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Dos obras recientemente editadas —una por la norteamericana María Roof y la otra por el nicaragüense Erick Blandón Guevara— han logrado sendas perspectivas críticas acerca de dos grandes narradores nuestros: Rosario Aguilar (León, 29 de enero, 1938) y Juan Aburto (Managua, 9 de mayo, 1918-México, 4 de agosto, 1988).

Esfuerzo máximo de Roof

Pero si el esfuerzo de Roof resulta máximo, el de Blandón Guevara no es sino mínimo. En sus 545 páginas, la obra de Roof, Rosario Aguilar (Nicaragua): acercamientos críticos (Washington, Casasola, 2016, presentada en Managua a inicios de este año) demuestra una conciencia profesional de la que carece Blandón Guevara. Ella organiza su labor en diez secciones: desde una introductoria visión de conjunto —pasando por una cronología biográfica, resúmenes de las once obras de la autora, entrevistas que le han realizado, una sección de tres discursos fundamentales, otra de reseñas y notas imprescindibles, más el medular conjunto de los acercamientos críticos (a obras específicas según el año de publicación y luego las panorámicas)— hasta una exhaustiva bibliografía, como es de rigor en este tipo de trabajo.

Dieciocho suman los referidos acercamientos que reflejan —anota la editora— “la diversidad de herramientas críticas contemporáneas, posmodernas, para abordar sus textos”. En ellos sus personajes femeninos viven el legado pernicioso del abuso sexual trasmitido de madre a hija, el asesinato por venganza cometido por una mujer contra un hombre, el embarazo no deseado que restringe opciones vitales, el alcoholismo como escape a la mujer sometida a demandas maternales “imposibles”, el acoso sexual a la mujer soltera desprovista de protección en el patriarcado, el abandono de obligaciones familiares por el varón, las conflictivas relaciones de género en el marco de una insurrección y sus consecuencias, la instrumentalización de la mujer por objetivos políticos, el sida engendrado por el amor libre y la hipocresía rampante en postulados legales y religiosos.

¿Cuentos completos?

Por otro lado, en sus 315 páginas, la obra preparada por Blandón Guevara, Juan Aburto/Cuentos completos (Managua, Hispamer, 2018) consta de tres notas introductorias —firmadas por el citado editor, Sergio Ramírez y Alfonsina Aburto Arrieta—, de siete valoraciones de la obra de Aburto bajo el rubro de “Crítica”; y de 73 piezas narrativas: “Cuentos completos” que no lo son. En efecto, faltó la indispensable búsqueda minuciosa en suplementos literarios. Yo he constatado —al revisar mis fólderes con recortes de Aburto— que faltan más de una decena. Por ejemplo, “El juicio final” (suplemento de La Prensa, 25 de junio, 1961), “La pared” (cuyo mecanuscrito me obsequió su autor en illo tempore), “Las armas” (NAC, 29 de agosto, 1982) y “Un poeta” (NAC, 8 de agosto, 1988).

La entrevista de Margaret Randall

Además, salvo dos o tres, los cuentos no se fechan, ni se indican sus fuentes hemerográficas como lo hace Roof con los textos de Rosario. También, alevosamente, Blandón Guevara prescinde de no pocos análisis sobre cuentos de Aburto como los de Gladis Miranda y Carlos Powell; de una entrevista a fondo, al parecer la única que se le hizo a Juan: la de Margaret Randall (Ventana, 7 de mayo, 1983), significativo testimonio del autor sobre su experiencia literaria. 

“El escritor que realmente me impresionó, en mi época inicial, fue [Horacio] Quiroga, el uruguayo […]. El Banco Nacional de Nicaragua, donde trabajé más de 35 años me dio disciplina y me inclinó al ejercicio de la prosa, ya que me obligaba a redactar mensualmente memoriales de gran claridad y precisión […] Viví mucho tiempo en barriada y conocí muy bien las cuarterías antes del terremoto y su gente triste, pero con mucho sentimiento y emotividad…”. Es decir, a los personajes y el ambiente de sus cuentos.

Condiciones básicas del cuento

Otro elemento ausente en la edición de Blandón Guevara, que supera su epílogo (“Juan Aburto por sí mismo”) es un breve texto en el que Juan concebía su narrativa. “Este es mi cuento” se titula ese miniensayo, difundido en una entrega monográfica de La Prensa Literaria en los años setenta a los cuatro o cinco cuentistas mayores de Nicaragua.

Yo conservo también su mecanuscrito autografiado. Así, sostuvo, “Dos condiciones básicas considero para la elaboración de un cuento: una excelente prosa y el contenido poético, mas creo que la falta de una puede ser completada por la otra […] la presencia de esos determinantes hace quizás que en mi cuentos realmente subsista más una actitud emocionada que una acción argumental […] No procuro seguir a los maestros actuales, o al menos puedo eludirlos, aunque tal vez por ello luzcan mis obras un tanto anacrónicas en su expresión, si bien resultan absolutamente sinceras”.

Fallas evidentes de Blandón Guevara

Por lo demás, la obra editada por Blandón Guevara no está exenta de grafías arbitrarias: “Último poema del mar” por “Único…” (pág. 78), “Cuchusapo” escrito con /z/ (pág. 159) y “cirios” con /s/ (pág. 310), como también de datos erróneos: atribuir al año 1949 el centenario de la fundación de Managua como capital.

Fue en 1946. Pero no es posible negar las siete valoraciones que asedian la personalidad y el mundo narrativo de Aburto, ubicado en la Managua de 1931 a 1972. Las encabeza Lizandro Chávez Alfaro, quien asegura en su correspondiente obituario: “Juan Aburto repetía, entre la pena y la sinceridad, que era un escritor tardío. Pero si los extremos representaran mérito o demérito, preferimos la tardanza acumulada frente al apresuramiento envanecido.

Y en este caso la tardanza quedó de sobra justificada por un hecho que en resumen puede expresarse así: Juan Aburto contribuyó seriamente a sacar del monte nuestra cuentística para instalarla en el medio urbano. Con él, con su narrativa, los polvorientos barrios 
de Managua se incorporaron a la realidad descrita”.

Finalmente, Blandón Guevara excluyó —sin justificación alguna— la sección que ningún auténtico editor crítico es capaz de eludir: la lista, lo más completa posible, de la bibliografía activa y pasiva del autor estudiado. Por eso lamento que mis obras básicas sobre literatura nicaragüense —donde figura Aburto— hayan sido despreciadas.

En resumen, Erick Blandón Guevara está en su derecho de rescatar la obra de nuestro querido y recordado Juan Aburto, pero ello no le autoriza a cometer las evidentes fallas señaladas.