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Poco se sabe del aporte de Rubén Darío a la difusión en español de la literatura rusa y de la presencia de esta en su obra. Aquí desarrollo, brevemente, ambos temas.

“La matuschka”

El último cuento de Darío escrito en Chile (el 20 de noviembre de 1888 ya estaba concluido) fue la “La matuschka” (madrecita en ruso). Aparecido en La Tribuna de Valparaíso el 1º de febrero de 1889, el nombre del yo narrativo es Dariovich, identificable con su autor y sustituido luego por Alejandrovich. Además, fue el primer texto de su pluma rusificada y de su incursión en la literatura de guerra. Al respecto, su primer párrafo introduce al lector en el ambiente bélico, tras una batalla victoriosa: “¡Oh, qué jornada, qué lucha! Habíamos, al fin, vencido, pero a costa de mucha sangre. Nuestra bandera, que el gran San Nicolás bendiga, era, pues, la bandera triunfante. Pero ¡cuánto camarada quedaba sin vida en aquellos horribles desfiladeros! De mi compañía no nos salvamos sino muy pocos”.

Con el subtítulo de “cuento ruso”, Darío proseguía los de “cuento parisién” de “La ninfa” y “cuento griego” de “El sátiro sordo”, proyectando su irreprimible tendencia cosmopolita; pero esta vez no iba más allá de seguir una moda: la francesa de imitar la narrativa rusa. Un párrafo del prólogo, escrito por Darío en 1889 para el poemario Asonantes de su amigo Narciso Tondreau, contiene claras referencias a dicha moda: “Hace poco tiempo lo ruso preponderaba, Tolstoi, Gogol, Turguenev, el raro y pálido Dostoievski, fueron traducidos a casi todas las lenguas; escritores franceses publicaron novelas rusas; el idioma se estudió más, y su terminología se puso de moda; se bebía el rojo vino de París con caviar del Volga”.

Durante algunos años perduró esta afición en el nicaragüense. Como director del diario El Correo de la Tarde en Guatemala (1990-1891), divulgó entre sus folletines obras de Tolstoi y “Tourguenev” (sic), traducidas de las versiones francesas en boga; y en la misma publicación periódica Darío reprodujo “La matuschka” que no trascendía el pastiche. 

Gabriela Mora la valoró: “Fuera del exotismo de los nombres rusos, resulta novedoso que el narrador –Dariovich/ Alexandrovicht– sea soldado, aunque también componga coplas. La historia es simple, y se aprovechan los estereotipos que circulaban sobre Rusia en la época (como el amor materno y el patriotismo sentimental).  La anécdota se centra en la mujer anciana del título, que sufre la muerte de Nicolasín –joven tambor de un regimiento– a quien quiere como hijo. El cuento es de rápido desarrollo, con breves descripciones y diálogo dinamizado por la carencia de verbos introductores, pero no se destaca mayormente de los cultivados en esa modalidad por esos años”. Sin embargo, “La matuschka” adquiere un particular interés “por ser una de las primeras manifestaciones de la influencia literaria rusa en la narrativa hispanoamericana, si bien por vía francesa”.

El seudónimo Darioff

Un dato curioso habría que agregar: el 20 de diciembre de 1891, viviendo en Costa Rica, el Diario del Comercio le publicó a Darío la crónica “Conferencia del Dr. [Antonio] Zambrana sobre el Nihilismo en Rusia”. Pues bien, el seudónimo con que la suscribió no era más rusófilo: Petrovich Darioff Faliowski. Y ya en Buenos Aires, La Nación le publicaba el 10 de octubre de 1893 su extenso ensayo sobre la poesía Rusa a propósito de Konstantin Romanov, de quien tradujo varios poemas en prosa.

Un cuento de Tolstoy

Otro dato, también curioso pero más relevante, es el resumen supremo de una pieza escrita por un gran maestro de la narrativa rusa. Encabezó la semblanza trazada por Darío de Oscar Wilde, suscrita el 8 de diciembre de 1900: 

“Hay un cuento de Tolstoi en que se habla de un perro muerto encontrado en una calle. Los transeúntes se detienen y cada cual hace su observación ante los restos del pobre animal. Uno dice que era un perro sarnoso y que está muy bien que haya reventado; otro supone que haya tenido rabia y que ha sido útil y justo matarlo a palos; otro dice que esa inmundicia es horrible; otro, que apesta; otro, que esa cosa odiosa e infecta debe llevarse pronto al muladar. Ante ese pellejo hinchado y hediondo se alza de pronto una voz que exclama: Sus dientes son más blancos que las macinas perlas. Entonces se pensó: Este no debe ser otro que Jesús de Nazaret, porque solo Él podía encontrar en esa fétida carroña algo que alabar. En efecto, era esa la voz de la suprema Piedad”.

Admiración por Gorki

El nicaragüense reincidiría en la temática rusa no como creador, sino como traductor del francés al español. En 1902 ya apreciaba en su verdadera dimensión al gran novelista Máximo Gorki (1868-1936).  En un artículo de La Nación del 10 de febrero de 1902 enviado desde París, anota: “Gorki es la voz que clama en la estepa; y el mundo le escucha porque ha tenido la suerte de llegar en buena hora, Gorki es lengua de su pueblo; y como es hondamente humano, su palabra es comprendida por toda la pensativa humanidad. Es vasto pensador, brotado entre la muchedumbre como alto pino en una floresta [...] Es el San Juan de Dios de los malditos”. 

La novela Tomas Gordeieff traducida por Darío

Dos especialistas en literatura rusa han comprobado que en este artículo Darío no cita a Tomás Gordeieff (1899), la novela de Gorki que traduciría del francés el mismo año de 1902. Pero no resultó feliz y el propio traductor se refirió a ella negativamente: “una traducción de una novela que firmé en gracias a la adorada bohemia y de la cual no me quiero acordar” (Autobiografía / Posdata en España).  Sin embargo, fue publicada y reimpresa varias veces por Maucci en Barcelona; también se editó en México (1958) y en Argentina (1959).

“El amigo Azarof”

A un excepcional ejemplo de cronismo periodístico, “El amigo Azarof”, se le ha otorgado categoría de cuento y, de hecho, lo es. Data de 1905 y su contexto es la revolución rusa de ese año. Posee los elementos que caracterizan a toda narración breve: singularidad, intensidad, verosimilitud y atención del lector, despertada desde el principio hasta el fin. En esta pieza, Darío manifiesta su solidaridad con el pueblo ruso frente a la autocracia zarista. Azarof –retratado fielmente en su condición de revolucionario– “protege” a dos camaradas. Uno es “una joven que estudia medicina […], una belleza soberbia e imponente”. Pero Azarof “no tiene menor interés sensual ni sentimental por esa cuerda y admirable amiga”. Acaba de acontecer en Petrogrado la masacre del 9 de enero de 1905 y llega a despedirse de su amigo hispanoamericano. Va a tomar el tren de la noche para dirigirse a su tierra y luchar por su pueblo inmenso. Darío vio luego a la amiga de Azarof y adivinó en sus ojos, al hablar de la partida del amigo comú
n, más orgullo que pesar. El cuento-crónica termina con este diálogo: “–¿Qué, no hay amor? –le pregunté –Sobre el amor –me dijo– está la libertad”.