•  |
  •  |

Hija de una psicóloga y un médico —españoles—, Maite Fernández Huergo nació en Burundi, en África, pero ante el comienzo de la guerra civil entre hutus y tutsis, sus padres se trasladaron a Bélgica mientras elegían dónde querían que crecieran sus hijos. Oscilaron entre Centroamérica y Sudamérica, hasta que se decantaron por Nicaragua, lugar en que Fernández vivió y estudió por 9 años.

Graduada del Liceo Franco Nicaragüense, la joven se fue a España a estudiar Sociología, y el año pasado comenzó su especialidad en Cooperación Internacional. Actualmente vive en Buenos Aires (Argentina), donde realiza una pasantía en el consulado ibérico.

¿Por qué te decidiste a estudiar Cooperación Internacional?

Por seguir un poco los pasos de mis padres y por la vida que hemos llevado hasta ahora. Nací en Burundi, uno de los países más pobres del mundo, y cuando empezamos a notar los primeros indicios de la guerra nos tuvimos que ir. Decidimos irnos a América Latina, empezando por Costa Rica, Guatemala, Argentina y Nicaragua, donde estuve 9 años.

Siempre estuvimos en países subdesarrollados o en vías de desarrollo, por lo que siempre fui consciente de las enormes diferencias sociales que hay, de lo bien que viven unos pocos y lo mal que viven otros muchos, y te da rabia.

¿Cómo ves la cooperación internacional en los países que has estado?

Mal. Empecé a volverme muy crítica con la cooperación. Te empezás a dar cuenta de que todo funciona por intereses propios, nadie hace nada por “amor al arte”, y los pocos que lo hacemos no tenemos los recursos necesarios para hacer algo realmente importante. Me di cuenta de que la cooperación no es más que otro “business” para seguir enriqueciendo a los de arriba. La ayuda humanitaria es necesaria para la resolución de conflictos y la mejora de condiciones de vida de los necesitados, sin embargo no siempre es lo que un país necesita. Hay que aclarar que todos deberíamos sentirnos obligados a prestar ayuda ante una situación de crisis humanitaria, pero hay que tener en cuenta también que no vale cualquier ayuda o cualquier intervención humanitaria.

La cooperación internacional va en la misma línea que la ayuda humanitaria. Nos estancamos poniendo tiritas, y olvidamos que el desarrollo tiene que ir creciendo de acuerdo a los intereses y necesidades de quienes lo viven. Países y organizaciones internacionales con sus políticas, sus ONG, sus misioneros, sus laicos, cada uno actúa por su cuenta creando una red compleja de actividades que interfieren unas con otras, dando lugar a un desarrollo competitivo y muchas veces conflictivo, que solo lleva a la creación de una sociedad que piensa que vivir es poner la mano y esperar la ayuda externa. Les vendemos nuestro modelo de vida y no les animamos a crear el suyo.

¿Cómo se podrían solucionar estas problemáticas?

Lo vital y esencial para el buen desarrollo de una sociedad es trabajar sobre la base de una buena educación. Es difícil comprender una cultura fuera de su contexto y así nos encontramos nosotros, fuera del contexto de la gente a la que queremos ayudar. No se trata entonces solo de educar al otro, sino educarnos a nosotros mismos. Aprender a ponernos en su lugar, interpretar de forma objetiva sus necesidades y no creer que nuestro modelo de pensamiento y sociedad sea lo mejor para todos. Ser más creativo a la hora de plantear soluciones. La mayoría de los proyectos de ayuda al desarrollo tienen objetivos muy poco sostenibles que subsisten solo mientras dura la ayuda.

Viviste en Burundi, Bélgica, Costa Rica, Guatemala, Nicaragua, España, y ahora Argentina… ¿Qué destacarías como el mayor aprendizaje de tus viajes?

Creo que el haber tenido la ocasión de conocer gente, culturas y países diferentes me ha hecho tener una mente más abierta. Me ha ayudado a interactuar con la gente, intentar comprenderla y no cuestionar ni juzgar su cultura. Me adapto fácilmente a todo, y aprendo nuevas cosas constantemente. He aprendido a ser más tolerante y humilde.

Me fui a Eslovenia todo un año a estudiar y te puedo asegurar que fue el mejor año de mi vida. Viajé a países que no tenía ni idea que existían, conocí gente con culturas totalmente diferentes a la mía, aprendí un idioma del que nunca había escuchado hablar… Todo eso te enriquece y te ayuda a madurar y a formarte como persona.

¿Qué sentís cuando vas en un avión, camino hacia otra etapa de tu vida, que en tu caso es también otra cultura?

Curiosidad, emoción. Cada viaje es un desafío con el que vas aprendiendo nuevas cosas. Me lo tomo como una prueba, el viajar sola e intentar hacer las cosas por ti misma, ver hasta dónde podés llegar. Obvio, esto no lo podría hacer sin la ayuda de mis padres (risas), pero espero algún día poder hacerlo yo sola sin ayuda de nadie. Si no me hubieran dado la vida que me dieron, te aseguro que no sería la Maite que conocen todos.

¿Qué es lo más duro que has visto en tus viajes?

Conocer realidades tan diferentes, las diferencias sociales, la injusticia. Lo más duro es ver cómo la inocencia de los niños va desapareciendo, cómo su infancia se ve destruida por la pobreza. En Burundi, por ejemplo, como en muchos países, te encontrás con niños de 4 años trabajando como si fueran ya hombres hechos y derechos.

Lo que más me chocó ahora que fui fue ver a todos los niños, adultos y mayores descalzos. No tienen ni para un par de zapatos. Ya podría alguna ONG donar zapatillas y dejarse de tanto pozo y máquinas que nadie utiliza.

¿Y qué sería lo más lindo?

Ver que, a pesar de vivir en condiciones infrahumanas, estas personas son mucho más generosas y humildes que los demás. No tienen nada, y lo poco que tienen te lo ofrecen, siempre con una sonrisa. Eso lo vi sobre todo en Nicaragua, y fue lo que me hizo enamorarme más de ese país y de su gente.

Después de haber vivido 9 años en Nicaragua, ¿cuál es tu relación con este país?

Teniendo en cuenta que es el país en el que más tiempo hemos vivido, puedo decirte que Nicaragua es mi hogar, es el único país al que puedo llamar “hogar”. Habré nacido en Burundi, tendré la nacionalidad española y la argentina, habré vivido en varios países, pero siempre me he considerado nica.

¿Cómo ves tu futuro, tenés alguna meta clara?

Me lo pregunto todos los días. No tengo ni idea, ahora mismo estoy en Argentina, pero dentro de dos meses puede que esté en otro lado.

Lo que sí tengo clarísimo es que quiero seguir los pasos de mis padres, intentar hacer lo máximo posible para mejorar la situación de los más necesitados y desfavorecidos, empezando por Burundi y Nicaragua. Pero para eso tengo que seguir formándome y aprendiendo, soy joven y me queda mucho por aprender y descubrir.