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Doña Agustina Urtecho, viuda de Martínez (Granada, 22 de mayo, 1880-Managua, 12 de diciembre, 1971) desempeñó un rol de intelectual católica, ya olvidado. Primogénita del matrimonio de los granadinos Juan Ignacio Urtecho Cabistán (1844-1923) y Magdalena Avilés —sobrina predilecta de la esposa del general Fruto Chamorro (1804-1855)— dirigió la revista mensual “Azul y Blanca” (1939-1941), órgano de la Acción Católica de Granada. En sus páginas difundía colaboraciones literarias de prestigiadas firmas, como las de Ángel Martínez Baigorri (1889-1971), José Coronel Urtecho (1906-1994) y Pablo Antonio Cuadra (1912-2002).

Coronel Urtecho, su sobrino, le consagró las siguientes líneas en un ensayo magistral: “El americanismo en la casa de mi abuela” (“Revista Conservadora, núm. 23, agosto, 1962”): “Todas sus cinco hijas eran bellas e inteligentes, cada una de ellas con una personalidad inconfundible, con una gracia enteramente suya y sobre todo con una brillantez de lo más española. A la mayor la envió mi abuelo desde muy niña a un convento de monjas en Nueva York y de ahí, cuando mi tía era casi una señorita, a terminar sus estudios en otro convento de las mismas monjas en París”. 

Y continúa: “si su objeto era americanizarla primero en los Estados Unidos y darle enseguida un barniz de cultura europea, se equivocó en los medios, porque el colegio de Nueva York era, además de convento de monjas, de monjas europeas, y por lo mismo, la mayor de mis tías ha sido una señora intelectual, escritora y conferencista, consagrada en su madurez al magisterio, pero siempre una dama de cultura europea tradicional, católica y latina, refractaria a todo exhibicionismo, siempre discreta, modesta, sencilla, siempre un poco perpleja en el revuelto ambiente nuestro, y no poco desconcertada ante las tendencias modernas de la vida norteamericana, que considera, creo, libertinas y bárbaras.”

Recepción a su regreso

Por su lado, Enrique Guzmán Bermúdez —compañero de juegos infantiles de Agustina— la recordaría como adorno de la sociedad granadina. De color blanco, cabello negro y ojos azules, “semejaba el tipo de la mujer irlandesa y esas prendas personales la hacían sumamente atrayente e interesante. A su regreso de Europa, sus padres le ofrecieron una gran recepción, en la que ella lució sus gracias, bailando danzas que por primera vez se veían en nuestros salones y ejecutaba el piano con maestría” (RCPC, núm. 88, enero, 1968).

Esposa abnegada hasta el sacrificio

Y prosigue Guzmán Bermúdez: “Al presentarse como pretendiente de Agustina el caballero don Ernesto Martínez, el padre defendió el tesoro como un avaro guarda su dinero. Pero triunfó el amor, y fueron felices en su matrimonio. Ya casada supo ocupar el puesto que le correspondía en la sociedad, y como esposa fue abnegada hasta el sacrificio, cuando su compañero sufrió un revés en su fortuna, del que se repuso a los pocos años, llegando a escalar el puesto de ministro de Hacienda en el gobierno del general José Santos Zelaya.Entonces Agustina, en tan elevada altura, lució las galas de su belleza, de su cultura y porte señorial, tomando parte en las ceremonias oficiales con soltura y dignidad protocolarias”. 

Catolicidad y beneficencia

“Desplegó también sus bellas prendas morales, tomando parte en todo movimiento de orientación religiosa, de acción católica o de beneficencia pública. Como tenía propiedad de voz, resolución para dirigirse a los demás y acopio de conocimientos, era frecuente verla tomar la palabra en reuniones o congresos eucarísticos, asociaciones religiosas, o en cualquier acto de carácter benéfico o de interés social”.

Influencia en su nieto E.C.M.

Abuela materna de Ernesto Cardenal, Agustina debió influir en la vocación sacerdotal de su nieto. Así lo afirma Pablo Antonio Cuadra en el obituario que le dedicara a la culta dama granadina (“Escrito a máquina…”, La Prensa, 19 de diciembre, 1971). El mismo Ernesto, tras su ingreso a la Trapa benedictina de Gethsemany, Kentucky, le escribió los detalles de esa experiencia. En realidad, tuvo en ella ––a quien familiarmente se le llamaba Mimí–– una magnífica interlocutora, como lo demuestra la correspondencia Ernesto / Agustina y viceversa (1944-1960), conservada entre los papeles cardenalianos adquiridos en mayo de 2016 por la Universidad de Texas (Austin). 

Exégeta de la enseñanza laica

Entre sus ensayos, el único consultable se titula: “La enseñanza laica” (Revista Conservadora, núm. 3, octubre, 1960): un cuestionamiento de la misma. “Triste experiencia tenemos en nuestra patria con el pavoroso aumento de la criminalidad, resultado de largos años de laicismo […] A esos hombres les falta la enseñanza de la moral religiosa. La escuela laica es la escuela sin Dios. Es la moral sin Dios —argumentaba—, aprende el niño a sustituir el deber por el antojo, la razón por el instinto y el fin último por el placer pasajero […]. El catecismo es el libro que encierra más sabiduría en menos páginas. Es como una flor exquisita que contiene la esencia de toda esa selva de divina inspiración que es la Biblia”.

Tata Faustino

Yo conocí a doña Agustina Urtecho de Martínez en casa de su hija Esmeralda. Me reconoció como bisnieto del primo hermano de su padre: Tata Faustino [Arellano Cabistán], como le llamaba con aún no abolido afecto. Pero no observé el azul de sus ojos. Ya estaba ciega.