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Lejos habían quedado los festejos navideños y la celebración de reyes cuando en Metapa se produjo el acontecimiento que marcaría la historia de este pueblo de poca trascendencia hasta entonces y hoy llamado Ciudad Darío.

Transcurría el 18 de enero de 1867 cuando vino al  mundo un niño fruto de la unión endeble de Manuel García y Rosa Sarmiento. Las desavenencias de pareja diluyeron este núcleo dando como resultado que el pequeño que fue bautizado como Félix Rubén García  Sarmiento quedara al cuidado definitivo de sus tíos, el matrimonio Ramírez Sarmiento.

Su familia adoptiva radicaba en León y ahí vivió sus primeros años el vate que inmortalizaría el nombre de Nicaragua en la literatura universal. Ahí aprendió a caminar, a leer y a enfrentar el miedo gracias a las historias de aparecidos que no solo sirvieron para atemorizar al niño sino para marcar una tendencia literaria que desarrollaría en su madurez artística gracias a una mente asediada por temores, fantasmas y demonios.

Si bien sus versos lo han consagrado como el “Príncipe de las letras Castellanas”, Rubén Darío, según el doctor Iván Uriarte, también es el fundador del cuento moderno hispanoamericano.

“Una de mis hipótesis es que su obra narrativa fue opacada por el éxito de su poesía. Además, un factor importante es que el propio Darío no le dio la importancia debida a sus cuentos. Así, sin ser marginal, este género, en su obra, no estaba en el centro teórico de sus preocupaciones”, sostiene Uriarte.

Por su parte, el doctor Jorge Eduardo Arellano manifestó que  Darío como cuentista no desmerece al gran poeta que fue, porque hasta el momento se han compilado 96 piezas narrativas que tienen diferentes etapas.

“La primera fase de su cuentística es la etapa renovadora de Azul, donde hay cuentos de inspiración francesa, pero abandonó esa tendencia estética y pasó a otras etapas como la Centroamericana, en la que desarrolló una literatura realista.

Luego en Argentina empezó a recrear temas de la Biblia, de la tradición Judeo-Cristiana y ficciones neopaganas. Y finalmente llegó a la literatura fantástica, donde encontramos sus composiciones más contemporáneas”, compartió Arellano.

Los cuentos fantásticos de Darío
El término “fantástico” es polisémico y ha generado más de un debate, sin embargo, al margen de las discusiones, en Darío lo entenderemos como las composiciones en las que están presentes elementos sobrenaturales, seres inexistentes bajo la óptica racional pero que tienen su asidero en la tradición y el folclore.

La importancia de esta producción Dariana radica en que lo podemos concebir como el retorno a la génesis tanto poética como del ser.

En estos cuentos el aeda deja de cantar a “la libélula vaga  de una vaga ilusión” y deja salir al mundo de las letras las sombras que atormentan su mente desde aquella niñez transcurrida en el León por el que se paseaba el fantasma del padre Valdivieso a la cabeza de la corte de aparecidos propios de la idiosincrasia de este pueblo y que conoció gracias a los viejos sirvientes de la casa de sus tíos.

“La casa era temerosa por las noches. Anidaban las lechuzas en los aleros. Me contaban cuentos de ánimas en penas y aparecidos los dos únicos sirvientes: la Serapia y el indio Goyo. Vivía aún la madre de mi tía abuela, una anciana, toda blanca por los años y atacada de un temblor continuo. Ella también me infundía miedo”, nos dice Darío en su Autobiografía.

Pero no solo los sirvientes lo imbuyeron en lo fantasmagórico, sino que de propia cuenta empezó a “atormentarse” con la lectura de libros complejos para un niño, como la novela de terror La caverna de Strozzi, al tiempo que inició a dar alas a la imaginación a través de “Las mil y una noche”.

La muerte,  tiempo y las grandes incógnitas
Uno de los misterios a los que tuvo mayor miedo durante toda su vida fue la muerte y así lo deja escrito en Thanathopia, que según don Jorge Eduardo Arellano debería ser Tanatofobia, debido a su origen etimológico.

En este cuento Darío nos dice: “No puedo dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada.… Tengo el horror de la muerte… Cadáver es la palabra más fatídica en cualquier idioma”.

En sus cuentos hay una simbiosis por demás extraña entre su marcado sentido religioso, los incomprensibles del hombre, las creencias ancestrales y la ciencia. Además, deja asentado que cree en Satanás y en su poder sobre los hombres mediante los pecados.

Logra enfrentar la fe con la ciencia en “Verónica”, cuento en el que fray Tomás se obsesiona por los adelantos científicos. Él quería un “aparato” de rayos X, pues “si se podía fotografiar el interior de nuestro cuerpo, bien podía pronto el hombre descubrir la naturaleza y el origen del alma, aplicando la ciencia a las cosas divinas”. Así, el diablo, disfrazado de fraile le llevó el aparato con el que hizo una radiografía a la ostia, lo que le costó la vida.

Y no escapa a la preocupación por el paso del tiempo. “El caso de la señorita Amelia” nos enfrenta al imposible de una niña cuyo crecimiento no se dio, como una alegoría a la búsqueda de la fuente de la eterna juventud, de esa que “se va  para no volver”.

La esencia del ser y su vuelta a lo “Americano”
 El Darío de estos cuentos se nos muestra como un hombre común y corriente. Nos envuelve en esos halos de temores y dudas compartidas, en las sábanas de la fragilidad propia del ser humano.

Mediante lo onírico nos traslada a un desfile de rasgos de rostros, expresiones y máscaras que encierran la diversidad del ser humano, sus distintos estadios emocionales a través de “La pesadilla de Honorio” .

Pero quizás la esencia de los llamados cuentos fantásticos de Darío está en el hecho que deja de ver hacia Europa y fija su mirada a lo propio, a lo autóctono de la América que lo vio nacer.

Es Huitzilopoxtli la prueba del retorno. Han quedado en el olvido los faunos, los centauros y las musas. En su lugar nos encontramos con Teoyaomiqui, la diosa mexicana de la muerte a la que se le está tributando un sacrificio humano.
Este cuento está ambientado durante la revolución mexicana, sin embargo, Darío nos muestra la permanencia de las divinidades indígenas, a pesar de la imposición de dioses ajenos.

No obstante, “La larva” es sin lugar a dudas el emblema del retorno a su León natal, y más aún a sus temores de infancia.

“Mi abuela me aseguró la existencia nocturna y pavorosa de un fraile sin cabeza y de una mano peluda y enorme que se aparecía sola. Todo eso lo aprendí de oídas de niño. Pero lo que yo vi, lo que yo palpé, fue a los quince años; lo que yo vi y palpé del mundo de las sombras y de los arcanos tenebrosos”.

Darío en “La Larva” describe León, sus calles y costumbres para concluir con la aparición de una mujer cuya “cara era viscosa y deshecha, un ojo colgaba sobre la mejía huesosa y saniosa… De la boca horrible salió como una risa ronca…”
¿Sería la cegua? Quizás.

Con este acercamiento a algunos de los relatos fantásticos darianos es fácil advertir la influencia en su obra  de las vivencias infantiles, su formación religiosa y los misterios devenidos de su esoterismo, lo que podemos inferir de sus palabras en  “El caso de la señorita Amelia”: “Creo en Dios y en su iglesia. Creo en los milagros. Creo en lo sobrenatural”.

Quizás ahí se concentra la esencia de este genio.