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La degeneración macular asociada a la edad (DMAE) es la causa más común de disminución severa de la visión en el mundo occidental. Se trata de una enfermedad degenerativa que provoca un daño progresivo en las células de la mácula (parte central de la retina).

En España, el porcentaje de personas de más de 65 años que la padecen es del 13%. Además, al estar íntimamente relacionada con el envejecimiento, se estima que su ya alta prevalencia pueda doblarse en los próximos 20 años, debido al aumento de la esperanza de vida de la población.

Clasificamos la degeneración macular asociada a la edad en 2 variantes, con diferente evolución y pronóstico:

La DMAE seca. La más frecuente pero menos grave. Afecta al 80% de los pacientes y se caracteriza por una evolución lenta (años) y una progresiva pérdida de la visión central, pero no ceguera.

La DMAE húmeda. La menos habitual pero más grave. Con severa y rápida pérdida visual (días o semanas) a consecuencia de la formación de vasos sanguíneos anómalos, que forman una malla vascular por debajo de la mácula y que conocemos con el nombre de membranas neovasculares.

En cuanto a la clínica debemos saber que en las formas leves y cuando solo un ojo está afectado, los pacientes pueden no tener síntomas. Sin embargo, cuando la enfermedad progresa el paciente acusa visión borrosa, empieza a ver las líneas y objetos distorsionados, para más tarde acusar una mancha central que va aumentando progresivamente. Todo ello conllevará una dificultad para realizar tareas de la vida cotidiana como leer, escribir, conducir, cocinar, etc.

Síntomas de alarma

Ante cualquier síntoma de alarma, se aconseja acudir al oftalmólogo para poder ser valorado y eventualmente tratado en el menor tiempo posible, para limitar al máximo las secuelas visuales irreversibles que ocasionan la degeneración macular asociada a la edad sin tratamiento.

Cuando un paciente relata los síntomas antes comentados, basta con la valoración del fondo de ojo para realizar la diagnosis.

En ocasiones, realizamos una angiografía fluoresceínica (inyección de un contraste endovenoso que permite estudiar con mayor detalle la localización y tamaño de las membranas neovasculares) para confirmar el diagnóstico; y una tomografía de coherencia óptica (scanner a nivel de la mácula, que muestra signos indirectos de actividad de la enfermedad) para ayudarnos durante el seguimiento.

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