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Cuando nació el 15 de septiembre de 1821 como entidad política independiente, Nicaragua tenía apenas —sin incluir su región del Caribe— unos 115 mil habitantes. Entonces pertenecía al Reino Capitanía General y Audiencia de Guatemala —con otras cinco provincias coloniales— desde la implantación del dominio español a principios del siglo XVI. 

La rebelión criolla de 1811-12

Mas, a finales del XVII y más aún del XVIII, había surgido entre los criollos (hijos de españoles nacidos en las tierras ultramarinas) una conciencia de americanidad que entraría en conflicto con la burocracia peninsular. En este contexto, a raíz de la invasión francesa a España y captura de Fernando VII, los criollos granadinos encabezaron la rebelión insurgente de 1811-12 que tuvo un fuerte apoyo popular. No detallaré los hechos, salvo que enfrentaron a las tropas del rey el 21 de abril de 1812.

Sus consecuencias fueron 16 condenados a muerte, 9 a presidio perpetuo y 133 a presidio temporal; en total: 158 condenados. Los “cabezas de la insurrección” se remitieron a Cádiz para cumplir sus condenas en el Castillo de San Sebastián (fortaleza erigida sobre unas rocas internadas en el mar) y algunos de ellos perecieron allí. Ellos no pretendían una separación política de España, sino un deseo de que la soberanía recayera en los ayuntamientos mientras el rey estuviera ausente.

Anexión a México e independencia absoluta

Diez años después, el 5 de enero de 1822, Nicaragua fue incorporada al Imperio de Agustín de Iturbide en México. El 1ro de julio de 1823 —con los embrionarios Estados de Guatemala, El Salvador, Honduras y Costa Rica— se independizó en forma absoluta de toda potencia del Viejo y Nuevo Mundo; y el 22 de noviembre de 1824 —de acuerdo con la Constitución emitida en esa fecha— integraría la Federación Centroamericana que duró tres lustros. Nicaragua fue el primero en disgregarse de la Federación el 30 de abril de 1838.

En menos de cuatro años los habitantes del territorio del istmo centroamericano fueron súbditos de los reyes de España, ciudadanos independientes de esa potencia europea en crisis, miembros del efímero imperio mexicano y ciudadanos tanto de la Federación como de cada uno de los cinco Estados. 

Frustración republicana

Desde entonces, la inestabilidad política y el desbarajuste económico condujeron a una frustración traducida —de 1824 a 1854— en 39 Jefes de Estado, entre titulares, accidentales e interinos. Así la turbulencia anárquica se inició con la guerra civil de 1824 entre sacasistas y ordoñistas que, por citar uno de sus desastres, dejó en León más de novecientas casas arrasadas por el fuego y desató tanto el resentimiento social antinobiliario como el saqueo y la expropiación como botín político.

En medio de las continuas guerras intestinas —vinculadas o no a las morazánicas de la región—, la agresiva presencia de los intereses británicos y el naciente poderío norteamericano, podría aplicarse a la realidad el testimonio de Manuel José Arce electo primer presidente de Centroamérica, tras pacificar nuestro Estado con un ejército enviado desde Guatemala por las autoridades federales.

“Nicaragua ya no existe […] Hoy es un país destrozado por el encarnizamiento más atroz, donde han fijado su trono los asesinatos, los robos y las violaciones de toda especie. Se ve regado de escombros y más que por hombres, es habitado por fieras que han amontonado un estupendo desorden”.

Guerra Nacional antifilibustera

Esta situación culminaría en 1854, año de la más intensa pugna de las virtuales ciudades-Estados de León y Granada que facilitó la intrusión del expansionismo esclavista y filibustero de los Estados Unidos. Fue nuestra Guerra Nacional antifilibustera ––de 1855 a 1857–– que hizo posible brotar con fuego el sentimiento patrio. No en vano nuestro pueblo, con los aportes bélicos de los vecinos centroamericanos, combatieron a los invasores, cuyas fuerzas sumaron más de cinco mil hombres.

La de los Aliados fueron dieciocho mil y un tercio de ellos falleció en combate y por enfermedades. William Walker pretendía incorporar Centroamérica a un imperio esclavista concebido por el Sur de los Estados Unidos y su lema era: Five or none (Cinco o ninguno).

Consenso patriarcal

Tras un consenso entre las élites —con el predominio de la granadina—, se estableció un proceso de consolidación republicana. Además de gobernabilidad (cada cuatro años se sucedieron seis presidentes), se ejecutaron importantes obras de progreso infraestructurales y culturales, se instauraron una plena libertad de prensa y el pluralismo ideológico, surgieron los primeros bancos y monedas, y el país —reactivado económicamente— llegó a insertarse en el mercado capitalista mundial.

Nicaragua tenía entonces que insertarse en el mercado capitalista mundial. Nicaragua tenía entonces un poco menos de 300 mil habitantes y era regida por la constitución de 1858, la de mayor vigencia hasta ahora: 35 años. Aldo Díaz Lacayo ha reconocido que durante este periodo —mal llamado “Los 30 años conservadores”— “Nicaragua emergió altiva, con plena conciencia de su dignidad y orgullosa de su desempeño como nacionalidad.”

Zelaya y la pax americana

Pero el patriciado gobernante granadinidista no pudo apagar el localismo. Bastó la reelección de un presidente leonés para encenderse una guerra civil en 1893 que engendraría a un dictador de temple: José Santos Zelaya. Dicisiete años duró este en el poder hasta que otra guerra civil y la primera intervención militar de los Estados Unidos en 1912 consolidó durante dieciocho años una pax americana.

La segunda intervención militar de la misma potencia terminaría con el conservatismo yanquista (calificado de vendepatria) y lo suplantaría en el poder con el mandatario liberal José María Moncada, quien afirmó: “Las guerras las preparan los intelectuales, las pelean los generales, las ganan los políticos: así mi presidencia es tres veces mía”. Él era las tres cosas.

El somocismo y la rps

A raíz de su retiro el 1ro de enero de 1933, la llamada ocupación norteamericana dejó como herencia la Guardia Nacional que el civil Anastasio Somoza García ––quinto jefe y director y primer nicaragüense de esa institución–– distorsionaría su apoliticidad original para sustentar su poder político, o sea: el somocismo.

Propulsor de la expansión económica y estatal en los años 40, dinástico a partir de 1956, fortalecido con el desarrollo dependiente de los años 60 y descaradamente corrupto en los 70, el somocismo concluiría en 1979, después de 42 años.

Durante otros diez se desarrolló la revolución popular sandinista con su protagonismo mundial y etapas de euforia, deterioro y extinción tras la caída del socialismo real y la “centroamericanización” de Esquipulas II. Como se sabe, tres gobiernos neoliberales le sucedieron y, desde 2007, el actual.