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Porto Santo fue hace mucho tiempo como su vecina Madeira o como sus primas canarias de La Palma o La Gomera, quizás no tan grande, pero sí igual de escarpada, boscosa, húmeda. Sin embargo, en este punto del océano la erosión impuso su ley en solo 30,000 años. Un suspiro en la vida de una isla. Y desde entonces manda la arena.

Para suerte de los portosantenses, la isla está cubierta por metros de arena en la mayor parte de su superficie. Es un campo de dunas que asciende desde el océano por los acantilados del norte empujado por la fuerza de los Alisios y se derrama desde la llamada Fonte de Areia hacia la enorme playa dorada que cubre casi toda su costa sur (en concreto, nueve de los once kilómetros).

“En Porto Santo siempre hemos vivido con un ojo en la tierra y otro en el mar”, asegura el presidente de la Cámara Municipal de la isla. Idalino Vasconcelos no exagera: toda la isla dependió hasta mediado el siglo XX exclusivamente de una agricultura de subsistencia, adaptada a exprimir al máximo las pocas tierras fértiles de la Serra de Dentro, donde la humedad subterránea se hace evidente en un puñado de oasis diseminados entre barrancos casi desérticos.

La Calheta, final de la playa de Porto Santo en su extremo suroeste.

Los naturales de esta isla acostumbraban a guardar en silos bajo el suelo la cosecha de cereales y patata (que en estas tierras no se llama papa ni batata, sino “semilla”, así, en castellano, como venía rotulada en los sacos de las naves de América), no solo para conservarla, sino también por la inercia que mueve la memoria de un pueblo sometido de antiguo al saqueo pertinaz de los piratas.

En los años 1960, la construcción de su aeropuerto -el primero del archipiélago de Madeira- lo cambió todo. La isla se abrió al exterior, levantó su primer hotel (el Porto Santo, aún en funcionamiento) y descubrió que podía vivir del turismo.

Porto Santo es hoy un destino tan asentado en algunos mercados turísticos, como el Reino Unido a Alemania, como desconocido en otros, entre ellos España. Y lo es a su manera, con cifras que no sobrepasan los 20,000 visitantes en el mes más alto, agosto, cuando a los turistas se les suma un buen puñado de familias de Madeira que se mudan unas semanas a su casa de veraneo en Porto Santo.

Nada que ver con las cifras de Tenerife o Gran Canaria, islas que acogen durante casi todo el año 500,000 y 370,000 turistas mes tras mes, respectivamente; ni con Lanzarote y Fuerteventura, que rondan los 200,000 al mes; ni tampoco con la vecina Madeira, que moviliza unos 100,000. Ni siquiera se acerca Porto Santo en su mes más ajetreado a las cifras de algunas villas costeras del Cantábrico, en España, que en verano pasan de 10,000 a más de 100,000 habitantes.

El turismo en estos pagos es diferente y se nota: esta pequeña isla portuguesa se basta y sobra con un supermercado y una farmacia para sus residentes y todas sus visitas. Sus carreteras son tan tranquilas que sobran los semáforos. De hecho, no hay ni uno. Y solo existe una gasolinera, que ni siquiera se echa en falta si uno opta por recorrer la isla en bici o en un coche eléctrico de alquiler.

Una vista nocturna de Porto Santo.

Los portosantenses lucen con orgullo el tener desde hace tiempo una tasa de criminalidad nula, lo que les permite seguir con la costumbre isleña de dejar la casa abierta, con la llave puesta en la cerradura de la puerta. “Aquí nos conocemos todos. Conocemos hasta los perros y gatos del vecino”, dice su alcalde.Uno de los sitios montañosos en Porto Santo. EFE\END

En Porto Santo presumen de su costa sur, elegida por los portugueses como la mejor playa de dunas del país. Un arenal tan extenso, que si todos los visitantes del mes más concurrido fueran a bañarse a la vez, no se juntarían más que dos por metro de litoral.

Seis siglos de su descubrimiento

Quizás uno pueda sentirse acompañado en estas aguas de tonos turquesas si escoge un tramo de playa en la capital, Vila Baleira, o junto a un hotel. Pero solo hay 10 en nueve kilómetros, así que hay arena de sobra para perderse y solazarse en ella.

La arena de Porto Santo es especial. En esta isla, el visitante no pisa arena volcánica, ni tampoco mineral propiamente dicha. En realidad camina sobre los restos de millones de seres vivos, la herencia de un enorme arrecife tropical de coral que quedó expuesto al aire cuando el mar descendió en las últimas glaciaciones y se convirtió en una arena carbonatada que se disuelve al contacto con el sudor, transmitiendo a la piel sus minerales. Los habitantes locales están tan orgullosos de ella, que varios hoteles ofrecen tratamientos relajantes y estéticos cuya base es solo la arena.

Sin embargo, no todo el que llega a la isla acaba en su playa. Cada día desembarcan en el puerto de Abrigo decenas de turistas que se trasladan desde Madeira solo para jugar allí al golf durante unas horas. Muchos de ellos proceden del Reino Unido, la cuna de ese deporte, y llegan atraídos por dos palabras que funcionan como un imán en la mente de miles de golfistas británicos: Seve Ballesteros.

El legendario jugador cántabro diseñó esa instalación: un campo de 27 hoyos (en realidad son dos, uno de 18 hoyos y otro de nueve), considerado como uno de los mejores de Europa y que se precia de ser ambientalmente sostenible (se riega con el agua residual de toda la isla, una vez depurada). Sus hoyos tienen además como vecinos al pico de Ana Ferreira, donde unas espectaculares columnas de basalto de forma hexagonal recuerdan al visitante que debajo de los ‘greens’ y de metros y más metros de duna fósil un día latió un volcán.

Porto Santo también tiene una historia que ofrecer al visitante. Precisamente en el 600 aniversario de su descubrimiento, la isla se precia de su contribución a algunas de las gestas de los navegantes portugueses y, sobre todo, de haber sido unos años hogar de Cristóbal Colón, que se casó allí con Felipa Moniz, la hija del gobernador. Como dote, Colón recibió de su suegro, Bartolomeu Perestrelo, las cartas de los vientos y corrientes de las posesiones portuguesas en el Atlántico, documentos que los portosantenses creen que alimentaron su idea de viajar a las Indias por Occidente.

Seis siglos después, Porto Santo sigue dependiendo en parte la navegación que forjó su identidad, pero dispone de dos rutas aéreas regulares que la comunican a diario sus dos ciudades de referencia: Lisboa, en la Península Ibérica, a donde vuela la portuguesa TAP, y Funchal, en Madeira, en un salto de apenas 20 minutos de duración que opera desde este verano la aerolínea canaria Binter.