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La literatura es una de las artes más bellas, complejas y nobles que existen. Sirve para humanizar, sensibilizar, visibilizar dramas humanos y al hacerlo crea belleza y ennoblece la vida de los seres humanos. Creo como dijo Óscar Wilde, como afirmaba Claribel Alegría que no existe literatura masculina o femenina, lo que existe es buena o mala literatura.

Tanto los hombres como las mujeres escritoras buscamos reflejar la realidad, testimoniar la vida, ficcionar lo que vemos o imaginamos y en esa tarea damos lo mejor de nosotros mismos en la búsqueda o el anhelo de trascender con nuestra pluma la vida finita que nos ha tocado vivir.

Los escritores, como tantas veces se ha dicho, somos cronistas de las emociones humanas, arquitectos del alma y sin duda,  sensibles a la realidad, retratamos lo que vemos.

Y una de las tragedias globales, una de las  más grandes injusticias que vive la humanidad es la violencia de género. Tanto que la ONU ha establecido un día del año, el 25 de noviembre para reflexionar sobre este gravísimo hecho que constituye la primera causa de las muertes de las mujeres en el mundo, por eso hablamos de femicidios o crímenes de odio contra las mujeres.

La época en que vivimos, la que nos ha deparado el azar, padre de todas las incertidumbres, es una época híper-digitalizada, ¿quién no tiene un celular a la mano (no hablo de celulares sofisticados), desde el humilde albañil hasta el empresario más próspero. Es una época globalizada, todos estamos en contacto con todos, si alguien vive en el planeta Tierra puede ser localizado en segundos; contactarnos a los lugares más lejanos solo toma un suspiro.

Es una época fragmentaria y narcisista, cuánta gente se toma selfie y exhibe su retrato como un trofeo en las redes sociales, si hasta  lo que comemos le sacamos suculentas fotos; todo lo publicamos desde nuestro retrato hasta las cosas más ínfimas y sin importancia que hacemos; siempre estamos en las redes contando, recreando, inventando, historias. Somos grandes cronistas de nuestras propias vidas, las convertimos a veces en dramas inimaginables o epopeyas.

Creo que en esta época hiperdigitalizada, globalizada, fragmentaria y narcisista, un género que le viene al pelo son los microrrelatos.  Una tendencia del mundo de hoy es la brevedad, la concisión, la precisión, la economía del lenguaje, el decirlo todo en pocas palabras. Esto se ve en las redes, especialmente en Twitter.

¡Qué son los microrrelatos? Pues, eso, decirlo todo en pocas palabras. Es un cuento que se reduce a su mínima expresión. Se construye con unidades mínimas narrativas que se organizan para contar una historia. En el microrrelato todo se sugiere.

Se apoya en la intertextualidad, la elipsis, el subtexto, hasta el título sirve para terminar la historia. Es un género difícil, complicado, de muchas tijeras. Que busca un lector activo, avisado, que sondee bajo el iceberg. Un lector que siempre repite. Su secreto: decir mucho con muy poco. Son historias minimalistas, el Universo comprimido antes del big bang.

Sin dejar de lado las interminables e irremplazables novelas, el microrrelato calza como un guante dentro de un pos, en un chat de WhatsApp, en el Twitter o en Facebook, sin aburrir a nadie y deja una sensación, un picor, una reflexión que no se agota en una sola leída.

La vida es breve, fugaz, ligera, una chispa que se consume entre un abrir y cerrar de ojos. Quizás el mejor homenaje que se hace al tiempo actual caracterizado por la era digital, es la escritura de los minirrelatos. Es la expresión más breve del temblor de la imaginación. De la capacidad del ser humano de crear y reinventarse en la fugacidad.

• La autora es escritora ecuatoriana.