•   Managua, Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Una marcha fundacional se inscribe en la historia del mundo: la primera huelga feminista en España (8 de marzo). Más de seis millones de mujeres (y hombres) hablando sobre brecha salarial, techo de cristal, acoso sexual y trabas a la conciliación. Muy lejos ha quedado Olympe de Gauges, quien dedicó su declaración de derechos de la mujer a la reina María Antonieta y compartió con ella la guillotina. ¡No hay guillotina para tanta gente! 

Y es que el feminismo ni nace ni termina con la Revolución francesa. En el sentido más amplio del término, el feminismo ha existido siempre que las mujeres individual o colectivamente se han quejado de su destino bajo el patriarcado y han reivindicado una vida mejor. En este sentido, algún día afirmé que “Sara” (2015), novela de Sergio Ramírez, es feminista (END 21-06-15). Su autor no necesitó incursionar en la teoría de género, bastó que existiera Sara, como personaje del Premio Cervantes. Y que ella se quejara de su destino patriarcal, con una voz consiente de su discriminación. Y es que el problema de la desigualdad entre hombres y mujeres puede rastrearse en la Biblia. 

Los intentos teóricos 

El feminismo en una forma más específica, describe diferentes momentos a través de la historia en los que las mujeres se han organizado y han logrado articular, tanto en teoría como en la práctica, un conjunto coherente de derechos y reivindicaciones. El pensamiento de igualdad entre los sexos se produjo con la ilustración sofista, aunque lo que ha sobrevivido mejor es la reacción patriarcal que lo generó: “las chanzas bifrontes de Aristófanes, la Política de Aristófanes, la recogida de Platón” (véase “El feminismo a través de la historia”, de Ana de Miguel). 

Desde este punto de partida, la historia occidental construyó un discurso que afirmaba la inferioridad de la mujer con respecto al hombre. Un discurso que divide la especie humana en dos cuerpos, dos razones, dos leyes, dos morales; y también divide a los animales y las cosas.  Por cierto, en la inmensa ensoñación de palabras se revela el poder del masculino y el femenino, en los nombres dados a todos los seres inanimados. Bachelard define a la poesía como un juego de niñas: “El poeta, con cada palabra bien nombrada, crea inmensas olas de feminidad”.    

Muchos intentos teóricos existieron antes de la revolución francesa, el más efectivo fue el preciosismo del siglo XVII. (A propósito, Darío se inspiró en las preciosas cuando declaró preferir la aristocracia del espíritu a la de sangre). El texto de Poulain de la Barre titulado “Sobre la igualdad de los sexos” (1673) es la primera obra feminista que se centra en la demanda de igualdad.

La modernidad 

El feminismo supone la efectiva radicalización del proyecto igualitario ilustrado: “La razón ilustrada, razón fundamentalmente crítica, posee la capacidad de volver sobre sí misma y detectar sus propias contradicciones” (Celia Amorós). Así la utilizaron las mujeres en la revolución francesa, porque mientras el Estado pregonaba la igualdad universal, dejaba sin derechos civiles y políticos a las demás mujeres, repartiendo guillotina o exilio. La “falta” de la mujer era a las leyes de la naturaleza, abjurando su destino de madres y esposas, queriendo ser “hombres de Estado”. (A María Cristina Zapata, poeta, novelista y primera sufragista en Nicaragua, se le acusaba de escribir y comportarse como hombre.) El código civil napoleónico se encargaría de plasmar esta “ley natural”. Un código que sigue influenciando nuestro presente. 

A finales del siglo XX, un mensaje reaccionario y conservador que rezaba “la igualdad está ya conseguida” había calado en las nuevas generaciones para las cuales todo tipo de feminismo era un anacronismo que empobrecía la vida de la mujer. Un intento fallido. La reivindicación se dio en el lenguaje. Feminicidio es una palabra de inclusión reciente, el asesinato de una mujer a razón de su sexo. 

Feminismo del siglo XXI

A diferencia del siglo XX, la mujer ya no pretende ser igual al hombre, sino que plantea que por su condición (de madre), posee ciertos valores llamados “ética de los cuidados” (cuidados de los demás y uno mismo). Que se traduce como una priorización del bienestar de las personas frente a las necesidades del mercado. 

A propósito de la novela de Gioconda Belli, “El país de las mujeres” (2010). En donde el Partido de la Izquierda Erótica (PIE) decide tomar el poder. El nuevo mandato social de las mujeres es feminizar la política y el mundo. Según Justa Montero, “La solución parece clara, aunque no fácil, se trata de aprovechar las potencialidades positivas de unos valores y combatir las negativas”. Como en el libro de Belli. 

A pesar de los problemas que esto presenta: otros intereses de clase, sexo, etnia, edad, permean el de género; o que con ello se corra el riesgo de reafirmar una dicotomía heterosexual patriarcal, que se cimenta en los roles de género. No es una mala idea activar procesos que cambien la hegemonía cultural. Pero si vamos a tomar el riesgo de adjudicar metafóricamente esos valores a la mujer  (cromosoma XX), hay que recordar que los hombres (XY) poseen también ese lado femenino (X). Es decir, no debemos cargar a las mujeres con esa tarea, feminizar al mundo nos corresponde a todos.