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El proceso histórico-cultural de Nicaragua, desde finales del siglo XVIII  hasta 1928, se estudia y ejemplifica —con breves textos representativos— en la nueva investigación paradigmática de Jorge Eduardo Arellano. Titulada “Literatura nicaragüense: siglo XIX e inicios del XX” (Managua, JEA-Editor, noviembre, 2017. 298 p.), la conforman tres extensos capítulos, un prologuillo y un índice de autores nacionales de la época más citados. También incluye más de veinte ilustraciones, figurando entre ellas, portadas de libros, como el primer impreso en el país (León, imprenta de la Junta de Instrucción Pública, 1838) y la antología “Lira nicaragüense” (Chinandega, imprenta de El Progreso, 1878). 

Independencia y república

El capítulo inicial (“Independencia y República”) contiene amplia información biobibliográfica sobre grandes intelectuales, entre ellos, Rafael Agustín Ayesta, Francisco Ayerdi, Tomás Ruiz y Miguel Larreynaga (vinculados al Colegio-Seminario San Ramón y a la segunda Universidad de León, la segunda establecida en Centroamérica). Se detallan los inicios del periodismo (analizando, por ejemplo, el contenido ideológico del semanario granadino “Mentor nicaragüense”: 1841-42); se reproducen poemas ocasionales y canciones patrióticas antifilibusteras; y se valora a los principales aficionados de las musas (Francisco Zamora, Juan Iribarren, Carmen Díaz, Antonino Aragón y Francisco Díaz Zapata). 

Al mismo tiempo, Arellano otorga su justo lugar a escritores políticos (Rosalío Cortés y José Benito Rosales), a oradores sagrados (Agustín Vijil y Rafael Jerez), juristas notables (Jesús de la Rocha y Buenaventura Selva) y al sabio enciclopédico de su época Gregorio Juárez (1800-1879). No falta el detallado registro de las primeras instituciones culturales (ateneos, institutos, tertulias, etc., sin olvidarse de la Biblioteca Nacional fundada en 1882) y actividades literarias (grupos, revistas, etc.). Entre las últimas, figuran “El Ensayo”, “El Álbum”, “El Ateneo” y, entre otras, la “Revista Literaria Científica y de Conocimientos Útiles”. Tampoco prescinde del examen de las ideas predominantes, tributarias de pensadores europeos como Carlos Marx, Luis Veuillot, el vizconde de Cormeni (1788-1868), cuya obra “De los oradores” se editó hasta 1845 18 veces, incluyendo traducciones al español.

Finales del siglo XIX

El siguiente capítulo (“Finales del siglo XIX”) se dedica a los fundadores de nuestra historiografía (Pedro Francisco de la Rocha, Jerónimo Pérez, Tomás y Alfonso Ayón, José Dolores Gámez, Francisco Ortega Arancibia), a la influencia mental de España, a Gustavo Guzmán y sus seis novelas europeístas, impresas de 1881 a 1887 en París o Madrid; a las coronas fúnebres y a prosistas señeros (Carlos Selva, Enrique Guzmán, Anselmo H. Rivas, Rigoberto Cabezas y Pedro Ortiz).

En ese mismo capítulo, se destacan los primeros diarios, los periódicos católicos y los vinculados a ideales obreros; las brillantes e intransigentes polémicas, incluyendo una sobre las novelas de la época en el semanario “El Termómetro de Rivas”  en 1879; los estudiosos del idioma castellano (sobre todo a Mariano Barreto, elogiado por Unamuno), los poetas coetáneos, románticos y modernistas, de Darío y al propio vate durante su etapa formativa en León y Managua. Por algo es el autor más citado (85 veces). 

Enrique Guzmán y la doctrina Monroe

Otro autor bastante citado (42 veces) es Enrique Guzmán (1843-1911), el primer nicaragüense electo en 1891 socio correspondiente de la Real Academia Española y de quien Jorge Eduardo transcribe un fragmento de su artículo cuestionando la doctrina Monroe a raíz de la ocupación militar inglesa del Puerto de Corinto en 1895.

Combatiendo a sus defensores, o doctrinistas —como los llamaba—, Guzmán aclaró: “Los Estados Unidos miran por su negocio y nada más; y puede asegurarse que cada vez que la doctrina de Monroe ha tenido práctica aplicación solo ha servido para entorpecer el progreso de los pueblos hispanoamericanos. Pruébanlo Santo Domingo, México y el Perú. La doctrina de Monroe —no temo decirlo— es el mejor sustentáculo que tiene la barbarie en América”. Y añadía:

“Importa saber que en la tierra de Monroe, americanos significa nativos de los Estados Unidos; los que moramos de este lado del Río Grande, somos espaniers (españoles) y los brasileños son portugueses: a unos y a otros nos apodan con el bonito nombre de greasers (pronúnciase grisers) que vale tanto como mantecosos”.

Inicios del siglo XX

No menos interesante es el último capítulo (“Inicios del siglo XX”) que arranca con el régimen liberal de José Santos Zelaya (1893-1909) y su hegemonía ideológica. La vida intelectual a lo largo de casi tres décadas del siglo pasado se puntualiza a través de revistas, como “La Patria” (1895-1922) y “La Torre de Marfil” (1908-09 y 1918), el principal órgano del modernismo en Centroamérica y que tuvo la prioridad cronológica de traducir al español el manifiesto futurista de Marinetti antes que en España lo hiciera Ramón Gómez de la Serna.

Desde luego, Arellano nos da a conocer detalladamente las propuestas estéticas, los juegos florales en León y Managua, las promociones de poetas en las anteriores ciudades y en Masaya, las campañas antintervencionistas de los diarios La Tribuna y La Prensa, más las proyecciones de escritores nicaragüenses en el extranjero. En concreto, la experiencia de Solón Argüello (1879-1913) en la ciudad mexicana de Tepic y en la propia capital azteca, donde fue fusilado por ser partidario de Francisco Madero; y las de Leonardo Montalván (1887-1946) en México y Costa Rica. Arellano, además, revalora el vanguardismo fundacional de Salomón de la Selva (1893-1959) en Estados Unidos y México; mejor dicho, sus poemarios “Tropical town and other poems” (1918) y “El soldado desconocido” (1922).

Rescate de letrados y hechos significativos

Habría que tomar muy en cuenta el justo rescate que realiza el autor de grandes letrados decimonónicos fallecidos en el siglo XX, como Fabio Carnevalini (1836-1916), Modesto Barrios (1849-1920), Félix Quiñones (1855-1923), Francisco Paniagua Prado (1861-1932), Ramón Mayorga Rivas (1862-1925), Manuel Coronel Matus (1864-1910) y Remigio Casco (1869-1909). Al mismo tiempo, destaca hechos culturales significativos como el primer grupo literario fundado en Granada por Faustino Arellano (1837-1905) en 1862; las ideas estéticas de Tomás Ayón, las Prosas de combate de Mariano Barreto (1856-1927) contra el liberalismo malentendido, el conservatismo yanquista y el clericalismo; la propuesta “Nacionalización del Arte” de Justo Pastor de la Rocha en 1907; las lecturas de los artesanos leoneses “para que el imperialismo de un lado y otro del Atlántico no domine a la raza de tronco hispánico”; el libro de Juan Bautista Prado, Laurel solariego, donde se compilaron los discursos laudatorios y las crónicas sobre el retorno triunfal y temporal de Rubén Darío a su patria; y la “Antología universal” (Managua, tipografía Renacimiento, 1920) del modernista nicaragüense, en la que incluían poetas de 21 franceses, 13 ingleses, 7 alemanes, 5 italianos, 3 estadounidenses (Longfellow, Poe, Whitman), más las de 16 españoles, 9 mexicanos, 6 hondureños, otros 6 salvadoreños, 3 costarricenses, otros 3 panameños, además las de otros 29 entre antillanos, argentinos, bolivianos, chilenos, peruanos, uruguayos y venezolanos. Los nicaragüenses eran 5: el infaltable Darío y sus paisanos Santiago Argüello, Manuel Maldonado, Ramón Sáenz Morales y José T. Olivares. 

Conclusión

Con la fundación de la Academia Nicaragüense de la Lengua en 1928 terminan estas páginas, elaboradas con criterio filológico y categorías filosóficas. “En ellas —señala Manuel Fernández Vílchez—, Jorge Eduardo Arellano, historiador social con dilatada experiencia, aporta una fuente válida para conocer cómo se pensaban los nicaragüenses en el período de la formación de la República”.