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Cosa difícil es hacer todo al mismo tiempo. Sin embargo, a riesgo de dispersarse y no hacer nada bien, Jorge Eduardo Arellano ha logrado ––a lo largo de más de medio siglo de carrera–– hacer lo que en Nicaragua se creía imposible: conjugar en una sola obra al historiador, al narrador, al crítico, al estudioso de Rubén Darío, al bibliógrafo y al poeta. De todas las épocas y todas las civilizaciones no hemos aprendido la noble enseñanza de que a un autor se le debe reconocer en vida para no tener como triste responso lo que Ezra Pound dijo ante el féretro de T.S. Eliot: “Léanlo”.

Memoria luminosa

A Jorge Eduardo hay que leerlo en vida, puesto que el mal que aqueja a Nicaragua es el de tener una pésima memoria histórica, y la suya es luminosa. Jorge Eduardo es capaz de recitar de memoria textos en prosa y verso de Rubén Darío y de citar artículos enterrados en el tiempo, y traerlos a colación en el momento indicado. Solo hay que pensarlo: si nos diéramos a la tarea de reunir toda su obra, esta abarcaría numerosos tomos.

A los dieciocho años escribió el primer “Panorama de la literatura nicaragüense”, libro que hizo posible innumerables tesis y ensayos, ya que para seguir la huella de nuestra historia literaria bastan este y otros libros como “El Movimiento de Vanguardia de Nicaragua”, “Panorama de la Literatura Nicaragüense: época anterior a Darío, 1503-1881”, “Diccionario de las letras nicaragüenses”, “La novela en Nicaragua”, “Indagaciones rubendarianas”, por citar algunos, que Jorge Eduardo nos ha entregado a los que nos dedicamos a entendernos y a interpretarnos como nación a través de las letras, a fin de hacer nuestro trabajo menos arduo.

Nicaragua y su buena literatura

El muro que significó la Casa de Contratación de Sevilla, entidad que regulaba la comunicación entre las colonias y de estas con España, parece no haber sido disuelto aún en el siglo XXI. No obstante, a través de sus obras Jorge Eduardo ha contribuido a que Nicaragua no sea un país más de la periferia y se convirtiera en un centro carismático donde, en contra de toda lógica y de circunstancias siempre adversas, se produzca buena literatura y sea digno de ser estudiado en diversas partes del mundo.

¿Se podía entender Nicaragua sin libros como “Héroes sin fusil”, “Guerrillero de nuestra América: Augusto César Sandino”, “Historia básica de Nicaragua”, “Los hijos del Maíz y de la Yuca”, “Del idioma español en Nicaragua”, “El Cine entre los Nicas”, más todas las ediciones críticas que ha producido sobre nuestros escritores y nuestra cultura?

Resulta imposible negar que, sin la labor de Jorge Eduardo, nuestro entendimiento de las letras nicaragüenses sería un campo yermo difícil de transitar. No se conoce, desde Pablo Antonio Cuadra, su maestro, a otro intelectual nicaragüense cuyo único título posible para explicar su vasta tarea intelectual sea el de polígrafo.

Jorge Eduardo Arellano nació en Granada en 1946. Como muchos de sus antecesores, egresó del Colegio Centroamérica, regido por los jesuitas. Se doctoró en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid y es especialista en Lexicografía Hispánica. Desde muy joven incursionó en la poesía, con el grupo Los Bandoleros, fundado por él. Ha dirigido numerosas revistas e instituciones. Fue embajador de Nicaragua en Chile de 1997 a 1999. Actualmente es secretario de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.

Rescate y estudios rubendarianos

Su más grande proyecto, aparte de los centenares de ensayos y libros publicados, ha sido el de rescatar y profundizar en la obra de Rubén Darío. Jorge Eduardo es el más importante estudioso de Darío en Nicaragua después de Ernesto Mejía Sánchez. A él se le deben valiosos rescates de textos desconocidos del poeta nicaragüense, entre cartas, poemas, crónicas y ensayos.

Su tesis doctoral, “El Movimiento de Vanguardia de Nicaragua”, además de ganar el premio como mejor tesis de su año en la Universidad Complutense de Madrid, es un texto imprescindible para entender la poesía que comenzó en Nicaragua durante la segunda década del siglo XX.

Jorge Eduardo ha impartido conferencias en diversas partes del mundo y es el humanista más importante de Nicaragua de la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI. Humanista no solo por estar de cara a la antigüedad a fin de sufrir menos ante la angustia de no saber nuestro porvenir, sino porque a través de su obra ha conseguido que los nicaragüenses nos unamos intelectualmente y no nos dispersemos por las ideologías que tanto daño nos han hecho.

Gracias a la obra de Jorge Eduardo hemos recuperado nuestra tradición, pues, por beneficio de la cultura que ha adquirido durante toda una vida de estudios, el país entero ha crecido espiritualmente.

Hurgando en nuestras raíces

Nadie como él ha hurgado en nuestra historia y en nuestras raíces literarias para hacernos mejores nicaragüenses. Su obra nos ha mostrado nuestra identidad, es decir, nos ha aglutinado como tribu, y eso solo puede desembocar en algo parecido a la paz, que es lo opuesto a la ignorancia, el caos y el desorden de pensamiento en un pueblo desangrado por las guerras.

José Emilio Pacheco lo dijo mejor: “Cuando la inteligencia trabaja como agente unificador se llama cultura, se desarrolla en el pasado, se recoge en el presente y se orienta hacia el porvenir… Aprovechar las tradiciones no es un paso atrás sino un paso adelante, si sabemos orientarlo en una línea maestra que desdeñe el azar”.

Jorge Eduardo parece haber hecho suyas las palabras de Alfonso Reyes: “Si nada nos enseña el pasado, ¡a cerrar los libros! Así se distrae a la juventud del ejercicio y el estudio que han de ser toda su defensa para mañana, con la consoladora perspectiva del fin del mundo, propio consuelo de cobardes”.

Los escritores que Jorge Eduardo ha escuchado e iluminado con generosa paciencia, sin saber que éramos los “cronógrafos” o máquinas para medir el tiempo que tanto horror le provocaron a Goethe, podemos decirles a las futuras generaciones acerca de Jorge Eduardo lo siguiente: “léanlo”. De no hacerlo, navegarán sin rumbo, pues él es el único que ha entrado seriamente en la historiografía de Nicaragua, y solo por eso merece nuestra atención.