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La Verónica
Con un gesto de esta mujer
––anónima y silenciosa––
entregó su corazón al Rey de Reyes
en su lento trayecto hacia El Calvario.

Con un gesto de esta mujer
––audaz y delicada––
se compadeció del Señor,
ultrajado por la burla,
abofeteado por la maldad, 
traicionado por el amigo. 

Ella limpió su rostro
lleno de sudor y polvo,
de sangre y escupitajos,
en medio de la turba hostil, 
de las temerosas mujeres de Jerusalén,
de los opresores soldados romanos.

Bastó ese gesto
––hija de la bondad––
para que esta mujer
recibiese la gracia
de grabar en su velo
el divino rostro del Redentor.

Simón de Cirene
Ayudó A llevar el áspero madero
reclutado a la fuerza por el judío falsario.

No fue su acción heroica, 
ni meritoria.

Pero Simón de Cirene
descubrió en aquella piltrafa humana
––sin fuerzas ya para cargar su cruz––
al Señor de los Señores
y lo siguió para proclamar su doctrina
tras su resurrección.
Dimas 

El buen ladrón debió ser un pájaro
de alto vuelo. No por un atraco cualquiera
decidieron crucificarlo. Mas por creer 
en la misericordia del Señor
fue el único que aquí en la tierra
le garantizó el Cielo: “te digo que hoy mismo
estarás conmigo en el Paraíso”.

María
Los dos están ahora en el patíbulo.
A su hijo único los clavos le traspasan
las manos y los pies. A ella 
en su corazón una espada de dolor.

José de Arimatea y Nicodemus lo bajan
de la cruz y lo entregan a su madre, 
nuestra madre: llena de eterna gracia
y bendita entre todas las mujeres.

La Magdalena
María Magdalena de Magdala
estuvo también al pie de la cruz
y confió en su amor y perdón. 

Sin temer al murmureo de sus excompañeras
nada podrá separarla de Jesús.

Ella le acompañó hasta la sepultura
y fue la primera en verlo resurrecto
y habló con sus dos ángeles custodios.
––Rabboni ––le dijo ella llorando.

Luminoso, de pie, le dijo Él:
––Mujer, no llores. Ve y lleva la noticia
de mi resurrección.