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Febrero ha sido el mes más emblemático para los enamorados, y para muchos puede resultar perjudicial para su ánimo. Cuando sufrimos un desengaño amoroso, tenemos respuestas afectivas que se expresan en síntomas de cuadros ansiosos y depresivos; suele tratarse de cuadros mixtos.

“En una persona normal, la ruptura puede tener una respuesta adaptativa a esa nueva situación. En la adolescencia produce tentativas suicidas, conductas dirigidas a llamar la atención de la persona que ha abandonado para intentar recuperarla. Son conductas inmaduras frecuentes”, afirma Miguel Gutiérrez, presidente de la Asociación Española de Psiquiatría.

“Sufrimos reacciones depresivas, pero con un componente ansioso que pueden dar lugar a trastornos de sueño o sentimientos de baja autoestima. Es muy variable e irá en función de la estructura previa de la personalidad del individuo”, asegura el psiquiatra.

¿Cuánto dura la pena por amor?

Depende de muchas cosas y la edad es un elemento clave. En jóvenes la tristeza dura poco. Hablando de ruptura sentimental, la edad es proporcional a lo que dura la pena.

“Son edades de desarrollos psicológicos importantes. La personalidad se va confirmando y cualquier circunstancia de estas características que sea vivida como atentado contra la propia estima, produce una herida que tiene una connotación narcisista de orgullo herido. Una herida que dura lo que tarde en ser sustituida por otra persona capaz de cubrir esa crisis”, afirma Miguel Gutiérrez.

En otras edades es más complicado. “En adultos o incluso en la tercera edad, una ruptura puede vivirse como un acontecimiento serio que puede precipitar trastornos importantes, depresiones o trastornos de ansiedad”, indica el especialista.

Las armas de las que disponemos son distintas en cada persona. “Existen personalidades con recursos psicológicos para neutralizar la ansiedad y el estrés que produce la dinámica social. Personas maduras que tienen desarrollada la capacidad para resolver estos problemas y otras que se ahogan en un vaso de agua. La vida es un continuo entrenamiento”, señala Gutiérrez.

Es química

Cuando estamos enamorados, el cuerpo genera las hormonas del placer: la dopamina y la oxitocina. Estas sustancias actúan sobre unas zonas del cerebro que hacen que nos sintamos queridos, a gusto, bien, que le importamos a los demás, valorados, en definitiva, sentimos placer.

“Cuando el cerebro no obtiene esas sustancias, se genera un estado de tristeza gracias a hormonas como la noradrenalina o estresores como el cortisol. Estas dos hormonas surgen cuando hay una carencia de oxitocina y dopamina”, explica el psicólogo Rafael Gómez.

“Existen neuroredes que se van a activar en función de qué hormonas predominan en un determinado momento en nuestro cerebro; neuroredes asociadas a la tristeza que contienen pensamientos como: no me quieren, tengo algún defecto… y otras que se activan cuando tenemos oxitocina o dopamina con pensamientos tales como: soy atractivo, interesante, me valoran, me quieren. Eso lo hacemos desde que somos bebés”, subraya el psicólogo.

Ciclo de la vergüenza

Muchos de los procesos del amor son reactivos. Desamor y dolor físico. “Nosotros hablamos del ciclo de la vergüenza. Cuando una expectativa se cumple recibimos una dosis de oxitocina y de dopamina. Cuando ocurre lo contrario, entramos en el proceso de la vergüenza: una etapa de frustración en la que predominan la tristeza y la pena, seguido, para reequilibrar el sistema, de una etapa de enfado y rabia, que puede ser o no externalizada y después otra etapa de culpa. Es una reacción en cadena”, asegura el experto en Psicología.

Cada persona tiene grabados los sentimientos en zonas distintas. La tristeza o la ansiedad de cada uno tienen un mapa corporal distinto.

Cada ser humano tiene distintas neuroredes que se han ido asociando con estados corpóreos, para algunos la frustración se evidencia en la piel, el estómago, la garganta.

“Tiene que ver con el género. Las mujeres son más complejas a nivel hormonal. A las mujeres les afecta más al sistema endocrino y a los hombres tiene que ver más con órganos en concreto”,  apunta el psicólogo.