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Gracias Odín por dejar a tu hijo en manos de Kenneth Branagh. Él es el principal culpable de que en su primer mazazo en la gran pantalla, el Dios del Trueno cumpla aseadamente con lo que prometía... e incluso deje adivinar algo más.


Ojo (de Halcón, que también aparece en la película). Tampoco hay que venirse muy arriba cuando tengamos la entrada de Thor en nuestras manos. No nos engañemos. No es El Caballero Oscuro -en estas lides solo un Nolan evolucionado y mejorado puede llegar a superar a Nolan- pero tampoco es la fallida secuela de Iron Man o las de Spiderman. Y afortunadamente queda muy lejos de engendros como Daredevil, Catwoman o Elektra.


Tan simple como condenadamente entretenida. Es el mejor resumen que se puede hacer de Thor, el viaje de un dios desterrado que debe dejar su arrogancia y ambición a un lado para aprender a vivir como mortal.


Una historia con grandes dosis de acción y que tiene carga épica, romántica y dramática en partes desiguales. Todo ello se presenta mezclado de forma digna y con una factura técnica envidiable de la que podrían aprender quienes perpetraron Furia de Titanes.


Y es que, con o sin el 3D, la cinta es visualmente espectacular. Especialmente la recreación de Asgard, tan pluscuamperfecta como corresponde a la morada del dios Odín, perfectamente reencarnado en la piel de Anthony Hopkins.


Sir Philip Anthony da un empaque a cada una de sus escenas que enriquece enormemente el conjunto. Algo parecido podemos decir de Natalie Portman. Dos valores seguros que Branagh ha sabido poner al servicio de la aventura más peculiar que nunca ha rodado.
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