a la par del protagonista. El detalle del guardia enfermo (“el pobre guardia enfermo”) es francamente magistral y de gran hondura humana. Para mí, este cuento es el mejor de la cosecha. Quizá este es el camino que Silva debería seguir. Unos cuentos que sean más cuentos y menos “maravillosa limitación”, gracia y salero.