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Cuando era una niña pequeña que vivía en Texas y visité a mi familia en Polonia, mi abuelo siempre nos llevaba a los palacios. Había sido historiador y curador de arte de un par de palacios en los alrededores de Varsovia durante los años más sombríos del comunismo en Polonia, y aun cuando yo era demasiado joven para comprender esa era, o gran parte de la complicada historia de Polonia, supe que a través de estos palacios se había preservado parte de su gloria alguna vez lujosa.

Hay unos 250 palacios en la provincia que rodea a Varsovia, y unos 2,800 en toda Polonia. La mayoría construidos por reyes o aristócratas en los siglos XVII y XVIII; muchos de ellos, ahora fungen como museos.

Los palacios en las afueras de la ciudad representan grandiosos destinos para viajes de un solo día, y la mayoría son accesibles por autobús o tren.

Palacio nieborow

Un reducto de opulencia en una pequeña aldea rural a unas dos horas al oeste de Varsovia, el Palacio Nieborow ha cambiado poco desde que la aristocrática familia Radziwill lo obtuvo a fines del siglo XVIII. Construido en 1694 por un cardenal, ejemplifica la arquitectura barroca polaca. También tiene una cualidad de estar congelado en el tiempo: los senderos en el parque circundante siguen sin pavimentar; la cubertería de plata se saca para las fiestas. En vísperas del Año Nuevo, los huéspedes que se quedan en el palacio anotan sus deseos para el año entrante, los queman en la biblioteca y depositan las cenizas en su champaña; tal como hacían los Radziwill.

“El tiempo se mueve lentamente aquí, y el palacio es el mismo que hace 200 años; el mismo parque, las mismas habitaciones, las mismas tradiciones”, me dijo Jan Prokopowicz, el archivista del palacio.

El castillo real (zamek krolewski)
En el corazón de Varsovia se ubica la Ciudad Vieja, una red de calles adoquinadas, iglesias y casas coloridas que se extienden desde el Castillo Real. Las yuxtaposiciones extrañas no son inusuales.

El castillo ha sido un punto focal de la ciudad desde que fue la residencia primaria de los reyes polacos, que gobernaron hasta el siglo XVIII, y la sede del gobierno. Pero así como el país se ha recuperado continuamente después de siglos de divisiones, guerras y revueltas políticas, también lo ha hecho el castillo. Una y otra vez fue destruido por incendios y ejércitos invasores y, cada vez, también, fue reconstruido con optimismo.

Palacio wilanow
Frente al Palacio Wilanow, en las afueras de Varsovia, escuché a una niña decirle a su hermano: “Mira, aquí es donde se detienen los carruajes y todas las damas de honor descienden para entrar al palacio”. De hecho, este palacio ahora funciona también como museo, pero al verlo se puede perdonar fácilmente a la niña su imaginativa descripción.

El exterior amarillo de la estructura luce como un pastel de cumpleaños cuidadosamente decorado, tachonado con querubines de piedra y estatuas de las antiguas musas griegas. El rey del siglo XVII, Jan III Sobieski, construyó Wilanow como casa de verano para su reina francesa. Y, ciertamente, con su larga estructura baja y dos alas perpendiculares que encierran un patio, se parece a los palacios de Europa Occidental más que cualquiera de los demás que visité.

El palacio en la isla y el palacio myslewicki
En medio de los enormes Jardines Lazienki en el centro de Varsovia, pasando una estatua de Chopin y pavorreales que deambulan libremente por el parque, está el Palacio en la Isla. Fiel a su nombre, se sitúa de manera surrealista en un lago, sobre una isla apenas más grande que el edificio.

“La mayor parte de este palacio también quedó en ruinas durante la Segunda Guerra Mundial”, me dijo Zarebska, mientras caminábamos por el Palacio en la Isla, alguna vez la residencia principal del parque. “Solo algunos de los cimientos y muros bajos y algunos artefactos quedaron intactos”. El edificio tiene una vigorosa herencia política. Zarebska me mostró la habitación en el Palacio Myslewicki, donde los embajadores de Estados Unidos y China se reunieron por primera vez en 1958.

El palacio también ha albergado a Napoleón y Richard Nixon.

Palacio otwock wielki
Unos 32 kilómetros al sur de Varsovia se ubica el adormecido Palacio Otwock Wielki, alguna vez un sitio popular donde reyes y presidentes acudían de visita y albergaban a sus huéspedes. Quizá fue la ubicación relativamente distante lo que atrajo a los líderes de Polonia aquí; o quizá fue algo en los visualmente deslumbrantes fachada blanca y tejado rojo del palacio, o su salón de baile flanqueado por ventanas.

Miroslaw Budzynski, el curador, no dejó de contarme anécdotas sobre presidentes, retratos y pianos, mientras sus palabras hacían eco en los grandes salones decorados con muebles barrocos y frescos elaborados.

Pero la historia más reciente también está representada. “Esta habitación es interesante; aquí tiene el mobiliario de oficina de Jozef Pilsudski”, dijo Budzynski, refiriéndose al estadista que llevó a Polonia a la Independencia en 1918. “Su escritorio, pinturas de su oficina, la cama en que murió. La historia aquí es sencillamente palpable”.