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El poeta, crítico, narrador y ensayista masayés Julio Valle-Castillo (1953), publica su primer libro sobre nuestro máximo valor literario. Con el título Rubén Darío: Viene de lejos y va al porvenir (Managua, Academia Nicaragüense de la Lengua, 2017. 366 p.), reúne en un volumen el conjunto de ensayos ––16 en total–– escritos entre 1978 y julio de 2015, precedidos de un breve prólogo datado el 25 de noviembre de 2016.Cortesía/END

El título y su procedencia

El título procede de “La canción de los pinos”, poema de 1907, incorporado a El canto errante (Madrid, 1907): “¡Yo soy el amante de ensueños y formas / que viene de lejos y va al porvenir!”. En el mismo sentido Darío se juzga en “Dilucidaciones” que encabeza la obra mencionada: “He, si, cantado aires antiguos; y he querido ir hacia el porvenir…”, y en (“Yo soy aquel que ayer no más decía”), poema autobiográfico, el primero de Cantos de vida y Esperanza. Los cisnes y otros poemas (Madrid, 1905): “muy antiguo y muy moderno” (Málaga, enero de 1904), fórmula que, además, emplea como título del segundo tomo de la auto-antología que publicó la Biblioteca Corona en 1915. Es así, pues, que Valle-Castillo explicita la autovaloración dariana afirmando: “En verdad, Rubén Darío viene de las literaturas más antiguas: hebrea, griega, latina; remoza la poesía medieval, vuelve por la poesía provenzal cantada y recitada, para jugar con la heterogeneidad, el intertexto, el poema en prosa, las jitanjáforas, el caligrama, que fue contemporáneo hace más de 60 años y que hoy se sigue cultivando; pasando por la dualidad del paganismo, el cristianismo y las religiones heterodoxas” (p. 9).

Los ensayos, cada uno con su respectivo tema, han sido ordenados con independencia de la fecha en que fueron escritos, siguiendo la pista anterior, en una aspirada continuidad. Enmarcan el corpus ensayos de referencia biográfica, y entre estos se los dispone considerando de los que tratan temas en lo general, a los que abordan temas en lo específico, y de los de referencia clásica, a los que consignan innovación, y luego a los de referencia contemporánea, sin detrimento de que lo clásico y lo contemporáneo se hilvane a lo interno de algunos ensayos. 

RD: ciudadano de su tiempo

Mientras “Rubén Darío: intelectual y ciudadano de su tiempo”, el primero de los ensayos, se ocupa de desmontar las poses de apolítico, desarraigado y de evasión de la realidad, que más que “una pose personal de Darío” lo era de los modernistas hispanoamericanos. “Era una posición ética y a su vez estética: su posición de artista ante y en su contexto social; un modo ambiguo, contradictorio de impugnar a la burguesía emergente –desde México hasta Chile– a mediados del siglo… XIX” (p. 26), dice. En su trascurso expone los grandes ideales sociopolíticos que adoptó: unionismo centroamericano, hispanismo y antiimperialismo.

Muy diferente el abordaje del décimo sexto: “El lector de El Quijote”. Allí, Valle-Castillo, fingiendo a Darío como hablante, refiere otros momentos de su vida. Lector de El Quijote,  (Darío cultivó un cervantismo y un quijotismo tácito y expreso (p. 181)) y cronista de la España tras el Desastre, para culminar con esta frase: “Que NS don Quijote conceda la locura y nos conceda seguir profesando las utopías, aunque al final hagamos el ridículo, idealistas con los mismos colores del alba en tu primera salida” (p. 361).  

Del segundo al noveno, nos presenta temas y fuentes rubenianos, y nos conduce a su genio renovador. Nicaragua, los modelos grecolatinos (Homero, Safo, Ovidio, Virgilio, Horacio), Cervantes; la influencia francesa y las innovaciones introducidas en Azul… (1888), “partida de nacimiento de la corriente literaria modernista” (p. 121), y Prosas profanas (1897), “libro de formas heterogéneas” (p. 152) y “punto cimero” (p. 216) del modernismo. Azul… ––indica–– “pertenece a un nuevo orden de actividad estética y, por ende, se localiza en un nuevo tipo de poética, dentro de lo que Humberto Eco y otros lingüistas europeos de las últimas tres décadas llaman opera aperta” (p. 122); Prosas profanas “es admirable cómo Darío desde su intuición poética, a través de su cultura, es capaz de vislumbrar recursos de la poesía más allá del modernismo y muy cercano a la vanguardia” (p. 147), como intertexto.

“La otra trilogía”

Pero la verdadera contribución de Valle-Castillo se halla en los ensayos ––referidos a los vislumbres de la contemporaneidad–– que muestran la intensidad con que vivió lo expresado en el verso inicial del último de los poemas de Prosas profanas: “Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo…”. Estas vislumbres se desarrollan en el ensayo “Las otra trilogía”, donde es destacado el valor de (primera trilogía) El canto errante (1907), “por su teorización y organización, el comienzo de la poesía viajera” (p. 219), poemario del cual uno de los mejores poemas es “Epístola”, a la señora de Leopoldo Lugones. Esta pieza “inaugura una tendencia de la poesía moderna prolongada por América hasta finales del siglo XX: la llamada poesía conversacional que en Nicaragua, por su objetividad y realismo, es conocida como exteriorismo” (p. 224).

También, Valle-Castillo reconoce en Poema de otoño y otros poemas (1910) “la lírica desnuda posvanguardista” y en Canto a la Argentina y otros poemas (1914) “la épica urbana, una nueva manera y tono mayor para cantar a la otra América, la mestiza…” (p. 219). Igualmente, muestra al Darío autoantólogo, “el auténtico inaugurador de la modernidad poética en la lengua española” (p. 241),  constituida por Muy siglo XVIII (1914), Muy antiguo y muy moderno (1915) e Y una sed de ilusiones (1916), editadas por la Biblioteca Corona de Madrid.

Esta veta de contemporaneidad se extiende en los ensayos sobre “Huitzilopoxtli”, cuento que en 1966 intuía como “antecedente del realismo mágico de hoy” (p. 246) y en 1969 Ruth S. Lamb como antecesor de “los escritores de la Revolución Mexicana”, tesis que Valle- Castillo profundiza; el referido al tema del dictador, presente en las crónicas de Darío como “Historia negra” (1890) y “Epílogo de Historia negra” (1895) , y en las que se “avizora, descubre, aborda, muy tempranamente, pero otorgándole por primera vez categorías denunciantes y calidades literarias, el tema complejo del dictador, del tirano y de las dictaduras, que han tenido tanto auge e interés en nuestras literaturas” (p. 278); los neologismos y las jitanjáforas, que “adquieren  su plenitud en las poéticas, estéticas e ismos de vanguardia” (p. 313), que asoman en Darío desde muy temprano. Ejemplo de ello es el telegrama que envió Darío al periodista Pedro Ortiz el 18 de marzo de 1889: “Piquillo Liro mantequillo narro/ Rubén Darío” (pp. 317-318); y el poema gráfico, vislumbrado por Darío antes “de los manifiestos y experimentos vanguardistas” (p. 335): “A Roosevelt” (1904), de Cantos de vida y esperanza. “Pareciera sugerir un caligrama” (p. 325) y su irregularidad métrica “me parece que viene esbozando el mapa de América del Norte (los Estados Unidos y México) y de la América Central”.