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Tan importante como su teatro —aunque mucho menos que su trascendente que su obra poética y ensayística––, el cuento no fue descuidado por la pluma de Pablo Antonio Cuadra (Managua, 4 de noviembre, 1912-Ídem., 2 de enero, 2002). Desde sus juveniles años vanguardistas se entusiasmó por el género, y también por la novela, sin pena ni gloria; y un episodio abordado en esa época lo constituiría su cuento “Eleuterio Real”, de los años 70. Anteriormente había recreado la tradición oral de los cuentos de aparecidos, otorgándole categoría culta; así obtuvo el primer lugar en un certamen de los años 40 de Nuevos Horizontes, con tres “Cuentos de muertos”. Al mismo tiempo, había recreado estupendamente una evocación de la defensa del Castillo de La Inmaculada Concepción frente a la invasión inglesa de 1762: “Rafaela Herrera”. Este es su primer párrafo:

"Dicen que la casa daba sobre un terraplén de talpuja. Casa grande y sobria, mezcla de señorío y de aldeanidad. Pero como estaba en alto, tenía algo como de fortaleza y algo como de palomar. Una ventana de rejas de hierro miraba hacia el horizonte lacustre".

A estos siguieron otros desprendidos en un segundo intento de novela, La Sirena, hacia 1950. El más conocido fue “El cíclope”, difundido en el Panorama del cuento centroamericano (Lima, Primer Festival del Libro Centroamericano, 1960, pp. 209-217) y en la miniantología en español del cuento nicaragüense divulgada en Italia por Franco Cerutti: Seiraccontinicaragüensi (Milano, Cisalpino Goliardica, 1978, pp. 75-81).

Pablo Antonio Cuadra infunde consistencia literaria a la oralidad. Archivo/END

La Sirena es el nombre de una lancha que los pobladores de las Isletas de Granada, frente a la costa de la ciudad, utilizan para asistir a la Fiesta de la Cruz. Hay rezo, música de marimba, baile, comida y guaro. El padrastro de una joven, borracho y enfurecido, ataca con machete a Ulises, muchacho que ha sacado insistentemente a bailar a su entenada. Es “El Negro”, un tuerto; pero Cristóbal, anfitrión de la fiesta, lo desarma. Más tarde, en el embarcadero, Cristóbal confía a Ulises un secreto: el General ––su patrón a quien persigue la Guardia Nacional–– le ha pedido que lo traslade en La Sirena a Chontales, donde encabezaría un levantamiento.

Pero los textos que revelaron la fuerza creativa de Cuadra ––y por lo cual su nombre resulta imprescindible en este desarrollo–– fueron “Agosto” y “¡Vuelva, Güegüense, vuelva!”. Publicados en El Pez y la Serpiente, el primero (en el número 1, enero, 1961, pp. 61-69), mereció este lúcido comentario epistolar de José Coronel Urtecho: “Tu cuento es sencillamente magistral, una especia de organismo vivo, cargado todo de intensidad y de potencia, un verdadero prodigio de unidad y significación, que te da en la mitad de la frente como un pelotazo y te hace ver estrellas, animales y plantas y seres humanos, en un pequeño mundo tan grande como el grande, como los que se miran en las bolas de cristal de las pitonisas. No trato de adularte. Es lo que pienso. De la prosa en que lo escribiste y que, sin duda alguna, es una misma cosa con el cuento ––como el cuerpo y el alma son una misma cosa, una sola cosa, en el ser humano–– me gustaría hablar en detalle contigo. Examinarla alguna vez juntos”.[3] Y agrega en dicha carta:

El poeta Cardenal me había dicho que la encontraba buena, muy buena, pero muy literaria. Antes de leer “Agosto” me imaginaba que él quería decir otra cosa. Eso de literario despierta en mí el recuerdo de ciertas cursilerías literarias. Estoy seguro ahora de lo que él quiso decir: fue una prosa rica. Es su efecto, una prosa rica y demasiado rica. Me hace pensar en una masa hecha con huevos y mantequilla, y clavos y canela y pasas, etc. como la carne de un pudín. Está evidentemente (considerándola absurdamente separada del cuento y simplemente como prosa) algo sobrecargada, o mejor dicho, casi sobrecargada. Pero es a eso indudablemente a lo que debe el cuento su intensidad y su potencia y su unidad elástica de bola de hule. Con todo y todo es una prosa peligrosa. (Eso quiere decir que debes siempre tratarla con miramientos, con el valor que hay que mirar lo que se teme, como tu toro al tigre y el tigre al toro) la verdad es que toda prosa no convencional, es peligrosa. Lo seguro es el verso.

Traducido al inglés por Barbara Aitken y al italiano por Francesco Tentori, “Agosto” posee un trasfondo mítico resuelto en la lucha del tigre y el toro, incorporando su autor la zona de Chontales ––y toda su significación fabulosa–– a través de una metáfora del Poder, cargada de intensidad y mágico realismo. Una intérprete nicaragüense revela que en este cuento Cuadra plantea el Poder —una relación de fuerzas, según Foucault— alegorizado en el Tigre, al que se le asocia (de acuerdo con el Diccionario de símbolos de Eduardo Cirlot) a la cólera y a la crueldad, “símbolo de la oscuridad, asimilada siempre a las tinieblas del alma y al desenfreno de todas las potencias inferiores de la instintividad”. Y puntualiza:

Dialécticamente, contra esa violencia destructora, se yergue el toro Clarín, figura sígnica que limpiará la historia pútrida de Nicaragua que asquea al narrador y al protagonista: Nicanor Villagra. Con dos palabras, lodo y sangre —leitmotiv no solo de “Agosto”, sino de la obra de Pablo Antonio— se muestra lo putrefacto, lo nefasto, manchas negras y rojas que marcan la desilusión, el desencanto y la frustración.

La alegoría de la lucha del tigre y el toro apunta hacia la historia patria tal y como se elabora y permanece en la memoria colectiva y que nuestro autor se ocupa en desvelar. Recordemos sus versos juveniles: “Tengo que hacer algo con el lodo de la historia, / cavar en el pantano y desenterrar la luna / de mis padres…"

Y “¡Vuelva, Güegüense, vuelva!”, aparecido en el número 11 (verano, 1970, pp. 35-73) de El Pez y la Serpiente, fue objetado por Beltrán Morales: “Si a rato nos apasiona, es por la rapidez y plasticidad de los diálogos que sostienen Güegüense y Macho Ratón. Adecuadamente, Cuadra recopila adagios populares y los incorpora con maestría a la narración, cuyo tema ––trágico a su manera–– ocupa un lugar secundario para los fines de esta nota sobre la función del lenguaje popular. En el caso de ‘¡Vuelva, Güegüense, vuelva!’, los diálogos de Güegüense y Macho Ratón no nacen necesariamente de la situación particular que el autor desarrolla […] A mi juicio, el material lingüístico utilizado por Cuadra pudo haber encajado en otro contexto, independientemente de la historia contada”.

Esta resulta más compleja de lo que aparenta. El mismo Pablo Antonio se encargó de explicar la significación de este cuento tendiente a la noveleta al insertarla en El Pez y la Serpiente. En resumen, reelabora un pretérito personaje––el provinciano Güegüense–– trasladado al presente deshumanizante de la capital, estructurado a base de tres tonos distintos. Y en uno de ellos se recurre con abundancia al refranero e igualmente se plantea una concepción pesimista del Poder.

Un cuento de Cuadra, “Nuevo régimen”, fue incluido por Sergio Ramírez en la primera antología “El cuento nicaragüense” (Libro del Mes, Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano, núm. 109, octubre, 1969, pp. 44-47). Pero su autor no lo tomó en cuenta al escoger una selección de su breve cuentística, ni tampoco “Mi pobre tío Ignacio”: apropiación de una “lengua narrativa” localizada en una correspondencia familiar de la última década del siglo XVIII. “Una prosa con su retórica entre solemne y concienzuda, entre Güegüense y culteranía ––observa Cuadra––, en la que vibra un drama, muy del nica-rueda fortuna que sigue repitiéndose, día a día en una y otra familia”.

"Agosto”, de PAC, posee un trasfondo mítico resuelto en la lucha del tigre y el toro. Archivo/END

Lo que se halla en Cuentos escogidos (México, D.F., Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1999. 87 p.), además de “Agosto” y “¡Vuelva,Güegüense, vuelva!”, son cinco relatos que habían integrado Esos rostros que aparecen en la multitud (Ediciones El Pez y la Serpiente, 1976), volumen predominantemente poemático. Se trata de inolvidables e impactantes retratos de personajes populares y de auténticas experimentaciones en “lenguas narrativas” ––sustentadas en el habla nicaragüense–– con sus propios ecos internos.

En otras palabras, Pablo Antonio Cuadra infunde consistencia literaria a la oralidad. Repárese en “Eleuterio Real”, un campesino norteño en lucha a muerte contra los marinos invasores; en “Bartolo Ciego” y sus desventuras de mendigo; en “Pedro Onofre”, maderero y marinero en conspiración antigobiernista; en “Rayuelo”, ejemplo de pícaro; y en “Don Medardo”. Este es el personaje más afín a la concepción de “lengua narrativa” que Cuadra exigía, ante todo, en un buen cuento; le seguían la novedad de la temática, el interés de la trama y la intensidad del conjunto. Por lo demás, “Rayuelo” tuvo una difusión transatlántica en Papeles de Son Armadans (Madrid-Palma de Mallorca, núm. CCVII, junio, 1976, pp. 307-314) y “Don Medardo” representaba al buen hablador, conversador insaciable de tertulias y velorios, “creador de idiomas”.

Posteriormente, ya finado su autor, se editó el volumen Narrativa y teatro (Fundación Vida, 2004), quinto de la Obra de Pablo Antonio Cuadra, escogida por él y con prólogo de Sergio Ramírez. Noventa y ocho páginas suman las narraciones, figurando entre ellas “Esbozo del viejo pastor” (Suplemento de La Prensa, 22 de diciembre, 1963), una emotiva estampa sustentada en el Evangelio; “Mi pobre tío Ignacio”, “Rayuelo” y otras piezas (“Michín”, “El abuelo”, “Camino-Solo”), dos “Zoosofías” (“El conejo” y “El basilisco”), de finales de los 70, más tres “Prosas de Cifar” (“El remero”, “El viento” y “Apuntes al amanecer”), remontadas a los años 50.

Solo faltó “Noche de América para un poeta español” (Leopoldo Panero: 1909-1962): una prosa maestra o poesía que narra, con su ritmo y cadencia en medio de la selva y la fraternidad.