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En marzo de 1908, Rubén Darío, durante su viaje triunfal a Nicaragua, pasó unas semanas de vacaciones en la isla de “El Cardón”, por invitación del doctor Debayle, y en esta ocasión hizo amistad con el hijo y las hijas de su amigo: Luis Manuel Debayle, de catorce años, Salvadora, de doce años, y Margarita, que tiene apenas siete. A cada una de las muchachas dedicó un poema: “Margarita está linda la mar”, cuento bonito en versos armoniosos, un poema que hasta el día de hoy las madres leen a sus hijos en España y América. “A Salvadorita Debayle” es un poema mucho más serio y mucho menos conocido:

                En esta vida de ansia infinita,

                   todos buscamos la salvación;

                   ¡ay, Salvadora, Salvadorita,

                   salva primero tu corazón!

 

                   Ten muy presente que en este mundo

                   sin Dios no hay vida, ni existe ser;

                   y que Dios vive, vivo y profundo,

                   entre los ojos de la mujer.

 

                   Cuando resuene la hora suprema,

                   cuando te llegue la hora de amor,

                   no pongas hieles en tu poema,

                   no martirices tu ruiseñor.

 

                   Ya viene el príncipe para tus sueños;

                   ¿es rey del oro o es del amar?

                   Incienso puro y olientes leños,

                   vienen tus sueños a perfumar.

 

                   La perla nueva, la frase escrita,

                   por la celeste luz infinita,

                   darán un día su resplandor;

                   ¡ay, Salvadora, Salvadorita,

                   no mates nunca tu ruiseñor!

 

Es un poema, como decíamos, muy serio, un poema de consejos, casi una admonición. Se ve que Darío, con su gran sensibilidad, sintió en la niña de 12 años una ambición extrema que podía resultar fatal para las aspiraciones más finas y más altas de su alma.

Once años después, para Salvadora llegó la hora de amor y vino el príncipe para sus sueños. En 1919, se casó con Anastasio Somoza García, a quien conoció en Estados Unidos, donde él estudiaba contabilidad. La aristocrática familia Debayle no aceptó fácilmente a Somoza García. Pero, vencida la resistencia familiar, se casaron por lo civil en Estados Unidos, y por lo eclesiástico en León. En 1921, 1922 y 1925 nacieron sus hijos Lillian, Luis y Anastasio. En 1933, Somoza fue nombrado jefe director de la Guardia Nacional. En 1934, mandó a asesinar a Sandino, por orientaciones de Arthur Bliss Lane, el Embajador de Estados Unidos, y con el beneplácito de los líderes del partido liberal y del partido conservador. Durante la ejecución de Sandino, Somoza asistió a un recital poético, donde la poetisa peruana Zoila Rosa Cárdenas recitó poemas de Rubén Darío. En 1936, Somoza, actuando bajo la influencia de su esposa Salvadora, propinó un golpe de estado al presidente Juan Bautista Sacasa, tío de la misma, lo eliminó y puso un fantoche. En 1937, Somoza asumió la presidencia del país, y Salvadora se convirtió en primera dama de Nicaragua.

¿Pero quizás Salvadora, en medio de un sistema cada vez más corrupto, logró salvar su corazón? Aquí tenemos el testimonio de Julio César Sandoval sobre su actuación pocos años más tarde, en 1947, cuando Leonardo Argüello, destinado a ser el presidente títere de Somoza, se rebeló contra su amo:  

“El nuevo presidente (Argüello) siguió con sus cívicas imprudencias. Retiró a todos los serviles del Gabinete, les retiró a los curas sus granjerías y envió a las Cámaras grandes proyectos. Acababa de empezar en el Gobierno y parecía un tigre. Furioso el Dictador, se enclaustró en La Curva y empezó a mover los alambres de su maquinaria política. El anciano filósofo, Don Leonardo, estaba casado con una mujer de la que, en su juventud, se dijeron muchas cosas. Tiempo pasado. Pero como en la guerra todo se vale, y Somoza y Argüello estaban en plena guerra declarada, mandó doña Yoya (Salvadora Debayle de Somoza, la esposa del General) a sus sirvientes a que se llevaran de la Casa Presidencial todos los muebles, y los cuadros y los atrezos. Se llevaron... hasta el sillón del escritorio de Don Leonardo, porque la señora decía que «todo era suyo». La Primera Dama, la esposa de don Leonardo, quiso retener unos jarrones de mata de piedra, pero dijo doña Yoya gritando: «Esos jarrones también son míos. ¿Te los querés robar? Sabía que sos puta, no sabía que eras ladrona!» La Casa Presidencial quedó vacía. Don Leonardo mandó a traer sus butacos de junco y todos los asientos de su casa, mientras abajo, en la Avenida Roosevelt, el pueblo gritaba mueras contra La Guardia.”

Definitivamente, Salvadorita había matado su ruiseñor…