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La escritora e investigadora nicaragüense María Augusta Montealegre también cuenta en su trayectoria literaria con la capacidad para reducir la ficción a su mínima expresión sin sacrificar la calidad del relato.

Ese don de decir lo que se quiere sin un derroche innecesario de palabras desea compartirlo con poetas y narradores nicaragüenses mediante un  taller sobre microficción planificado para impartirse el 14 julio en la fundación Luisa Mercado.

Montealegre conversó con El Nuevo Diario sobre algunos aspectos interesantes relacionados con este género que considera de moda pero también perdurable.  

 ¿Cómo define usted el género?

La microficción tiene muchos nombres, microrrelato, minicuento, relato vertiginosos, nanoficción, flash fiction, etcétera. Se trata de esos textos breves que pueden aparecer tanto en una antología de poemas en prosa como en una compilación narrativa. Sus características fundamentales son la brevedad, la narración y la ficción en embrión. Basta con estas tres características para que posea carnet de identidad.

A partir de ahí hay una infinidad de posibilidades, el humor, el diálogo con textos literarios actuales o con clásicos. Es muy común la interacción con otros géneros como la poesía, el cine o el teatro. Es importante dialogar con el cuento tradicional, la fábula y la leyenda. O ser completamente experimental. 

¿Cuál ha sido su experiencia con la narración? 

He sido narradora antes que poeta. A la edad de 6 años inventé mi primer cuento, no lo escribí, pero lo conté tanto que todavía lo recuerdo. En el colegio y en la universidad gané algunos premios. Escribía relatos mientras esperaba que dieran las doce de la noche para cerrar la página de noticias internacionales que editaba en un periódico local llamado Síntesis, en México. En ese país publiqué en revistas y formé parte de un grupo literario con el escritor mexicano Pedro Ángel Palau.

Después de mi maestría me dediqué a la crítica literaria, a estudiar un doctorado en Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca, bajo la dirección de Carmen Ruiz Barrionuevo. En esta universidad también recibí clases con Francisca Noguerol, crítica por excelencia del microrrelato, así me interesé en el género. Después de diez años de estudio literario, realicé una vasta investigación sobre el microrrelato hispanoamericano. Y aunque ya había publicado minicuentos en antologías norteamericanas, este año 
organicé una compilación de mi trabajo en un libro titulado Afasia, que saldrá a la luz este verano. 

¿Por qué se ha inclinado a la creación y la facilitación a otros para la creación de microficciones? 

 Me incliné por la creación de minicuento porque cada vez nos gusta más decirlo todo con casi nada y como escritora me gusta decirlo bien. Lograr esa magia que hace que mis lectores regresen de nuevo a releer el texto porque algo les ha sucedido. El interés por impartir un taller deriva de mi experiencia propia. Fue un taller literario lo que en un inicio mejoró la calidad de mi creación. El taller estaba a cargo de Palau, escritor mexicano de la “Generación del Crack”. El interés por impartir este taller en particular nació cuando junté todo el material sobre minifición y pensé que era una lástima quedarse con esta información escaza y privilegiada. Compartí esta idea y fue muy bien acogida por don Sergio Ramírez,  Centroamérica Cuenta,  la Fundación Luisa Mercado y la UCA. 

¿El microrrelato o microficción es un género de moda, o perdurará? 

Las dos cosas. A partir de “El dinosaurio” hay un boom del microrrelato hispanoamericano. Es éste el cuento más citado en el mundo y es de un centroamericano. El género es tan antiguo y tan respetable como el cuento y como éste perdurará. La brevedad favorece su divulgación por las redes sociales. Pero lo breve no es superficial. Puedes encontrar una joya en el Facebook. Aunque existen ya muchas revistas especializadas donde publicar, hay un mercado.

¿Cuáles son las ventajas? ¿Cuáles los parámetros de evaluación?

Lo fundamental es la extensión, pero no es de la extensión del texto per se, sino el inmenso tamaño de una historia en el menor conteo posible de palabras. Uso menos de cien palabras, aunque se puede llegar hasta 300. Como escritora, la microficción me obliga a situar mi atención en la prosa y decidir qué es esencial. Eso puede contribuir a afilar también mi prosa en el cuento y la novela, pero en realidad es un arte en sí misma. Como tal debe brindar lo que otras no ofrecen. Es decir, debe usar el lenguaje, la descripción, el diálogo y el personaje para contar una historia que no se podría contar de otra manera. 

A diferencia del cuento corto, cuyo parámetro fundamental es textura, el minicuento usa la palabra como anti-materia. Necesita trabajar de manera que todo pueda caber en el espacio de un ojo. Lo vez una sola vez y está la historia completa en la página. El parámetro por excelencia es el vacío, el silencio entre la emoción y la respuesta. También el tiempo es muy importante, es muy cercano a cero. La narrativa generalmente se desarrolla en el tiempo, no la microficción, cuya naturaleza es  expresar un evento en un tiempo casi nulo. Puede relatar el nacimiento, el matrimonio y muerte de un personaje, sus 80 años pueden significar un segundo o menos.  

¿Cuales son los beneficios que ofrece participar en el taller? ¿Cómo se puede participar?

Revelaré todos los oscuros secretos del género. El taller ofrece de una manera asequible las claves teóricas y prácticas para la escritura del microrrelato, eso marcará la diferencia a la hora de la creación y del trabajo de orfebrería.

Los mejores microrrelatos del taller se incluirán en la antología que estoy preparando. También distribuiré una lista de concursos internacionales en los que posteriormente podrán participar. Pueden participar escritores de cualquier edad que quieran mejorar sus creaciones o incursionar en este género. El único requisito  para ser aceptado es enviar un minicuento cuya extensión no sobrepase 100 palabras antes del 30 de mayo del 2018. El correo de recepción es: mam@thelatinreview.com