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Jorge Canda, preso por razones políticas, iba a cumplir 16 meses y 33 días en la celda número cinco del ala oeste de "La Aviación", cuando se produjo el terremoto y los reos descubrieron que una de las paredes se había desplomado. Junto a otros detenidos, aprovechó la oportunidad y salió libre.

En calzoncillo, descalzo, subiendo y bajando cadáveres llegó hasta su casa aquella madrugada del 23 de diciembre de 1972. Abrazó a su padre por detrás y casi lo mata del susto. Un guardia le había comentado que los presos políticos que llegaban a "La Aviación", no salían de allí con vida.

40 años después del terremoto de ManaguaEn esta terrible prisión, ubicada en Carretera Norte, había entonces seis presos politicos y todos se fugaron. Canda narraen este reportaje el traumático "paseo" de esa madrugada, un recorrido que revivió cada noche durante los diez años siguientes.

-¡Levántese ‘pueta’, levántese!- gritaban

Pero el ‘pueta’, que jamás en su vida había escrito un solo verso, no podía levantarse. Tenía el pie derecho prensando entre la pared y su camarote de madera. No sabía qué estaba pasando. No veía nada, pues había mucho polvo y se escuchaba un concierto de lamentos. Ocurrió una calamidad mientras el ‘pueta’ dormía.

Aquella madrugada del 23 de diciembre de 1972, iba a cumplir 16 meses y 33 días en la celda número cinco del ala oeste de “La Aviación”, una cárcel común en Carretera Norte, adonde iban a parar los ladrones de poca monta, los picados que quedaban tirados en la calle, y a la vez, donde aglomeraban a los presos en espera de su sentencia. Era un galerón de taquezal cuyas celdas estaban divididas por mallas de alambres. Muy cerca de la cárcel había algunas casas ocupadas por tenientes y subtenientes de la Guardia Nacional.

El ‘pueta’ llegó allí por revoltoso, por “comunista”, por “incitador”, como el régimen somocista y sus medios de comunicación tildaban a los jóvenes involucrados en el Frente Sandinista. Su nombre es Jorge Canda y entonces era estudiante de Economía, en la Universidad Centroamericana, UCA.

Canda, a quien sus compañeros de celda llamaban ‘pueta’, sin que hasta la fecha él sepa porqué, dormía en calzoncillos esa madrugada fatídica, ya que las celdas de “La Aviación” permanecían iluminadas todo el tiempo, provocando un calor infernal.

Uno de los primeros temblores previos al terremoto lo agarró de pie, junto a los barrotes, volando lengua con Rodolfo López Huerta, otro preso político. A las 10:00 pm, como era la costumbre, todos se echaron a dormir. Siete hombres más lo acompañaban en la celda, él se acomodó en uno de los camarotes de abajo mientras en el de arriba ubicó algunos objetos personales y la guitarra que le habían llevado sus familiares.

Terremoto 1972

Vista aérea de Managua un día después del terremoto.

Los otros cinco presos políticos que estaban en esa cárcel, Rodolfo López Huerta, Axel Somarriba, Raúl Arana, Emmet Lang y Gustavo Villanueva, dormían en las celdas continuas. Oscar Benavides, José Benito Escobar, Daniel Ortega y Julián Roque, entre otros, estaban recluidos en “La Modelo”.

Una cuerda cercaba el atrio de la Catedral de Managua. Mientras los reos dormían, una centena de jóvenes estudiantes de secundaria y de la universidad, algunos católicos, otros evangélicos, simpatizantes del Frente Sandinista, de la Juventud Socialista Nicaragüense y los menos sin ninguna afiliación, liderados por el padre Fernando Cardenal, participaban del “Ayuno Profético”.

Entre las dos torres de Catedral estaba una manta que rezaba: “Cristo vino a liberar a los pobres”.

Cerca de la medianoche del 22 de diciembre de 1972, Cardenal recuerda que se acostaron en el atrio. “Estábamos pidiendo una Navidad igual para todos y una Navidad sin presos políticos. Se consiguieron los dos objetivos en pocos segundos”, recuerda con ironía el padre Cardenal, quien entonces era catedrático de la Universidad Centroamericana y estaba encargado de la formación de los estudiantes.

Cardenal cuenta que la finalidad del ayuno, que se iba a extender hasta el mediodía del 25 de diciembre, era llamar la atención de la gente.

Ese año Eva Sacasa había desertado de un college para mujeres en Washington, donde su padre la envió.

“El 22 de diciembre me uní al ayuno que jóvenes de distintas organizaciones estaban realizando en la Catedral de Managua”, cuenta. Pero a la hora de la sacudida, cuando salieron corriendo hacia la plaza, Eva ya no estaba.

“Mi madre llegó a buscarme a las 11 de la noche, diciendo que mi padre estaba mal de salud por la preocupación de que yo estuviera allí. A esa hora ya se habían presentado temblores”.

-¡Pueta, levántese!-insistían

A Canda le dolía el ojo del pie derecho, pero pudo incorporarse con ayuda de Santos, un exguardia condenado por haberle disparado a un señor con su Garand mientras hacía posta en el aeropuerto; y de “El Chacal de San Judas”, preso por matar a su esposa en un arrebato de celos. Eran las 00:23 horas del 23 de diciembre.

“A esa hora ya había un concierto espantoso de gritos, alaridos y lamentos. "Auxilio, sáquennos de aquí", se oía. En medio de tantos alaridos logré escuchar a un hombre que estaba en la celda de Emmet Lang, uno a quien habían condenado a cuatro años por tráfico de marihuana, era muy, muy simpático, muy amigo de nosotros. Escuché que le dijo: "Emmet, por aquí atrás está la salida’”, recuerda Canda, sentado en una oficina de la Asamblea Nacional, donde labora como asesor.

Hasta entonces se voltearon hacia atrás y supieron que la pared que estaba a sus espaldas, cerca de donde estaba el lavabo, había caído.

Terremoto 1972

Vista aérea de Managua un día después del terremoto.

“Nosotros habíamos estado entre dos, tratando de derribar las verjas, pero cuando oímos, nos volvimos hacia atrás y vimos que no había pared trasera. Esas paredes estaban construidas unos tres metros sobre el nivel del suelo, entiendo que antes allí funcionaba un hospicio. Eso hizo que con el terremoto, en su movimiento oscilatorio, las paredes se derrumbaran hacia el norte, hacia afuera”.

Lograron escapar del perímetro del penal con ayuda de las mujeres de algunos tenientes y subtenientes de la Guardia que tenían sus casas en la misma área. “Por aquí es la salida”, les decían.

Lo que vino después fue una travesía que Canda cuenta en treinta minutos. Un paseo, dice él, que vivió en calzoncillos y descalzo, acompañado por Santos y “El Chacal de San Judas”. Fue una caminata que les tomó muchas horas y que le dejó muchos traumas. Los diez años siguientes continuó con pesadillas. Se despertaba por las noches con las imágenes frescas de esos tumultos de cadáveres y de esa Managua que falleció en las vísperas de la Navidad.

“En calzoncillos, descalzos, agarramos toda la Carretera Norte hasta llegar al Parque Candelaria. Por El Calvario me encontré a Adán Fletes, era democratacristiano, no me prestó ayuda. En ese momento nos agarró el segundo terremoto. Después busqué a otra amiga, Glenda Monterrey, una linda mujer, estaba sentada con su familia en la acera, su casa se había caído. Me dio dinero”.

“Seguí hasta el Parque San Sebastián, me encontré con el Calasanz en llamas, allí me dieron zapatos, ropa, dinero. Luego mis dos acompañantes cobraron conciencia de que conmigo corrían peligro, porque sobreestimamos a la Guardia, pensamos que estaban preocupados por nosotros, así que les di del dinero que me regalaron. Pasé por el cementerio, por Monseñor Lezcano, hasta llegar a Miraflores. Encontré a mi papá de espaldas, sentado. Lo abracé. Casi muere al verme. Le habían dicho que nadie había sobrevivido en La Aviación”.

Canda jamás volvió a ver a Santos ni al “Chacal de San Judas”. A algunos de los otros reos políticos los miró hasta el triunfo de la Revolución.

Navidad sin reos

Un día antes se organizó un “Ayuno Profético” promovido por jóvenes universitarios y de secundaria, dirigido por el padre Fernando Cardenal. “Navidad igual para todos y sin presos políticos”, demandaban.

Un centenar de muertos

Según las publicaciones de la época, al menos 100 personas murieron esa noche en “La Aviación”. El mayor número de muertes ocurrió en las celdas 12 y 13, ubicadas el este del penal. En ese sitio hoy funciona la Estación policial “Ajax Delgado”, sobre la Carretera Norte.

De acuerdo con esos medios de prensa, uno de los presos que huyó fue identificado como Uriel Mendoza Sarria, quien se encontraba detenido por la muerte de Maximina Vargas.

“Había un concierto espantoso de gritos de auxilio, de lamentos. 'Sáquennos de aquí', se oía”.
Jorge Canda