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  • AFP

En Tierra Santa, al contrario de a lo que invita la imaginación, la Semana Santa se vive entre los cristianos con gran sencillez y los principales protagonistas, por encima de todo, son la fe y la curiosidad.

No necesitan adornos los escenarios donde tuvieron lugar innumerables escenas bíblicas, situados sobre todo en Jerusalén, en una reducida porción de tierra en Oriente Medio que aglutina desde la tumba de Adán, el primer hombre, según la tradición, al inicio de una de las religiones monoteísta con más seguidores del mundo, el cristianismo.

Los turistas llegan a la Ciudad Santa en grandes números en estas fecha pero no buscan seguir las grandes procesiones con pasos -una figura que no se encuentra-, o deleitarse con la comida especial de la época -que tampoco existe-.

Por lo general, abunda como en cualquier otra época del año el tradicional hummus, falafel o los shawarma (plato tradicional con carne), y aunque multitudinarias, las procesiones son muy humildes: los peregrinos portan hojas de palma, guitarras y cánticos, en el caso del Domingo de Ramos, o cruces, oraciones y aflicción para el Viernes Santo, cuando se recuerda el camino de Cristo hasta la Crucifixión.

Para los creyentes, la experiencia se centra en seguir los pasos de Jesucristo y sentirse próximos a él rememorando sus vivencias, y para los paganos, en asombrarse ante una región marcada por las referencias históricas, bíblicas y políticas.

Un madrileño que no revela su nombre y descubre la Basílica del Santo Sepulcro ha viajado aquí en estas fechas festivas "como podría haber sido cualquier otro sitio", mientras que Andrei Constastine, un cura ortodoxo rumano, eligió el destino movido por su fe y la benevolencia del tiempo antes de que el intenso sol de verano dificulte la vida en la calle.

En su caso, conmemora la cuaresma, el período de ayuno, antes de la llegada de la Semana Santa ortodoxa el próximo 28 de abril, al término de la católica, separadas desde el Gran Cisma de 1054 que dividió a las iglesias de Occidente y Oriente.

"Si te quedas aquí una hora, puedes escuchar a gente de treinta, cuarenta nacionalidades diferentes", invita Ibrahim, palestino y propietario en tercera generación de un comercio de importación de hermosas telas que se apilan en esta tienda de una de las calles más transitadas de la ciudadela, en la zona oriental de la urbe ocupada por Israel desde 1967.

Con mayor o menor afluencia, la ciudadela de Jerusalén, junto a Belén, "es el punto neurálgico del cristianismo".

Está cerca de uno de los accesos a la basílica que la madre del emperador Constantino, Helena, mandó construir en el siglo IV para señalar la tumba de Jesús y que es anfitriona de las últimas cinco estaciones del Via Crucis, una procesión que se hizo popular durante la Edad Media.

En estas fechas se incrementan las aglomeraciones a su alrededor y aumentan las colas de visitantes que quieren entrar en el pequeño Edículo que protege la tumba o tocar la Piedra de la Unción -lecho de mármol sobre el que Jesús fue amortajado- que les recibe en la principal entrada del templo gestionado por armenios, griegos y católicos, también conocido como la iglesia de la Resurrección.

La Semana Santa, como la región, "cambia mucho según la situación política", explica el franciscano Artemio Vítores, con 70 años tiene 48 de experiencia a sus espaldas en Tierra Santa, muchos de ellos, recibiendo a peregrinos. "Para que vengan los peregrinos tiene que haber paz", abunda, algo que parece darse este año, según valora Ibrahim, quien cree que una situación política "tranquila" entre israelíes y palestinos ha favorecido la llegada de turistas, aunque los negocios no terminan de despegar.

Con mayor o menor afluencia, la ciudadela de Jerusalén, junto a Belén, "es el punto neurálgico del cristianismo", dice Artemio, algo que según el fraile ha llegado a generar "fricciones" con algunas comunidades judías "que no miraban con buenos ojos la llegada de tantísimos peregrinos que copen la Ciudad Vieja".

En unos pocos días serán precisamente los judíos -que junto a los cristianos y musulmanes son los tres credos monoteístas de los que es cuna Jerusalén-, quienes acudan en multitudes al casco antiguo para cumplir con Pesaj (Pascua judía), una de las tres festividades de peregrinación al templo del calendario hebreo junto al Sukot (Fiesta de los Tabernáculos), y Shavuot (Semanas).

Y de nuevo la ciudad se llenará de fieles y curiosos interesados en conocer, de primera mano, una urbe que es parte de la historia de todos.