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A eso de las diez de la mañana recibí una llamada de una señora que se identificó como Sandra; me pidió una cita urgente, aduciendo que estaba muy preocupada por su niño de 7 años de edad, y que deseaba recibir una orientación porque no sabía que le estaba sucediendo.

Recibí a Sandra a las 3 de la tarde. Me esperaba una persona de más edad, pero resultó ser una mujer joven de 27 años, muy bonita y de agradable conversación.

Me contó que su padre había muerto recientemente de Alzheimer y que tenía una hermana con serios trastornos emocionales. También me refirió que su abuelo por parte paterna había sido un señor muy extraño, tenía una finca muy grande en Jinotega; pero que la gente del pueblo lo conocía más bien por ser un buen “brujo”; decía que podía conversar con espíritus y predecir el futuro. La gente del pueblo acudía a montones para que le curasen algún mal o para que le dieran un poco de suerte.

Según Sandra, cuando visitaba la casa de su abuelo, dormía muy intranquila porque escuchaba muchos ruidos. En una de sus visitas despertó como a las 2 de la mañana y escuchó rumores de gente en la cocina, y ruidos como si estuvieran levantando trastos y cocinando.

Creyendo que era de madrugada y que los empleados estaban haciendo el desayuno, se fue a la cocina, pero al llegar no encontró a nadie allí. Atemorizada regresó a su cuarto y se envolvió de pies a cabeza, temblaba de miedo y en esta situación permaneció hasta el amanecer.

Se levantó muy temprano y pidió regresar a su casa para no volver a aparecerse por la casa del abuelo.

Con estos antecedentes familiares, le preocupaba mucho el comportamiento de su hijo, pues temía que se enfermara gravemente de los nervios.

Antonio, así se llamaba el niño de Sandra, había comenzado a tener dificultades para dormir: por la noche se despertaba muy angustiado y sudoroso, y corría al cuarto de los padres y no podía tranquilizarse ni volver a conciliar el sueño si no se acostaba en medio de los papás. En varias ocasiones le daban crisis de llanto.

Por la mañana se levantaba muy fatigado y desayunaba muy poco. A la hora del almuerzo tampoco quería comer mucho, se le quejaba de sentir un nudo en la garganta, de trastornos digestivos; decía que sentía mucho dolor en el estómago y mucho gas. A veces se le quejaba también de dolor en la cabeza que le duraba unas horas y luego le desaparecía.

Juan, el papá de Antonio, le había comentado a Sandra que cuando acompañaban al niño al colegio lo notaba muy preocupado por sus compañeros; particularmente se preocupaba por una compañerita de nombre Luisa. Según él estaba muy delgadita y temía que se enfermara. Luego le comentaba a otro compañerito que no quería estudiar. Cuando se despedían en la puerta de la escuela, el niño se ponía muy triste y con los ojos llorosos le decía que tenía mucho miedo, pero el papá se le ponía firme y lo enviaba a clase.

A este punto, interrumpí a Sandra y le comenté que ella me estaba describiendo un cuadro de mucha ansiedad en su hijo; le dije que estos cuadros se originan por factores biológicos, familiares y ambientales. Le expresé que ella me había descrito tener una familia un poco rara (su hermana tenía una historia de serios trastornos psiquiátricos), y que era posible que anduviera por ahí un gen dándonos problemas.

Quise investigar el ambiente que rodeaba al niño, quería saber si algún miembro de la familia que viviera con ellos estaba manifestando ansiedad y miedo de forma evidente delante del niño, ya que si alguien de la familia estaba temiendo a algo, era posible que se lo estuviera transmitiendo al niño. Sandra me comentó que la abuela materna que vivía con ellos era una persona muy ansiosa, le temía mucho a los ladrones y a morir asesinada, por lo que cuando salían, cerraba toda la casa y no le quería abrir a nadie, aún si eran conocidos.

Le expliqué a Sandra que es posible que un niño o un adolescente herede una tendencia biológica a ser ansioso, pero también es posible que asimile esta conducta de su abuela, que era evidentemente una persona muy ansiosa.

También le manifesté a Sandra que todos los niños y adolescentes experimentan algún tipo de ansiedad; es una característica normal del crecimiento. Sin embargo, generalmente se manifiesta un trastorno de ansiedad cuando las preocupaciones o los miedos del niño o del adolescente no se disipan e interfieren en sus actividades. Los hijos de padres que sufren un trastorno de ansiedad son más propensos a desarrollar este trastorno.

Antonio, como todos los niños y adolescentes, no se daba cuenta de que su ansiedad en determinadas situaciones sobrepasa los límites aceptables. A lo largo de sus vidas, los niños y adolescentes que sufren Trastorno de Ansiedad Generalizado, requieren que los adultos los tranquilicen frecuentemente.

Lo que hizo a Sandra pedir la cita de urgencia, fue que en los últimos dos días el niño no quería separarse de sus padres, se mostraba muy temeroso y no quería que sus padres salieran de la casa. Los padres trataban de tranquilizarlo, a veces lo lograban; en otras ocasiones el niño reaccionaba de forma agresiva.

Mi apreciación fue que Antonio tenía que ser tratado de forma inmediata por su Trastorno de Ansiedad Generalizado. La detección e intervención tempranas pueden reducir la gravedad de los síntomas, estimular el crecimiento y el desarrollo normal del niño, y mejorar la calidad de vida de los niños o adolescentes que sufren este trastorno.

Los trastornos de ansiedad pueden tratarse de manera eficaz. Los padres representan un punto de apoyo y contención fundamentales en cualquier etapa del tratamiento.

Los trastornos de la mente causan muchas dificultades en el ámbito familiar, social y laboral. Estos trastornos no se deben a debilidad o incapacidad de las personas, lo que sucede es que el cerebro es un órgano de nuestro cuerpo y puede enfermarse en cualquier momento. Si usted, un miembro de su familia o un amigo llegasen a tener un problema mental, lo más aconsejable es visitar al especialista.

La Clínica San Francisco ofrece asistencia a precios diferenciados los días jueves para personas de escasos recursos.


Síntomas del trastorno de Ansiedad Generalizado:
* Demasiada preocupación antes de que ocurran las cosas.

* Demasiada preocupación por los amigos, la escuela o las actividades.

* Rechazo a ir a la escuela.

* Dolores de cabeza.

* Tensión o dolores musculares.

* Alteraciones del sueño.

* Aferramiento a los miembros de la familia.

* Fatiga.

* Falta de atención.

* Irritabilidad.


Dr. Javier Martínez Dearreaza
Clínica San Francisco,
de Camas Luna Montoya
90 varas arriba.

Contiguo a Lolo Morales.

Telf.: 222-2494. Celular:
877-1894.