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El polígrafo mexicano Alfonso Reyes, nacido en Monterrey, 1889, murió infartado del corazón en 1959. El próximo año, pues, se conmemorará el sesenta aniversario de haber concluido la plenitud escritural de su vida. Una vida no tan longeva (¡setenta años!), pero suficiente para alcanzar un rango colosal, sometida al orden sistemático, a la sabia rutina, a las ejecuciones verbales, extensas, intensas e incesantes. Reyes escribió poemas líricos y uno dramático (Ifigenia cruel), aunque desconfiaba de su estro; cuentos, relatos, ficciones de sustentación autobiográfica y libresca; crónicas y evocaciones, artículos y ensayos, reseñas y prólogos, cartas (miles se conservan inéditas y no pocas colecciones de ellas se han editado).

Su abuelo paterno: un nica

En “Parentalia”, primer capítulo de sus memorias, evoca el rostro severo, geométricamente rígido, de su abuelo paterno: don Domingo Reyes. Nacido en León de Nicaragua, Domingo frisaba los diecinueve años cuando su padre manchego Doroteo se trasladó a Guadalajara, México, con sus hijos Onofre, Norberto y Domitila. Fernando VII, en pago de servicios, le concedió el cuello de encaje, el bastón y el mando de esclavos. Por tanto, llegó a ser un hombre acomodado, dueño de prósperos negocios.

Domingo Reyes se les unió después a bordo de un barco que salió de El Realejo. A medio derrotero, el barco sufrió un ataque pirático y sus tripulantes fueron robados y pasados a cuchillo. El muchacho solo fue despojado de lo que llevaba encima y abandonado, completamente desnudo, en alguna costa occidental de México. Su nieto lo conoció a través de un daguerrotipo: la boca fina, las cejas rectas, los ojos fulminantes y las largas patillas descendiendo hasta los picos del cuello, plasmándole un aire inesperado de Wellington, vencedor de Napoleón.

Visita a su capilla

Innumerables eran las cuartillas que pasaban a la imprenta (redactaba, simultáneamente, varios libros). Además, dejó un minucioso diario íntimo. “Escribía con las dos manos al mismo tiempo” —bromeó mi acompañante, Ernesto Mejía Sánchez, a la primera y única visita que hice a la Capilla Alfonsina: su vasta biblioteca de dos grandes hileras (una encima de la otra) de volúmenes en cada una de sus cuatro paredes. ¿La fecha? Abril de 1969. Poco después, en la tertulia granadina de Enrique Fernández Morales, Lizandro Chávez Alfaro dictaminaba: “Más que un creador, fue un asimilador de cultura”. “¿Te parece poco?” —le respondió Juan Aburto. En realidad, don Alfonso siempre será insuperable y aún no es posible medir su magnitud.

Árbol tutelar y cosmos racional

Cordial, Alfonso Reyes ejercía la inteligencia con diafanidad y expansión dionisiaca, no obstante su rigor apolíneo. Era un árbol tutelar, con las ramas abiertas a todos los vientos; un cosmos racional, un artista de la palabra y la erudición, pese a que no haya producido nada genial, como lo señala Mario Vargas Llosa. Sin embargo, enseña a escribir como pocos modelos e ilustra con sus conocimientos ecuménicos. Mexicano raigal, o sea profundo, demostró que para ser provechosamente nacional implican tender permanentemente a lo universal. Y un esteta de esa categoría fue este hombre de letras, filólogo consumado y auténtico humanista. Se nutrió del mundo clásico, sobre todo de la Hélade; pero esta devoción infatigable se la criticaron ciertos paisanos. A ellos, según él, les dio por repetir mecánicamente que sólo se ocupaba de Grecia, “cuando en mis cerca de doscientos libros —contra cuatro o uno sobre Grecia— he tratado, primero, de México, y después, de todos los países y algunos más”.

Su Cartilla moral

Así, don Alfonso reflexionó sobre la América nuestra con altura, trazando textos reñidos con el fárrago y la adiposidad, impartiendo lecciones de la vivificante cruzada espiritual que predicaba. Mejía Sánchez, al recibir en 1980 el premio que lleva el nombre de su altísimo maestro —el más preciado de la nación mexicana—, recordó las palabras que Reyes había escrito para los niños de su patria en una Cartilla moral, que todos los niños latinoamericanos deberían jurar: “El amor patrio no es contrario al sentimiento solidario entre todos los pueblos. Es el campo de acción en que obra nuestro amor a la humanidad. El ideal es llegar a la paz y armonía entre todos los pueblos. Para esto hay que luchar contra los pueblos imperialistas y conquistadores para vencerlos siempre”.

Juguetón y rechonchito

Con todo, su vida de diplomático y estudioso no parece haber sido tan reposada. “Tenía mucho de sátiro” —afirma Elena Poniatowska, quien lo retrata “juguetón y rechonchito”. Carlos Fuentes lo recuerda, ya cincuentenario, floreando a las muchachas que pasaban por la plaza de Cuernavaca. Otros le atribuyen travesuras amorosas. Pero él mismo confesaría en una cuarteta: “A Madrid llegaba un día, / y en San Isidro y el Prado / lindas mujeres había. / Pero mis amores son mexicanos”.

Periodización de su vida

José Luis Martínez —integral curador de la literatura de su país— no podía dejar de establecer una periodización de la trayectoria alfonsina. Es la siguiente: los años de aprendizaje (entre su nativa Monterrey y la ciudad de México) hasta 1913; la década madrileña (1914-1924), de sus veinticinco a sus treinta y cinco  años, cuando se convierte en gran escritor y maestro de la investigación literaria; los años mundanos, de 1925 a 1938, un poco despreocupados, en París y Buenos Aires, Río de Janeiro y Montevideo, no exentos de refinadas cortesías poéticas y divertimentos; el período de madurez: 1939-1950, cuando se asienta definitivamente en México e inicia otro de los grandes ciclos de su obra. Por fin, la cosecha final: 1951-1959, en la cual prepara su legado y prosigue las constantes empresas de su vida intelectual: estudios clásicos y resúmenes de literatura mexicana, principalmente.

El curita pendejo

A través de Mejía Sánchez (y de su heredero Julio Valle-Castillo) muchos ecos alfonsinos se han escuchado en Nicaragua. Especialmente elementos de su Crítica, no tanto de su Ética ni de su Filosofía. Yo he disfrutado su presencia, vía Salomón de la Selva o Rubén Darío; y, naturalmente, por recepción propia. Pero no cabe en esta semblanza registrarla, excepto una anécdota. Esta la incorporó en su “Rubén Darío en México” y no es otra que la discusión literaria del nicaragüense universalista con un sacerdote que deseaba alternar con el dios. Sentado a su lado en un vagón de tren, el sacerdote le habló elogiosamente del poeta colombiano Julio Flórez, y como Darío hiciera una muequilla dudosa, dijo el buen cura: —Sí, ya lo sé; a usted no le convence Flórez, porque Flórez no es de su escuela. A boca llena Darío, medio iracundo, le interrumpió: —Yo no tengo “escuela”, no sea usted pendejo. El curita tuvo que refugiarse en el último asiento del vagón.