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El periodismo, además de ser una pasión para quienes lo ejercemos, es también una oportunidad para conocer a seres humanos de diversas naturalezas. Unos personajes nos marcan por sus aportes al mundo, algunos  no precisamente por sus virtudes, pero hay otros que definitivamente dejan una huella por lo extraordinario de su personalidad.

Ricardo Llopesa, escritor y acérrimo dariano, es de esas personas que resultan inolvidables, no solo por la genialidad de su obra, sino por la humildad con la que se condujo por la vida.

Oriundo de Masaya, vivió la mayor parte de su vida en España. Tuvo la oportunidad de conocer a grandes de la literatura como Pablo Neruda y Miguel Ángel Asturias,  y fueron esos encuentros con las letras los que lo llevaron a abandonar sus estudios de medicina.

Cuando lo conocí fue en el contexto de un Festival Internacional de Poesía de Granada y me sorprendió la sencillez con la que valoraba su vasta y reconocida obra.

Entre sus libros encontramos Poesías inéditas, Poesías desconocidas completas, Prosas profanas y Teatros, Sonetos completos, Antología personal y  Poesías picarescas, de Quevedo.

Recibió varios galardones y reconocimientos tanto en España como en Nicaragua.

Este jueves trascendió el plano material y lo recordaremos con tres de sus poemas.

La botella

Vino quiero y vino pido.
Tirso de Molina
Amo de ti tu cuello largo de garza,
que mira el cielo con orgullo,
y tu ancho cuerpo sin caderas.
Amo tu espíritu,
donde mis sueños reposan
su blanda quietud nocturna.
Contigo me acuesto en la noche
sin estrellas
y, al levantarme,
con el nuevo día te poseo de nuevo.
Creada para el amor,
naciste del parto de la fruta
y eres hija del viento.
Pero yo te amo, seas así nombrada,
ultrajada, mancillada,
en otros recintos,
por hombres y mujeres infames
que violentan tu sexo
al descorchar tu virginidad.
Los días en que te ausentas
acosan mi costado las heridas del desaliento
y añoro tu suave mano líquida
posarse sobre mis labios.
Invoco tu nombre,
te conjuro en la alta noche.
Evoco tu sombra,
el perfil redondo de tu espalda
y, cuando llegas,
reconozco el golpe seco
de tus pasos de vidrio
sobre la mesa.

Verlaine

El vino siembra poesía en los corazones.
Dante
Divino maestro de vicio y perversión,
hermano lascivo de Pan y Dioniso el borracho,
hijo de Apolo, ruiseñor del Olimpo;
Villón, oh maestro Verlaine,
hubiese compartido
tu mugriento cuarto de la rue Moreau,
viejo, sucio, ruinoso,
barrio Cour Saint-François,
muy siglo XVIII en el XIX;
hubiese compartido el verde ajenjo,
noches de baile en el prostíbulo
con tu novia la pringosa Princesa Pelirroja,
puta pobre, barata,
que te amaba.
Un día te visitaron René Ghil y Mallarmé
para salir de putas por mierdosos bistroc,
mientras tú callejeabas con tus zapatos sucios
sin un céntimo, solo, arrastrando
la miseria por las calles de París
y esa borrachera espantosa rompió tu pata gotosa.
Tu pobre madre llevó del pueblo sus mimos
para cuidarte con devota alegría de madre,
pero no cabía en tu miserable cuartucho
y subió al piso de arriba, a casa de los vecinos,
donde murió tiritando de frío.
Los vecinos intentaron en vano
ayudarte para que la vieses morir
a ella que se moría de pena.
Fue imposible.
La escalera de madera vieja, estrecha, lo impidió,
y también tu puta pata rota
y tu eterna ebriedad.
Parecías Sileno en brazos de los sátiros
bebiendo uva que fecunda el alma.
El féretro de tu madre, oh divino poeta,
príncipe borracho del vicio,
de carpas y vagabundos,
tampoco pudo bajar.
Tuvieron que sacarla con cuerdas por la ventana
como un enorme mueble inservible.
En aquel cuarto inmundo
donde todo olía mal, a miseria,
a soledad, allí, oh divino maestro,
bajaba el ángel de la inspiración
y también el dios perverso de la lujuria
y cubría tu cuerpo de bestia con su velo.
Subías a las alturas y escribías los versos
exquisitos, sublimes, de Fiestas galantes,
Liturgias íntimas, Sagesse
y los inmortales Poemas saturnianos.
Ahora que miro tu retrato,
amarillo, barbudo, solo,
marcado por la tragedia y el genio,
tu cabeza alborotada de Sócrates antiguo
me recuerda al terrenal Epicuro
y te veo como a un sagrado dios,
perverso y libidinoso,
que algunas veces se convertía en Verlaine
para alcanzar el corazón humano.

A José Luis Parra

In memoriam
Ha muerto José Luis Parra.
Por él que no repiquen las campanas
sino las copas que nos bebimos juntos
en el Café Malvarrosa
y la Cervecería Madrid.
Se me han ido, de golpe,
el amigo
y más de 40 años de tragos.
Espero que su alma
no haya ido al cielo,
Dios no sería justo con él.
Ahora descansa,
simplemente descansa
de todos nosotros.