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Managua, capital de Nicaragua. La ciudad que creció en un 800% de 1931 a 1972, de pronto dejó de ser atractiva. Una noche bastó para que quienes un día llegaron a ella cargados de esperanzas, decidieran darle la espalda.

40 años después del terremoto de ManaguaDespués de la sacudida de aquel 23 de diciembre de 1972, el fenómeno migratorio fue a la inversa. Muchos "terremoteados" recogieron lo poco que pudieron e invadieron las vías hacia los departamentos, huyendo del horror provocado por el caos en el centro de la próspera Managua, que se había preparado para celebrar la Navidad.

La romería fue igual hacia el norte, el sur, el este y el oeste. En tren, carretas, autos y camiones, el éxodo de los managuas fue inevitable y le dio la vuelta al mundo entero, que atónito contempló cómo el centro de una ciudad próspera quedaba abandonado.

Un éxodo traumático

Sentada en su mecedora, cuenta su historia que parece una novela. "Recuerdo todo como si fuera ahorita. Estaba sentada en la cama, volteé a ver hacia arriba y vi que todas las tejas se habían caído, las tenía encima pero no las sentí. Lo más impresionante fue que se abrió un boquete en el techo por el que miraba la luna que estaba bella, estaba que era el día”.

Apenas comienza a relatar y su voz tiembla. Trata de describir el momento en que la furia de la tierra se desató: "Eso fue lo más horrible en mi vida, ver la tierra cómo tumbeaba, parecía que era el agua del mar cómo se movía. Más impresionante fue ver que unos furgones cargados de ladrillos parecían carritos de juguete. Las casas parecían de papel. Créame que a mí me marcó el terremoto, desde entonces no hay diciembre alegre”.

Así fue la vivencia de Carmen Pérez Aguirre, al comenzar la madrugada del 23 de diciembre de 1972. Su vivienda estaba del Arbolito 4 cuadras arriba, una dirección muy conocida en la Managua de la época.

Ella y su familia descansaban porque al amanecer del día 23 matarían los cerdos que habían engordado todo el año, para celebrar la Navidad. Esta cena ya no fue posible porque el sismo acabó con cualquier preparativo y engulló todo lo que pudo en las grietas que abrió en el suelo de la capital de Nicaragua.

En otro extremo de Managua, la familia Montiel había celebrado una cena la noche del 22 de diciembre, en su casa, cerca del Colegio María Mazzarello, en el barrio Altagracia. En este festejo prenavideño participó la familia López, que por la ocasión se trasladó desde su hogar, ubicado cerca de la Hielera Sequeira.

“Estábamos recién acostados. Me dormí comiéndome una manzana que me robé del refrigerador. Me desperté con el primer movimiento que me botó del catre. La casa no cayó con el primer temblor y logramos salir, pero ya con el segundo sí se vino abajo el techo. Eso fue tremendo, una cuestión terrible, estremecedora, se generó mucho polvo, caos. Fue traumático”, recuerda Fernando López, entonces un adolescente de 15 años.

El sol develó un cuadro macabro

Managua perdió en un instante el brillo de las luces artificiales que animaban al comercio navideño. Todo quedó a oscuras, y en medio del terror, los precavidos gozaron de la ayuda de linternas y velas; otros tuvieron que guiarse por la claridad nocturna que en algunas zonas de la ciudad se enrojeció por los incendios.

“Nos quedamos a oscuras, toda la familia reunida en el patio, a ciegas, tratando de ubicarnos en lo que era nuestro hogar. Era como estar en un sitio desconocido, pero sin salir de casa”, dice Carmen Pérez, una profesora nacida y educada en Managua.

“La luz se fue en toda Managua, sin embargo, nos organizamos un grupo de vecinos para circular por los alrededores y ayudar a la gente que estaba en peligro”, cuenta López.

Y después, en medio del caos, quizás muchos hubiesen deseado que la oscuridad fuese eterna, porque las imágenes que acompañaron la salida del sol, fueron muy duras. "Cuando clareó nos salimos y fue horrible ver que las calles estaban llenas de muertos. Por ese sector pasa una falla, por eso se dio la mortandad. Varios vecinos nuestros estaban ahí, tirados, algunos con las paredes encima. Esa mañana fue traumática, no había ni agua para tomar”, recuerda Carmen, hoy habitante de la ciudad de Diriamba, a donde se fue a refugiar.

Aún lleva consigo una imagen de la Purísima Concepción de María que es terremoteada, porque fue una de las pocas pertenencias que su padre logró rescatar.

“Murió una familia muy cercana porque les cayó la casa, otras familias amigas quedaron totalmente desarticuladas. Fue monstruoso, insoportable, tuvimos que ver algunos muertos y eso a cualquiera impacta”, expresa Fernando López.

El inicio del éxodo

Desde que Managua se convirtió en capital, como punto neutro en la histórica disputa de León y Granada, se dio el fenómeno de la migración constante y el número de sus pobladores se fue incrementando. De 1931 a 1972 pasó de 60,000 a 500,000 habitantes.

Sin embargo, esa migración se revirtió después del 23 de diciembre, cuando los sobrevivientes del terremoto, marcados por el espanto de esos 30 segundos asoladores, empezaron a dirigirse al interior del país.

"Prácticamente la zona donde vivíamos quedó desierta. Cuando nosotros salimos parecía que íbamos en procesión, el éxodo traspasó las fronteras con Costa Rica. No se podía entrar a Managua, todo el mundo iba para afuera en dos filas, yo creo que es una desbandada que no se volverá a ver; a nadie le importaba lo que dejaba atrás. Yo garanticé llevar los colchones, nada más”, afirma Freddy Gaitán, quien ahora habita en la ciudad de Masaya.

Según Carmen Pérez, las calles estaban imposibilitadas, porque muchas casas cayeron hacia el frente. Las terminales ferroviarias estaban invadidas, la gente iba con sus cosas en “motetes” y se subían al tren sin que les importara a donde iba y en qué condiciones, todos apretados. Solo querían salir, huir, no importaba cómo.

“La salida fue horrible, mi papá buscó cómo salir. Como él era carpintero, un señor al que le estaba haciendo unas sillas llegó en un camión y, como pudo, nos sacó. Nos venimos en camión, casi nada se salvó, los chanchitos se los dejamos a los pocos vecinos para que comieran.

Primero enrumbamos para León, ahí estuvimos un tiempo, después nos fuimos a Matagalpa, luego decidimos venirnos a Diriamba, y aquí concluyó nuestro peregrinar”, rememora Pérez.

Considera que “la mayoría emprendimos un camino sin rumbo cierto; en la carretera todos luchábamos por salir, invadidos por la desesperación y por el miedo. Lo peor era que por donde pasamos vimos muertos y destrozos, imágenes que no se van a ir de mi mente nunca”.

Para Fernando López, “el día siguiente (al terremoto) podríamos catalogarlo como el del desarraigo, porque una gran mayoría emprendimos el viaje que nos permitía dejar atrás todo ese dolor. El trauma nos sacó inmediatamente, daba miedo de que siguiera temblando”.

Hacia el norte, el sur, el este y el oeste, hacia donde fuera, miles de managuas abandonaron los escombros de lo que un día antes era su ciudad y buscaron refugios en casas de familiares y amigos en otras ciudades. Comenzó entonces la invasión de los “terremoteados”, como solían llamarles a los sobrevivientes de la tragedia.

Fernando López recuerda que quienes salieron de Managua sin tener adónde ir, fueron socorridos por las autoridades de los municipios a los que llegaron. Muchos regresaron semanas o meses después a sus casas dañadas, porque en los refugios tampoco podían vivir tanto tiempo. Otros se convencieron de que Managua había dejado de ser una opción para vivir.

Una fuerte voz en el aire
“A la hora del terremoto resultó estremecedor escuchar una fuerte voz que iba en el aire, eso yo lo oí y a la vez lo oigo como si fuera ahorita. Esa voz decía: “Creo en Dios padre todopoderoso”. Me asusté porque la oímos todos en mi casa, después le pregunté a gente que vivía en otros barrios que si la oyeron y decían que sí. Entonces, una señora me dijo que esa era el ánima sola que andaba viendo por todas las almas de las personas que estaban muriendo en ese momento y por las de las que morirían bajo el cielo rojo producto del incendio”.