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Si bien Mario Cajina-Vega fue el primer escritor nicaragüense en asimilar el lenguaje del cine, Sergio Ramírez ha tenido más y mayores relaciones directas con el arte más dinámico y discutido de nuestro tiempo. Porque su vida y escritura fueron marcadas por las imágenes cinematográficas. En efecto, durante su infancia, tuvo la experiencia de frecuentar una caseta de proyección, como el protagonista de Cinema Paradiso (1988), de Giuseppe Tornatore (1956); película que a Sergio ––de haber sido cineasta profesional–– le hubiera gustado escribir y filmar. Por algo reconocería en su ensayo “Oficios compartidos”: “Sobre todo, me formé en el cine”.

Proyeccionista y administrador

El mismo Sergio, desde los años setenta, estaba consciente de la presencia del cine como decisiva en su formación de escritor, constituyendo para él algo muy vivencial. En el cine Darío de Masatepe empezó a fascinarse por los seriales de gangsters y de vaqueros; y luego, ya cerrado el cine Darío y cuando frisaba en los nueve o diez años ––o sea en 1951 o 1952––, Ángel Mercado, hermano de su madre, lo adquirió.

De esta manera, Sergio vio muchísimo cine y trabajó, sin paga, como proyectista y administrador. Instalaba a la boletera en la taquilla cada noche antes de la función, le entregaba los tickets, recogía al final el dinero de las entradas y al día siguiente lo depositaba en el banco. Además, aprendió a pintar los carteles que eran colocados en postes de luz frente al propio cine, en el parque central y frente a la estación del ferrocarril.

¡Tikis maus! / El cinemascope

Las películas más numerosas que Sergio proyectaba eran mexicanas. Para entones, los nicaragüenses ya habíamos llegado a conocer y a identificarnos con las figuras del cine azteca, gracias a la comprensión plena de su lengua y humor.

“Había también películas subtituladas ––recuerda Sergio––. Muchos no sabían leer, pero siempre asistían a ver los musicales de vistosa utilería, o la de vaqueros en las que Tim Holt [1919-1973] sacaba la pistola provocando que los malos levantaran las manos: “¡Tiki maus!” (Take it out!!) como repetíamos en los juegos en la calle, u otras como Ben Hur [1959, de William Wyler] o El manto sagrado [1953, de Henry Koster] cuando mi tío instaló la gran pantalla de cinemascope”. E inmediatamente se presentaron filmes de categoría artística.

La caseta de proyección en Masatepe ––resumo–– sirvió a Sergio Ramírez de escuela de cine, y también de escritor, porque sus formas de narrar se emparentaron a lo aprendido allí: encadenamientos, disolvencias, planos, flash-backs. Toda una tesis sobre la vinculación de la narrativa de Sergio con las técnicas cinematográficas merecería escribirse; más aún: sobre la fructífera relación del mismo con el cine en general. 

En el Teatro González de Managua

A la experiencia anterior, habría que añadir la de Managua. Allí ––en el Instituto Pedagógico––, mientras cursaba el año escolar 1953-54, aprovechó las tardes para callejear y ver películas. Para el adolescente, trasladarse de la quietud en blanco y negro de Masatepe a la capital, significaba entrar en una película en technicolor. 

En el Cine Arsenal de Berlín

Mucho más trascendente resultó su encuentro con el arte fílmico en Berlín  ––donde se había trasladado con una beca de escritor––, asistiendo al Cine Arsenal, para ver “tres o cuatro películas por día, ciclos completos de Eisenstein, el expresionismo alemán, el neorrealismo italiano, el cine francés de postguerra: Iván el terrible, Nosferatu, I Vitelloni [1953, de Federico Fellini], Les Dames du Bois de Boulogne [1945, de Robert Bresson]”. Es decir: ¡todo un completo curso de postgrado en cine!

 De esa experiencia surgió el crítico, autor de no pocos artículos breves en La Prensa Literaria ––bajo su columna Ventana–– y en Culturama, otro suplemento semanal dirigido por Luis Rocha. Pero sería muy largo enumerarlos todos. 

“Cine del 74”

Sergio también escribió otros comentarios, entre ellos los titulados “Buñuel, el fantasma de la libertad” y “Carlos Saura, el terror de la infancia”. Igualmente, trazó resúmenes como “Cine del 74” y “Cannes 75 / El cine europeo en crisis”. Comentó entre otras grandes películas Gritos y susurros (1974, de Ingmar Bergman): “quizás el examen más descarnado y profundo de la condición humana intentado en el arte de las últimas dos décadas”.

“Cannes 75 / El cine europeo en crisis”

En el segundo artículo, Sergio constató no la crisis del Festival de Cannes 75 en sí misma, sino “del cine como concepción cultural, capaz de reflejar la problemática de una época, de exhibir el rostro de la sociedad dentro de una circunstancia histórica concreta, como lo hizo el neorrealismo en la postguerra, o la nouvelle vague con la crisis de la burguesía”. No se vislumbraba una nueva generación de creadores cinematográficos y se hacía sentir la avalancha estadounidense.

Istmo Film

Entonces se le presentó un dilema: trabajar como guionista de cine en el Centro Pompideou, de París ––cargo que le había ofrecido Armand Gatty–– o volver a Centroamérica para incorporarse a la revolución de Nicaragua que ya se oteaba en el horizonte. Así, de regreso en Costa Rica ––además de iniciar su vinculación con la tendencia tercerista del FSLN–– se asoció con Carmen Naranjo, Samuel Rovinski, Óscar Castillo y Antonio Iglesias para fundar Istmo Film. Esta era una empresa que, además de producir cine, crearía la Sala Garbo, especializada en proyectar cintas de categoría artística. La productora se limitó a un cortometraje en 1978 (Nicaragua: Patria Libre o Morir), dirigido por los costarricenses Víctor Vega y Antonio Iglesias; pero un año antes Sergio se había retirado de ella.

Guionista en espera y dos logros

También había elaborado un guion, Viva Sandino, ofrecido a Conacine de México. En realidad, han sido dos sus guiones escritos; pero aun no se le ha cumplido el sueño de dirigir una película. Lo que sí ha logrado es la filmación de su cuento “El Centerfielder”, llevada a la pantalla grande y su novela Castigo divino a la pantalla chica. Ramiro Lacayo Deshón, entre 1984 y 1985, realizó la primera y la RTI Colombia en 1989 la segunda. No olvidemos que el título Castigo divino era la traducción en español del filme Payment Deferred (1932, de Lothar Mendes: 1894-1974), con Charles Laughton (1899-1962) y Maureen O’Sullivan (1911-1998). 

Pasión compartida y disfrutada

Desde “El hallazgo”, uno de sus cuentos de los primeros años sesenta  ––donde explota el parecido a Gregory Peck de un bartender–– el cine se halla presente en la obra narrativa de Sergio Ramírez. Y es que el Séptimo Arte ––reiteramos–– lo marcó como persona y escritor. No en vano ha disfrutado el cine durante muchos años en un pequeño salón de proyecciones que construyó en su residencia. Y ha seguido compartiéndolo con pasión. Y ha seguido compartiéndolo con pasión, admirando a estrellas como Elizabeth Taylor Ava Gardner, “otra de nuestras diosas”.