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Un centenar de niños del centro escolar La Manzana, en Peñas Blancas, sus madres y maestras, coreando consignas para la protección del pajarito Reinita Alidorada, salió en manifestación por un kilómetro en la carretera hacia el Cua, Jinotega, con mantas pintadas de aves multicolores, disfraces y máscaras, en una ruptura inusitada del paisaje bucólico de este lugar maravilloso.

Como fondo de la algarabía de los niños estaba el imponente Macizo de Peñas Blancas, lugar de migración de la Reinita Dorada, un ave que se reproduce en Estados Unidos y Canadá, pero cuya población ha mermado en los últimos años y por lo cual la organización American Bird Conservancy  (ABC) promueve el cuidado de estos pajaritos.

Camioneros y choferes de buses y microbuses de transporte y de automotores particulares, hacían sonar los pitos, agitaban sus brazos saludando el paso de los niños o se detenían a contemplar la extraña caravana de búhos, quetzales, palomas y diversas especies de pájaros representados con máscaras y las mantas multicolores con todo tipo de aves.

Los niños reventaron piñatas durante el festival de aves. Foto: Cortesía / END.Los moradores de casas vecinas a la recién construida carretera adoquinada salían a las puertas a observar el alegre cortejo de voces infantiles que proclamaban su amor por las aves y en particular por la Reinita Alidorada. Los niños iban animados por el personaje “Don Goyo”, de Jinotega, que rasgaba su guitarra y cantaba, mientras  algunos de los marchistas hacían sonar chischiles y panderetas en este sitio paradisíaco y asombroso en la Reserva Natural Macizo de Peñas Blancas, área de amortiguamiento de Bosawás.

Pintar mantas y dibujos, elaborar máscaras y disfraces

Quince días antes, la bióloga y ambientalista Carolina Coronado Bejarano vino a este precioso lugar donde la mayor altura está a 1,700 metros sobre el nivel del mar y conversó con niños y profesoras, sobre lo que harían dentro de dos semanas, explicándoles cada actividad que realizarían: colorear mantas, pintar pájaros, confeccionar disfraces y máscaras y elaborar piñatas ecológicas. Días más tarde, ante los ojitos asombrados de los niños, de Managua llegaron los materiales que ocuparían: papel fomi y crepé, papelillo, tijeras, lápices de colores, crayolas, acuarelas, lienzos, pinceles, cartulinas, chimbombas, etcétera.

Cada niño recibió un gafete de identificación que tenía la figura de un ave. Se organizaron en siete grupos para pintar las mantas, donde las aves eran el personaje central. Varias madres, algunas cargando tiernos, constituyeron un inesperado octavo grupo. 

Después, el chavalero pintó dibujos (luego los convirtieron en murales) en los que sobresalía la Reinita Alidorada, confeccionaron máscaras y trajes enteros para disfraces. Más tarde sería la premiación.

A las 9:00 a.m. ya había un buen grupo de niños en la escuelita frente al majestuoso macizo de Peñas Blancas y su exuberante vegetación y altas y poderosas cascadas, pero estaban huraños, recelosos, tímidos. Lautaro Ruiz (Don Goyo), el formidable artista jinotegano, comenzó a animar con su canto y sus bromas y su empatía y al poco tiempo el chavalero estaba en una gran algarabía, con sus ojitos incendiados por la curiosidad y la alegría. ¿Cuántas ventanitas hacia un mundo más amplio se les abrieron en sus mentes?

Jugaron y jugaron y jugaron. Por ejemplo, iban siguiendo un mecate que estaba como a un metro de altura y que tenía una serie de láminas con aves a colores, y debían verlas e intentar memorizar sus nombres. Al final tenían que decir qué especies recordaban. Fue divertido aunque no tanto como la piñata ecológica, sobre cuya construcción tuvieron un taller. No usaron pegamento industrial, sino almidón de yuca. Siete piñatas hicieron, entre ellas una con forma de tucán y otra de paloma. Las pintaron.

Las piñatas ecológicas

Pero las piñatas no eran como casi todas las piñatas, resultaron distintas. En su colita, la piñata ave tenía un manojo de veinte cintas bien coloridas, colores encendidos que brillaban con el radiante sol en este lugar idílico de tantos árboles y animales y gente trabajadora. Veinte niños tomaron cada uno una cinta y comenzaron a moverse en círculo, bailando. A lo largo estaban dos facilitadoras que en cada vuelta entregaban un caramelo.

Durante la actividad, los niños protagonizaron un derroche de cultura. Foto: Cortesía / END.En la medida que los niños circulaban, se iba formando una trenza y se iban llenando de dulces sin empaque, sin plástico, producidos por mujeres de esta comunidad, quizá sus madres o tías o abuelas. Una profesora recordaba cómo en su niñez sufrió una lesión en una pierna durante una confusión durante una piñata. Ahora ve que no hay garrote ni golpes. Y la trenza se va formando y los dulces se van terminando. Las muchachitas y muchachitos degustaron cajetas de leche, de coco y de coyolito, caramelo rayado  y trocante de maní. Keyner, el de la máscara de águila, fue el más comelón.

Brillaban intensamente los ojitos celestes de Meydelin, de 8 años, quien vive en el cercano pobladito de Abisinia, por lo que, con otros niños, debe caminar varios kilómetros para llegar a la escuelita protegida por la sombra imponente de la gran montaña. Asiste día de por medio. Ahí estaba Dixon, el pelirrojo, y Yareth, con su camisa verde.

Un premio inolvidable

En disfraz, dos niñas ganaron el primer lugar: Saraí García Cruz y Xochitl Belén Escorcia Úbeda. Xochitl también ganó en pintura con una formidable Reinita Alidorada; Keylin Zamora fue primero en dibujo. Creidi, un poco morenita, con falda de paletones y camiseta blanca, de primer grado, con rostro curioso y concentrado observaba la premiación. ¿Qué pensaba? Cada ganador recibió un ejemplar del formidable libro “Aula Verde: Botánica para jóvenes”, con cientos de fotografías a todo color de flora y fauna de la Costa Caribe.

Carolina e Ingrid, de la Red de Reservas Silvestres Privadas, contaron con el apoyo de tres facilitadores, Mireya, David y Mayra, el aporte artístico de Don Goyo, las fotografías de Celeste y la cooperación del Centro de Entendimiento con la Naturaleza (CEN), representado por Edgard Castillo. El delegado escolar de la zona, quien llegó todo receloso en la mañana, al mediodía iba entusiasmado en la marcha sobre la carretera contagiado por la alegría de los niños.

No terminó el Festival de Aves con el regreso a la escuela tras la marcha que rompió la tranquilidad de este espléndido lugar, pues todavía hubo bailes folclóricos de niñas de la escuela y la declamación de un poema sobre aves de una niña pelo largo, blusita amarilla, llamada Belén. Y finalmente, ¡la merienda!: manzanas, emparedados y galletas. Era la 1:00 de la tarde y esos niños estaban como comenzando la mañana.

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