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El metabolismo preparado para el dulzor de la glucosa se descontrola con las otras sustancias dulces que ingerimos que no tienen calorías. Este desajuste puede ser la causa de problemas cardíacos, hipertensión o sobrepeso.

Los edulcorantes artificiales, sobre todo en las bebidas, son el remedio buscado –y vendido- para perder peso. Pero un número creciente de estudios, sobre todo estadounidenses, apuntan a que tampoco son tan saludables. Cierto es que no aportan calorías como la glucosa, pero su consumo excesivo puede llevar a problemas de metabolismo, cardíacos, hipertensión o incluso a un efecto rebote de ganancia de peso, apunta Susan Swithers, profesora de Comportamiento Humano y Hábitos Alimenticios de la Universidad de Purdue de Indiana, Estados Unidos. Pero Swithers va más allá, y en un artículo publicado en una revista del grupo Cell Press da una explicación: el organismo se despista con el sabor y el metabolismo se desajusta.

El estudio, hecho en animales, apunta a una curiosa explicación: la ingesta de edulcorantes –algo artificial- desata en el organismo la respuesta que sería adecuada cuando se toma azúcar –lo natural-. Ello implica la producción de insulina y todos otros procesos metabólicos, lo que ocurre es que esas hormonas se encuentran con que no tienen sobre qué actuar, lo que supone un desajuste metabólico. 

Hallazgos

Además, cuando llega una ingesta de azúcar de verdad, el organismo, maleducado por las experiencias anteriores, no se la cree y no reacciona.

“Hemos hallado que dentro de los centros de recompensa del cerebro, el gusto dulce está integrado con el contenido energético”, señaló Greg Neely del Centro Charles Perkins de la Universidad de Sydney y el Instituto Garvan de Investigación Médica: “cuando dulzor y energía están desequilibrados durante cierto tiempo, el cerebro recalibra y aumenta el total de calorías consumidas. En otras palabras, cuando el cerebro detecta una menor ingesta de azúcar, responde generando una sensación de hambruna que obliga al organismo a consumir alimentos. Con lo cual en última instancia, se consigue el efecto contrario al que se busca con el consumo de edulcorantes, ya que se gana más peso al ingerir más alimentos”.

Aunque se trata de un estudio previo, el primer objetivo de Swithers está cumplido. Parte de los efectos adversos del consumo de edulcorante (siempre en grandes cantidades), se atribuían al propio individuo. “Como no tomo azúcar, puedo comerme esta hamburguesa”, ejemplifica Swithers. Pero, lógicamente, en los animales esto no sucede así.

 “La preocupación para la salud de estos edulcorantes no calóricos es algo que mucha gente no quiere admitir”, dice Swithers en la web de la universidad. “Especialmente porque cada vez se toman más estos productos”. “Hay una gran presión por parte del sector público para encontrar soluciones que contrarresten el aumento de la obesidad y las enfermedades crónicas, y hay mucho dinero y negocio en juego para la industria alimentaria que desarrolla y promueve estos productos”, añade. “Las bebidas se están convirtiendo en un asunto clave en la política sanitaria y más a medida que los gobiernos implantan impuestos para evitar el consumo de bebidas azucaradas, pero la mayoría de estas medidas excluyen las bebidas con otros edulcorantes porque se consideran sanas. A la hora de tomar decisiones políticas, es más importante que nunca se tenga en cuenta lo que dice la ciencia”