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Don Adrián Centeno Sosa es todo un personaje en San José, además un managua "terremoteado de a derecho", como él dice. Por muchos años se ha dedicado a mantener informada a la comunidad migrante, pues es el voceador de El Nuevo Diario y de otros periódicos, en el parque La Merced, donde los nicas parroquianos del lugar esperan las noticias del terruño. Se le conoce cariñosamente como "Sale y vale".

¿Dónde vivía usted en Managua cuando se registró el terremoto de 1972?

Yo vivía en el barrio Urbina, por donde Changelo, a unas ocho cuadras del Reparto Schick, contiguo al barrio La Fuente, y aunque nací en Sébaco, a los cinco años me trasladé a Managua a vivir por el Cementerio General junto con mi hermana y sus dos hijos. Cuando se vino aquel remezón yo tenía 20 años.

¿Qué hacía usted esa noche del 23 de diciembre?

Siempre he pertenecido a una iglesia Evangélica, y todos los sábados nos reuníamos, por eso no se me olvida que el terremoto fue un día sábado. En esa época yo trabajaba en una acera del Mercado Central, cerca de la Farmacia Xolotlán y de la Ferretería Gutiérrez, vendiendo agujas de máquinas, alfileres, repuestos y todo lo que necesitaban las costureras de aquel entonces. Pero como yo me mantenía caminando no sentí los primeros temblores.

Me fui a cuidarle la casa a una hermana mía que después del culto tenía que hacer un turno de noche en su trabajo. No sé a qué hora exacta me acosté. Pero sí recuerdo que como a la medianoche sentí un sacudón espantoso. ¿Qué pasa, qué sucedió?, me dije. Es una pregunta que todavía me la hago. Recuerdo que entonces escuché que alguien pasaba por la calle gritando ¡El juicio, el juicio!"

Me levante y el movimiento de la tierra era tal que se me cayeron los anteojos, los busqué en la oscuridad, me salí a la puerta, vi para el centro de Managua y aquello era espantoso. Habían explosiones por todos lados. Las gasolineras se incendiaban y los perros aullaban. Todo quedó en penumbras, y las casas vecinas estaban totalmente en el suelo, destruidas.

¿Qué pensó usted en esos momentos?

Pensé que era el Juicio Final porque en unos minutos la ciudad había quedado totalmente destruida. Todavía no me explico cómo llegó mi hermana atravesando Managua en llamas en menos de una hora y gritando "¡Mis hijos, mis hijos!". Ese día yo estaba cuidando a tres menores de edad. Aquellos gritos me parecieron los de La Llorona, que según la leyenda de los abuelos busca a sus hijos por la noche.

¿Y qué pasó al día siguiente?

Recuerdo que los hermanos de la iglesia nos fuimos a recorrer la Managua ya destruida. Aquello era espantoso. Las llamas eran fuertes y se escuchaba el lamento de la gente que buscaba a sus seres queridos entre los escombros. Yo sentía una especie de curiosidad mezclada con martirio, y me sentía impotente de no poder hacer nada.

¿Qué más recuerda del día siguiente al evento?

Recuerdo que desde el día siguiente la gente empezó a emigrar. Eran filas con sus pocas cosas al hombro. Nosotros nos fuimos a refugiar a la Cruz Roja. Ahí nos dieron frazadas y comida, y luego nos llevaron a Honduras. Fue la primera vez que yo me subía a un avión y me sentía fachento. En Honduras nos atendieron muy bien durante estuvimos ahí. Es más, hasta una novia dejé en ese país, recuerdo muy bien que se llamaba Ada Lagos Funes.

Los días siguientes fueron tristes, porque el Gobierno dio orden de cercar la capital. La Guardia Nacional resguardaba la ciudad y como se dio el saqueo, Somoza dio varios discursos diciendo que había que reconstruir entre todos la capital, pero también dio orden de matar a aquellos que anduvieran después de la seis de la tarde si eran encontrados saqueando los centros comerciales.

No crea que no me dieron ganas de unirme a la gente que saqueaba, pero mis principios cristianos me lo prohibían, y como andábamos en grupo de hermanos, seguro nadie quería tomar nada ajeno para que los otros no nos criticaran. Lo que me sorprende es que la gente buscaba llevarse botellas de licor caros en vez de comida, para después llevarlas a vender en el mercado negro que floreció posterior al saqueo.

¿Cómo sobrevivieron en su barrio esos días posteriores?

Bueno, llegaban a dejarnos pipas con agua porque las tuberías colapsaron. También habían centros de distribución de alimentos que los coordinaba la Cruz Roja, además que los vecinos hacíamos una comida comunitaria por cuadras o manzanas. La Aguadora como se llamaba en ese entonces, restableció el agua en unas tres semanas, pero la luz eléctrica tardó más de mes y medio, y nos alumbrábamos con candelas y con candiles con gas.