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El cine entre los nicas es la primera incursión literaria de Jorge Eduardo Arellano en el mundo del cine: tema introducido en nuestras letras como un género aparte por Karly Gaitán Morales en su libro A la conquista de un sueño, publicado en 2014. Anteriormente se habían incluido capítulos sobre cine nicaragüense en libros con temas más generales. Como el mismo Jorge Eduardo afirma, el cine no le ha sido ajeno del todo, aunque no se considera un cinéfilo, término que en su sentido francés significa una persona que enriquece su pasión por el cine con el conocimiento intelectual.

El cine como identidad generacional

Jorge Eduardo pertenece a la generación del cine: los que fuimos niños, adolescentes y jóvenes en las décadas de 1950, 1960 y 1970, cuando el cine comenzó a cambiar y madurar junto con nosotros, hasta el punto de que todas nuestras inquietudes generacionales aparecían en muchas películas señeras.

Nosotros no discutíamos si el cine era o no un arte, sino si era la más importante de todas las artes.  Arellano señala entre las películas que más lo impactaron durante su niñez y juventud, tres protagonizadas por Kirk Douglas: Ulises, Los vikingos y Espartaco; el film brasileño O’Cangaceiro. de Lima Barreto, estrenado en 1953; el film alemán,  El enigma de Gaspar Hauser, de Werner Herzog. Comparto con Jorge Eduardo, y con Guillermo Cabrera Infante, su entusiasmo por la película Él, dirigida por Luis Buñuel en 1953, con la gran actriz argentina Delia Garcés. El yucateco Arturo de Córdova interpreta a un «perfecto caballero cristiano» destruido por los celos que reflejan en él su sentido bien arraigado de la posesión absoluta. Fue basada en una novela de la española refugiada en México, Mercedes Pinto. 

El desarrollo de la cinefilia

Más que el campo de la realización cinematográfica en nuestro país, lo que distingue el libro de Jorge Eduardo es su énfasis en el amor de los nicaragüenses por el cine. Entre muchas otras cosas, es una crónica sobre el desarrollo de la cinefilia en Nicaragua, con capítulos dedicados a los primeros intelectuales que incursionaron esporádicamente en la crítica cinematográfica: Pablo Antonio Cuadra, Mario Cajina Vega, Rolando Steiner, Sergio Ramírez Mercado, Roberto Cuadra y Horacio Peña, pionero de los cine-foros en los colegios de monjas, antes de que, en 1974, yo iniciara mi página de crítica de cine en La Prensa Literaria. Después siguieron la doctora Mayra Luz Pérez Díaz, Carlos Mohs, el cineasta Rafael Vargarruiz y hoy Juan Carlos Ampié. 

También abundan los testimonios relacionados con el cine de personalidades nicaragüenses como el compositor Luis A. Delgadillo, monseñor José Antonio Lezcano y Ortega (enemigo del cine), la educadora Josefa Toledo de Aguerri (defensora del cine, con reservas), el Conde Escoto («un Aladino sin lámpara»), los periodistas Gabry Rivas, Chepe Chico Borgen y Mario Fulvio Espinoza; Luis Downing Urtecho, el cronista chinandegano Hugo Astacio Cabrera, el empresario de cine José Adán Aguerri Hurtado, la poeta y crítica de cine Michèle Najlis, entre muchos otros. 

Como lo reconoce Arellano, pilar fundamental de este libro fue el ingeniero Bayardo Cuadra Moreno, una verdadera enciclopedia ambulante de cine, música (clásica y popular), deportes y la configuración exacta de la vieja Managua. Se incluyen nueve epístolas sobre el desarrollo del cine en Nicaragua, cuya destinataria es Karly Gaitán: 1) Inicio de un invento asombroso; 2) Cine mudo de anteayer; 3) Delirio de los años veinte; 4) Once escritos pioneros; 5) Impacto del cine sonoro; 6) Nuestra vanguardia ante el cinema; 7) Los cuarenta; 8) Los cincuenta y 9) Los sesenta y setenta, más un “Final en forma de 31 preguntas y respuestas”. 

Ramiro Argüello: cinéfilo de pura cepa

El libro es un homenaje al que fuera mi mejor amigo: Ramiro Argüello Hurtado, cuyo fallecimiento el 5 de enero de 2017 reactivó el interés del autor por acometer y concluir esta obra como un tributo a su memoria. Sobre todas las cosas, Ramiro fue un cinéfilo de pura cepa. Eso nos hermanaba; fuimos cinéfilos desde la primera vez que nos llevaron al cine. El cine no fue algo que escogimos como una opción intelectual en la adolescencia. Era algo que ya venía con nosotros. Pero, más que crítico de cine, Ramiro fue un gran prosista. Su prosa era termita: arremetía contra todo sin que nadie se diera cuenta. 

Los nicas serán cineros

El libro de Jorge Eduardo está lleno de títulos de películas que muestran la gran variedad del cine que vimos los nicaragüenses en el siglo XX (en los años 40 y 50 el número de películas mexicanas exhibidas en todo el país superaba el de las cintas estadounidense). Arellano incluye colosales películas italianas estrenadas en Nicaragua en la segunda década del siglo XX, entre ellas: la clásica Cabiria, dirigida en 1914 por Giovani Pastrone, con Letizia Quaranta y el fortachón Bartolomeo Pagano en el rol de Maciste. Mi papá recordaba haber visto a los 7 años de edad (alrededor de 1915) una de esas películas, Maciste soldado alpino, protagonizada por Pagano.

El mundo que nos recrea Arellano es el de la Nicaragua del siglo XX anterior a 1979 y de la Managua antes del terremoto de 1972. Una Nicaragua en la cual el cine era parte importante de la vida de los nicaragüenses. Los nicas de aquellos tiempos eran «cineros». Las películas marcaban épocas y permanecían en el corazón de quienes las veían.

Como nos cuenta Jorge Eduardo, los personajes del cine se materializaban en el folclor nacional. A un famoso delincuente le llamaban «Jack Palance», como el villano de la película Shane, el desconocido, con Alan Ladd. Hubo en Managua una famosa cantina que sobrevivió el terremoto de 1931, llamada «Sangre y Arena», en honor a la primera versión cinematográfica silente de la novela de Vicente Blasco Ibáñez, protagonizada por Rodolfo Valentino. 

Epílogo

La cultura de un pueblo no es solamente lo que el país produce, sino también lo que recibe del exterior e incorpora a su propia idiosincrasia: música, libros, revistas, idiomas, comidas, deportes, películas, etc. El cine entre los nicas, que combina varios mundos, mantiene siempre ese inconfundible sabor nicaragüense de las recetas de cocina de doña Angélica Benard de Vivas, granadina como Jorge Eduardo. Felicito al autor de esta obra que nos hace caminar por las salas de cine de toda Nicaragua. Para muchos, será el regreso a un pasado que alguna vez creímos que era el presente. Para otros, un viaje de descubrimientos. Para todos, una cátedra de historia patria impartida por un maestro de lujo. 

[Fragmento del ensayo sobre Presentación de la obra El cine entre los nicas en West Regional Kendall Library, de Miami, el 2 de diciembre de 2017].