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Una etiqueta con los colores del semáforo está entre las opciones que los países tienen para advertir de la mala calidad de los alimentos en su lucha contra la obesidad, a pesar de los recelos que esas medidas despiertan en la industria.

 En los últimos años, el rápido aumento del sobrepeso y la obesidad a cerca de 2,000 millones de personas se ha vuelto un problema de salud pública que tiene mucho que ver, según los expertos, con el mayor consumo de productos ricos en azúcar, grasas y sal.

Para frenar esa escalada, algunos países han querido introducir etiquetas en la parte frontal de los envases, advirtiendo a los consumidores de la calidad de lo que comen.

Uno de esos instrumentos es un código con colores que van del verde, para los productos más sanos, al rojo, para los menos, y que en la Unión Europea (UE) ha sido implementado en el Reino Unido y propuesto en Francia, siempre como algo voluntario.

Bélgica está estudiando el modelo del país vecino, conocido como el semáforo Nutriscore y alabado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), mientras que el Gobierno español anunció recientemente que lo impulsará por decreto.

 Cinco multinacionales se adelantaron este mes presentando su propio “semáforo nutricional”, pero días después dieron marcha atrás tras las críticas recibidas por indicar el contenido de distintos nutrientes en porciones variables y no en cien gramos, como sería lo correcto para evitar confusiones.

Fuentes de la Comisión Europea precisaron a Efe que pretenden publicar “en los próximos meses” un informe que analice los nuevos sistemas frontales de etiquetado voluntarios en la UE, su efecto en el mercado y la conveniencia de una mayor armonización.

Además, los países han iniciado conversaciones para elaborar directrices comunes en el Codex Alimentarius de la ONU, que establece normas alimentarias de referencia mundial.

Según la información aportada por 34 estados a ese órgano, 25 han optado por implementar normas de etiquetado frontal y otros 9 solo por proponerlas; casi todos los casos son de aplicación voluntaria y la mayoría se ha elaborado con la participación de la industria.