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Con el Mercado Central y el Mercado San Miguel como referentes,  Managua era una de las capitales más prósperas de la región. Avenidas y edificios comerciales daban vida a las arterias de la ciudad, que antes del 23 de diciembre de 1972 estaba totalmente dedicada a la euforia navideña.

40 años después del terremoto de ManaguaLa noche del 22 de diciembre de 1972 muchos managuas se fueron a dormir después de participar en las Noches de Gatos, durante las que los mercados permanecían abiertos como si fuera de día.

Lo que no imaginaron fue que al despertar eso sería solo un recuerdo que, con el tiempo, quedaría como un anhelo, porque no pudieron recuperar ese orden, por el contrario, los comerciantes que perdieron sus tramos se trasladaron al Mercado Oriental, que se fue nutriendo con ellos hasta convertirse en el monstruo que es hoy.

Las calles iluminadas daban vida a “Las Noches de Gato”, que durante el mes de diciembre convertían Managua en un gigantesco centro de compras nocturno. Los habitantes gozaban de promociones, descuentos y “gangas”, desde las 7 pm hasta la medianoche, hora en que, como en el cuento de La Cenicienta, se terminaba la magia, y las tiendas y mercados quedaban en reposo.

Las rutas de transporte también iban y venían con el movimiento del comercio, garantizando a los managuas el traslado hasta su hogar.

“La noche previa al terremoto anduve comprando unas camisas con mi sobrino, todo estaba alegre y lleno de gente. Las calles parecían de día, porque estaban iluminadas y todos andábamos con el espíritu navideño. Así estaban las cosas cuando se vino el primer temblor. Asustados, buscamos cómo irnos para la casa, y después vino la sacudida más grande, la que desbarató todo, incluso el Mercado San Miguel, en el que anduve comprando horas antes”, manifestó doña Daysi Pérez, sin poder ocultar el estrujamiento que aún le causa ese recuerdo.

La destrucción del Mercado San Miguel causó gran impacto en los managuas, porque si bien las avenidas Roosevelt y Bolívar eran el centro de la capital, hablar de los mercados San Miguel y Central era referirse a los motores del comercio, porque “eran los más grandes y los más visitados”, según recuerda doña María Auxiliadora Hernández.

Echando mano de sus recuerdos, la señora Hernández dijo que “antes del terremoto del 72 Managua era alegre, uno iba a comprar al Mercado San Miguel, que era ordenadito y seguro. Aquí en el Oriental todo era totalmente distinto, ahora hasta las calles las cerraron, cosa que antes no era así. Con decirte que las rutas pasaban a la orilla de los tramos, sin ningún problema. Pero el asunto vino después del terremoto, pues cuando acababa de pasar, nos mandaron a la Azucarera y luego empezó la instalación desordenada con los que venían de otros mercados”.

Estas dos mujeres, además de compartir la experiencia de ser sobrevivientes de ese desastre natural, también tienen en común el hecho de que 40 años después de ese movimiento telúrico de 6.2 grados en la escala de Richter, coexisten en el mercado más grande de Centroamérica, denominación que se pregona con bombos y platillos para referirse al Mercado Oriental, tan distante del orden de los centros de compras de antaño y cuyo nombre obedece escuetamente a la ubicación de este monstruo que poco a poco fue engullendo todos los sectores aledaños, principalmente Ciudad Jardín, como un fenómeno imparable devenido del caos en que quedó sumida Managua tras el terremoto de 1972.

No estar tan alejado de lo que fue el centro de Managua y haber quedado “en pie” tras el terremoto, son los dos factores que propiciaron el nacimiento de este improvisado mercado, del que sus más antiguas vendedoras afirman que inició solo con dos galerones.

Llegada de los comerciantes "terremoteados"

Sentada en su puesto de distribución de “olores”, en una atmósfera en la que la pimienta, la canela y el clavo de olor forman un aroma que deleita, muy cerca de “los galerones”, la señora Hernández dice que ella nació en el Oriental, pues desde niña acompañaba a su madre a vender flores en lo que era un mercado modesto, en el que la gente podía circular libremente.

“Esto era dos galerones nada más, aquí se vendía lo básico para la gente de los alrededores, y nunca imaginé que llegaría a ser tan grande. Sí recuerdo que con el terremoto hubo algunos daños menores, pero no se destruyó como el San Miguel o el Central, así que la gente que trabajaba ahí se vino para acá, así esto empezó a llenarse”, aseveró.

Y fue precisamente el hecho de que “El Oriental” no sufrió muchos daños, lo que hizo que muchos comerciantes emigraran hacia él, buscando un nuevo sitio donde ganarse la vida.

Reacia al inicio, doña Concepción Escobar finalmente dejó de agitar el espantamoscas y empezó a narrar cómo fue su llegada a este mercado.

“Yo empecé vendiendo afuera, poco a poco vino llegando la gente y el mercado dejó de ser tan reducido. Recuerdo que antes sus límites estaban marcados por el Gancho de Caminos, la tienda Gloria de Araica y el Cine México, eso era todo, con dos galerones en los que se vendía comida, queso y verduras alrededor, este mercado fue atrayendo a todos los vendedores a los que se les habían caído sus tramos en los otros mercados”, aseveró Escobar.

A unos cien metros de donde está el puesto de doña Concepción, se encuentra ubicada doña Daysi Pérez, antigua vendedora de carne y granos básicos del Mercado San Miguel, quien llegó al Oriental después de la catástrofe decembrina.

Según contó, ella no quiso ir al Mercado San Miguel a ver cómo había quedado su tramo, pues le bastaba con la descripción que le hicieron amigos y vecinos acerca de cómo las que un día fueron paredes ahora lucían como escombros.

“De ahí no rescaté pero ni una balanza. No quise ir porque me dio tristeza saber que todos mis sacrificios se habían quedado enterrados en los escombros, además tenía ‘chollada’ una rodilla y para qué moverme. Lo único que supe es que lo que fue granos básicos, la gente se los llevó, hubo un saqueo espantoso”, afirmó.

Como muchos otros que perdieron sus tramos, doña Daysi decidió seguir adelante, y unos meses después empezó con su puesto en el Mercado Oriental, donde permanece en uno de los atestados galerones.

40 años y sigue creciendo

Así que 40 años después de que Managua perdió sus principales centros de comercialización, sus actividades de compraventa populares siguen concentradas en un mercado que surgió tras la catástrofe de 1972 y que se creyó sería temporal mientras se reconstruía el centro.

Los años han pasado y hoy, en vez de la ansiada revitalización y ordenamiento, lo que existe es un Mercado Oriental con dimensiones gigantescas, en el que no importa por dónde se entre, todos sus caminos llevan al caos. Cada día hay menos espacio para transitar y más inseguridad para comprar.

El mercado de antes era mejor

Al penetrar por las calles, por llamar de alguna forma esos angostos senderos improvisados, viniendo del Gancho de Caminos hacia arriba, luego de mil vericuetos y obstáculos, se encuentra el tramo de doña Juana Dominga López Castro, quien a sus 85 años de edad es de esos valiosos testigos que vehementemente pueden dar fe de lo que fue y lo que es hoy el Mercado Oriental.

“Ay hija, en aquel tiempo era bueno el mercado, porque todo era barato y además era ordenado y seguro. La gente caminaba con comodidad en la calle y compraba bastante; ahora esto está más duro. Antes las bolsas de galletas las íbamos a comprar a la Nabisco y se acababan el mismo día, en cambio ahora me cuesta vender”, lamenta doña Juana Dominga, mientras arregla el canasto en el que tiene las bolsas repletas de todo tipo de galletas.

El problema que esta comerciante identifica es que el desorden que reina en el centro de compras afecta a los pequeños comerciantes como ella.

“Después del terremoto esto empezó a hacerse grande, pero sin planificación. En los ochenta se hizo mucho más enorme y así hasta llegar a eso que no hay ni dónde pasar. Mirá esos tramos que me pusieron ahí, eso me tapa, si la gente no sube a este pasillo ni cuenta se dan de que vendo galletas”, se quejó.

“Ese montón de ropa usada que se ha instalado aquí en los alrededores de los galerones es peligrosa, y lo que más me preocupa es que aquí con un incendio o con otro terremoto, hasta ahí llegamos, morimos quemados, porque no hay cómo salir”, puntualizó.

“El mercado ha cambiado bastante. Antes del terremoto era poca la gente que vendía, los clientes siempre encontraban lo que buscaban; ahora hay más cosas, pero el negocio está muerto, sobre todo por la inseguridad que hay, con decirte que antes yo venía aquí a las cinco de la mañana con mis anillos, chapas y pulseras, sin ningún temor, en cambio ahora tenés que esconder los centavitos porque a cualquier hora del día te matan por un peso”, afirma por su parte doña Daysi Pérez.