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En las vetustas imágenes imperan el caos y la destrucción. Un nutrido grupo de hombres y algunas mujeres corren, dan saltos, se agachan para sortear los escombros, mientras se escuchan detonaciones de armas de fuego. Han transcurrido unos días tras el cataclismo y sobre la ciudad de Managua no solo sobrevuelan los zopilotes atraídos por el nauseabundo hedor de los cadáveres. Otros seres rapiñosos también se dan banquete en la derruida ciudad.

40 años después del terremoto de Managua“Vamos a aplicar la Ley Marcial. Detengan la robadera”, resuena una voz a través de un altoparlante que recorre las calles de la ciudad caída. Los saqueadores apenas se inmutan ante el paso del vehículo de la temida Guardia Nacional.

Las escenas forman parte del archivo fílmico del periodista Nicolás López Maltez, director actual de la publicación “La Estrella de Nicaragua”, que circula en Estados Unidos y Nicaragua, y quien hace cuatro décadas recorrió la capital armado con su cámara filmadora, para grabar la mala hora de “La Novia del Xolotlán”.

Hoy, el cronista revive la historia como si el tiempo estuviese en suspenso, como si hubiese ocurrido ayer. El saqueo no inició inmediatamente después del sismo de las 00:35 horas del 23 de diciembre de 1972. Ni siquiera horas después, dice López Maltez, a quien la mortal sacudida lo sorprendió junto a su esposa, conduciendo un microbús, justo cuando comenzaba a bajar la Loma de Tiscapa, sobre la Avenida Bolívar. Tenían la intención de comprar unas medicinas en la farmacia 22-24, sobre la célebre Calle 15 de Septiembre.

Desde ese privilegiado punto logró ver las luces del centro de Managua por última vez y el apagón de la ciudad que se derrumbaba, el polvo elevándose al cielo y los incendios estallando, mientras el automotor corcoveaba sobre el asfalto.

Al amanecer, tras dejar bajo resguardo a su familia en Jardines de Santa Clara, López Maltez recorrió las ruinas. “En la mañana del 23 de diciembre no hay saqueo, lo que hay es desesperación… La gente está impactada y la gente de la periferia no se atreve a entrar (al centro de Managua) porque no sabe lo que hay, tiene miedo”, afirma.

El oficio de periodista también permitió al historiador Roberto Sánchez Ramírez ser testigo de primera mano del pillaje. Recorrió el radio central de la capital —el otrora corazón comercial de la ciudad— pocas horas después de las tres fulminantes sacudidas. “Se podía ver aún en las vitrinas rotas, los relojes, las joyas y todo tipo de mercadería al alcance de la mano. El saqueo no comenzó sino hasta días después”, coincide.

En una crónica publicada en La Nación, de Costa Rica, el foto-reportero Manuel Salguero corrobora que la mañana del 24 de diciembre aún era posible ver las tiendas derruidas “con los maniquíes revueltos con telas, perfumes, sombreros y mil cosas más”. La mercadería estaba “al alcance la mano”.

López Maltez y Sánchez, antiguos compañeros de aulas en el Instituto Nacional Central “Ramírez Goyena”, concuerdan en que luego hubo un saqueo generalizado y no titubean al señalar del mismo a los moradores de La Tejera, Miralagos, Pescadores, Manchester, Acahualinca y otros barrios periféricos que componían el cinturón de miseria de aquella Managua.

Sánchez afirma que el robo comenzó el 24 de diciembre o un día después. El botín era jugoso pues la Navidad tocaba las puertas y las tiendas estaban atestadas de mercancías.

El pillaje fue de tales proporciones que después del terremoto, los capitalinos identificaban al entonces Open 3, hoy Ciudad Sandino, como una meca comercial. Managua estaba destruida, pero allí, muy cerquita, se encontraban los mejores rones, cualquier whisky, juguetes y hasta vehículos Volvo.

López Maltez considera que la gente aprovechó la ausencia de las autoridades militares, para saquear impunemente, sin que importara el dolor de los sobrevivientes que emprendían el éxodo, ni la pestilencia que lo impregnaba todo.

“Los guardias tenían mujer y tenían hijos, y se fueron (abandonaron sus puestos) a buscar cómo escombrear sus casas, a buscar a sus familias –sostiene– y ese fue al inicio uno de los grandes problemas de (Anastasio) Somoza, que no hallaba guardias y tuvo que traer guardias de los departamentos”, refiere el foto-reportero.

“Los saqueos no comenzaron de inmediato –reitera–, la gente estaba paralizada en las 600 manzanas del radio central de Managua. Los habitantes de los barrios periféricos fueron los que después invadieron”, para saquear las tiendas.

Toque de Queda no fue efectivo

El veterano periodista Danilo Aguirre Solís recuerda que de este suceso, luego hasta se hicieron chistes. “Había un compañero de trabajo a quien apodaron ‘Michelín’ por el anuncio de las llantas, pues dicen que se robó tantas llantas que tuvo que metérselas en el cuerpo. Por mi casa una señora traía en el hombro una gran cantidad de botellas de todo tipo, vino, champagne, de todo, menos una lata de comida”, cuenta entre risas.

Era común ver a la gente cargando colchones, taburetes, televisores, entre otros muebles, relata Aguirre Solís. “En la época se decía que un chino usó un ropero como ataúd para enterrar a su madre. Entró un momento a su casa y cuando salió, ya no estaba el ropero… y tampoco el cadáver de su madre”, recuerda.

El 25 de diciembre de 1972, el propio Somoza –quien aprovechó la hecatombe para hacerse con el poder de facto– llegó a decir que “la peor amenaza sobre Managua” eran “los saqueadores”, a quienes incluso llamó “seres abominables”. Pero la Ley Marcial ordenada desde ese día y el Toque de Queda que imperaba desde las siete de la noche hasta el amanecer, no fueron suficiente amenaza para atenuar los saqueos.

Al respecto, el diario O. Estado de S. Paulo, de Brasil, publica en su edición del 26 de diciembre que decretar el Toque de Queda fue una medida simbólica, pues ya para entonces las tiendas y los supermercados habían sido arrasados, y los guardias eran además incapaces de disparar a los supervivientes que hurgaban entre las ruinas en busca de alimentos. Incluso, los mismos agentes tomaban comida de las tiendas para sobrellevar el hambre.

Víctimas: los grandes almacenes

“La gente robaba babosadas”, afirma López Maltez, quien sin embargo afirma haber visto cómo “de la Casa Mántica, una señora se llevó un piano de cola en un carretón. Llegaron saqueadores de fuera de Managua, organizados, en camiones, por eso se instaló el cerco de alambrada”.

Para el historiador Bayardo Cuadra, el robo más visible y más documentado fue el de la gente que saqueó grandes almacenes como Sovipe Comercial, ubicado sobre la Avenida Roosevelt, o el Supermercado La Colonia, en la Colonia Centroamérica, muy lejos de la zona de desastre, algo que hoy considera “un fenómeno general en todo el mundo” durante este tipo de desastres.

Eran horas de caos y anarquía. “Salvo donde había algunos guardias privados, armados con pistolas y machetes, la gente saqueaba cuanto quería y podía”, cuenta el diario El Universal, de México, del 26 de diciembre de 1972.

La Guardia también sacó provecho

Pero Roberto Sánchez advierte que al saqueo del ciudadano común se sumó otro mayúsculo ocurrido en días posteriores, que habrían ejecutado algunos miembros de la Guardia Nacional, versión que no comparte López Maltez: “En el terremoto la Guardia era la que vigilaba, pero el saqueo lo hizo todo mundo. La Guardia intentaba detener el saqueo, tal vez para agarrarlo ellos, pero el saqueo lo hizo todo mundo”, expresa.

Sin embargo, Roberto Sánchez afirma sin titubeos que “hubo varios tipos de saqueo”. “El primero fue espontáneo a nivel de la población que se metió a las tiendas. Un día después los dueños de los almacenes comenzaron a sacar lo que pudieron. Pero luego vino la Ley Marcial y la Guardia declaró una especie de Estado de Sitio en la ciudad y quien saqueó entonces fue la Guardia”.

“El pillaje popular se llevaba de todo, yo vi a unos hombres llevándose un piano, ocurrieron cosas increíbles y comunes en situaciones como esas… pero después vino el saqueo de los miembros de la Guardia, que eran los únicos que podían entrar a la ciudad cercada, además de las personas a las que ellos daban permiso”, añade Sánchez.

En Nicaragua un caso sonado en la prensa local fue el del empresario Aníbal Solórzano, quien denunció que oficiales de la institución armada llegaron 10 veces a su casa, la número 612 de la Calle Candelaria, para arrasar con todo.

Lámparas colgantes de cristal de roca, 200 persianas, estantes, libreros de lujo, azulejos, un motor y un molino eléctrico formaban parte del botín robado de esa vivienda del barrio Candelaria. Los diarios no llegaron a reportar casos de guardias condenados por el pillaje.

López Maltez no da crédito a ese gran pillaje de la Guardia y atribuye todo a un mito creado por los periodistas de la época que adversaban al régimen somocista.

No obstante, crónicas de diversos diarios del mundo que tenían enviados especiales en Managua, dan cuenta de escenas de saqueo ejecutadas por oficiales de la Guardia, para los que al parecer no era válida la Ley Marcial.

“La Guardia hizo saqueo, pero no fueron los únicos ni de gran profusión. Por supuesto que hubo saqueo, hubo oficiales de la Guardia que saquearon, me acuerdo que se acusó al coronel Alegría de haber saqueado una joyería, pero no politicemos la babosada, ahora resulta que solo los guardias saquearon, ¡allí saqueó todo mundo!”, expresa López Maltez.

El Oriental fue el “mercado negro” de la época

A raíz del cerco de púas con el que se clausuró la zona de desastre, Managua se convirtió en una gigantesca bodega y el pequeño Mercado Oriental se inauguró como el gran mercado negro donde se vendía todo tipo de cosas robadas.

De todos los departamentos llegaban clientes y en pocos minutos tenían su encargo: inodoros, lavamanos, lámparas, puertas, verjas, ventanas, cerraduras y cualquier material que los amigos de lo ajeno traían del interior de la gran cerca de alambre colindante con el mercado.