•   Nicaragua  |
  •  |
  •  |
  • Edición Impresa

Cicerón pedía “que la Historia enseñara a los hombres cómo vivir”. Actualmente, disponemos de métodos precisos que nos ayudan a entenderla como ciencia necesaria para ese vivir, para ubicar nuestra identidad y nuestro futuro. Para que  nuestro pasado se convierta en base de lo que somos y queremos ser. Es decir: la historia nos permite exponer los orígenes del presente e iluminar las circunstancias de su gestación, funcionamiento y transformación. 

Muchos de nosotros,  consciente e inconscientemente, decimos interesarnos por la historia. Algunos “diagnosticamos sobre un pasado, principalmente en los momentos cuando el presente se vuelve crítico. Y todos pensamos lograrlo para nuestra  propia tranquilidad, interior o racional, y ética. Tratando de dar una explicación a los hechos y procesos en los que directamente, o por repercusiones, puedan sentirse afectados”. 

Por ello vemos la variación de los  intereses para hacer y enseñar  historia; y cuando estos advierten ser utilitarios, se tienen explicaciones inmediatas que  sirven para cumplir el vacío. Ante esta mala práctica, es necesario inquirir con  profundidad sobre ese pasado que se desplaza en el tiempo y prolonga la marcha al  futuro, en función de bases culturales y mentales, eficaces a lo largo de los cambios. O sea: esa trascendencia de las fuerzas motrices de la historia, como es el espacio humanizado. 

Utilidad de la historia

Para comprender la utilidad de la historia como país, es necesario  aprenderla, profundizarla, estableciendo diferencias entre lo esencial, lo accesorio y lo puntual. Obliguémonos, historiadores, a explicar causas, factores, procesos, no olvidando nuestro entorno cultural y ambiental,  pues ella es la consciencia y memoria colectiva del pasado que un grupo humano necesita para comprenderse y explicarse a partir de su medio físico, de sus  relaciones sociales, valores e  instituciones.

Esa historia idónea para ofrecer a la sociedad su propia identificación u orientación para la sobrevivencia dentro del contexto natural y cultural en que nos desarrollamos. Trabajemos porque  la “historia mal entendida no nos acabe por desacreditar a la historia mejor comprendida”. Actualmente, como lo refiere H. Carr, ya no se trata de entender las leyes que gobiernan nuestro comportamiento; lo que ahora se inquiere es dar nueva forma a la sociedad y a los individuos que la componen mediante la acción consciente.

De la historia moderna conocemos que Anastasio Somoza García pretendió ocultar la figura y gesta de Augusto César Sandino. No obstante,  el episodio se transmitió a las nuevas generaciones a través del testimonio oral y la narración familiar. El curso incontrastable de la historia llevó al despertar de un proceso revolucionario que enalteció aquella bandera antintervencionista para desalojar del poder a los descendientes de aquel tirano. 

Es decir, así como la historiografía clásica se  escribió, de cierta manera para enseñar los acontecimientos históricos a las nuevas generaciones, se puede concluir que el pasado fue la escuela formativa real para iniciar un nuevo período en la historia del país en el último tercio del siglo XX.  Se abrió una fase en la que su  enseñanza se dedicó a destacar aquellos sucesos censurados. Solo que, en algún momento adquirió ribetes doctrinarios.

Esto, no era nada conveniente, pues desnaturalizaba la virtud formativa de la historia en la sociedad, desorientando el objetivo vital de la nacionalidad al enaltecer otros intereses. Contrario a lo que se ha dicho en el ambiente de la globalización respecto a la pérdida progresiva de la identidad frente al intento de una nacionalidad globalizada, los recientes acontecimientos han mostrado, nuevamente, esa utilidad formativa, al estar pendiente  el  futuro del país. 

Es el momento de reflexionar acerca de lo que la historia puede aportar a ese futuro colectivo, pues acostumbrados a pensar en repetir los errores del pasado, se ha llegado a un callejón sin salida en el que solo el conocimiento y la enseñanza racional de esta, puede mostrarnos el camino. Parte de esas enseñanzas es la aspiración por el progreso en la sociedad del siglo XIX que alimentó un período de modernización notable. 

La historia como agente armonizador

Enseña, igualmente, que se debe evitar caer en la tentación de entregar el país a agentes e intereses extranjeros que solo provocan nuevas tensiones sociales y políticas, como sucedió entre 1910 y 1933. Y lo que es más importante: debe enseñarnos a no caer nuevamente en el error de comulgar con  el  autoritarismo, que solo trae  profundas diferencias sociales y nuevas tensiones políticas terminando de  echar por la borda toda aspiración de desarrollo.

Es momento de reflexionar acerca del país y la sociedad que se desea para todos. Así como redefinir las aspiraciones colectivas que brinden armonía permanente entre gobernantes y gobernados y aseguren todos los mecanismos jurídicos para la representación del individuo ante el Estado, al igual que, sus derechos civiles, como se reclaman actualmente. 

Historia como “maestra de la vida”

Rescatar de ese pasado colectivo, lo necesario y útil, permitirá garantizar la calidad de vida propuesta y el desarrollo sostenible del país que el sistema universal comprende. La historia puede enseñarnos los medios para recobrar el valor de nuestra economía (moneda, niveles de exportación), la institucionalidad iniciada en el período revolucionario, los procedimientos para ganar la estabilidad económica de otro momento.

También encontrar las claves para consolidar el sistema de educativo que representó años atrás la grandeza que el país mostraba ante Centroamérica, no por vía del sometimiento, sino por la presencia de personajes que le dieron valor al país: Rubén Darío, Enrique Guzmán, Augusto César Sandino, Josefa Toledo de Aguerri, Manuel Maldonado, Santiago Argüello, Salvador Mendieta, entre otros. 

No desconozcamos nuestro pasado. Consideremos que con su conocimiento acertado se ayudaría a un mejor ejercicio del  poder con  la debida  conciencia histórica. Revaloricemos el rol de la historia como “maestra de la vida”, concibiendo la experiencia de nuestra sociedad como referente positivo, única advertencia tangible para saber a qué atenernos, para poder perfilar los planes, proyectos que nos proponemos para el presente y de cara al porvenir, evitando actuar en el vacío.